Las horas prestadas

Capítulo 4: La Ceguera Voluntaria

Los amigos de Julián intentaban sacarlo del trance. “Es un agujero negro, Julián, te va a consumir”, le repetía Mateo en el bar, con la voz cargada de preocupación. Pero Julián solo veía la luz que Elena proyectaba, una claridad que lo cegaba a todo lo demás.

Ignoraba las señales más evidentes: el hecho de que ella nunca le preguntara cómo estaba él, o que sus mensajes quedaran en “leído” durante horas mientras subía fotos con desconocidos. Para Julián, esas ausencias eran apenas sombras pasajeras, nunca advertencias.

Cada vez que Elena lo llamaba para desahogarse, él acudía sin dudar. No importaba la hora ni el lugar: Julián estaba ahí, dispuesto a escuchar, convencido de que esa entrega lo acercaba a un destino compartido. Sus amigos lo veían desgastarse, pero él lo interpretaba como prueba de amor.

Mateo insistía en que debía tomar distancia, que la devoción sin reciprocidad era un veneno lento. Julián, sin embargo, respondía con frases evasivas, asegurando que Elena lo necesitaba, que nadie más podía comprenderla como él. Era su manera de justificar la herida que se abría cada día.

En las noches, Julián repasaba las conversaciones, buscando señales ocultas en cada palabra. Se convencía de que había gestos mínimos que revelaban un afecto más profundo, aunque en realidad eran solo espejismos creados por su deseo.

Elena, por su parte, seguía con su vida. Publicaba fotos con rostros desconocidos, hablaba de proyectos que no incluían a Julián, y lo mantenía en el rincón seguro de la amistad. Para ella, él era un confidente fiel; para él, un amante en espera.

La ceguera voluntaria de Julián lo protegía del dolor inmediato, pero lo hundía en una ilusión cada vez más frágil. Se negaba a aceptar que el muro de cristal seguía intacto, que sus esfuerzos apenas rozaban la superficie.

Los consejos de sus amigos se volvían un coro constante, pero Julián los escuchaba como quien oye un idioma extraño. Su mundo giraba en torno a Elena, y cualquier advertencia era un ruido que interrumpía la melodía que él había decidido seguir.

En el fondo, sabía que algo no encajaba. Había momentos en que la soledad lo golpeaba con fuerza, cuando los silencios de Elena se volvían insoportables. Pero bastaba un mensaje suyo, una llamada breve, para que todo volviera a iluminarse.

Era un ciclo interminable: la espera, la decepción, la esperanza renovada. Julián se aferraba a la idea de que la paciencia era su arma, que el tiempo acabaría por abrir una grieta en el muro. No veía que, en realidad, cada día lo alejaba más de sí mismo.

La ceguera voluntaria era su refugio. Prefería engañarse antes que enfrentar la verdad, porque la verdad significaba perderla. Y perderla era, para él, perder el sentido de todo lo que había construido en silencio.

Así, Julián siguió caminando por la cuerda floja de su ilusión, ignorando las voces que intentaban salvarlo. En su corazón, la luz de Elena era suficiente para justificar la oscuridad que lo rodeaba.




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