Las horas prestadas

Capítulo 8: El Espejo Roto

Una mañana, Julián se vio reflejado en el escaparate de una tienda. El vidrio devolvía una imagen que no reconocía: ojeras profundas de tantas noches esperando llamadas que nunca llegaban, una postura encorvada como si cargara con el peso de dos personas.

Se detuvo unos segundos, incómodo ante su propio reflejo. No era el hombre que solía ser, aquel que disfrutaba de leer por placer o perderse en caminatas sin rumbo. Ahora, todo lo que hacía estaba atravesado por Elena.

Se dio cuenta de que ya no tenía pasatiempos propios. Su único hobby era descifrar a una mujer que no quería ser leída por él, interpretar gestos que no tenían doble intención, buscar señales en silencios que solo eran silencios.

El escaparate se convirtió en un espejo roto, no por grietas visibles, sino porque lo que mostraba estaba fragmentado. Julián veía pedazos de sí mismo dispersos, cada uno dedicado a un aspecto de Elena, y ninguno a su propia vida.

Recordó las advertencias de Mateo y de otros amigos, las frases que había desestimado tantas veces: “Te estás perdiendo”, “Ella no te corresponde”, “Estás dejando de ser tú”. En ese instante, esas voces cobraron un peso distinto.

El frío de la mañana lo atravesó, y por primera vez sintió que la insistencia lo había vaciado. No quedaba nada que pudiera llamarse suyo, solo la sombra de un hombre que vivía para alguien más.

El reflejo le devolvió una verdad incómoda: Elena no lo había pedido, no lo había buscado, y sin embargo él había entregado todo. La devoción, la paciencia, la estrategia, se habían convertido en cadenas invisibles.

Julián apartó la mirada del vidrio, como si al hacerlo pudiera escapar de sí mismo. Pero la imagen seguía grabada en su mente, insistente, como una revelación que no podía ignorar.

Ese día caminó más lento, con la sensación de que cada paso lo alejaba de la ilusión y lo acercaba a una certeza amarga. El amor que había construido era unilateral, y lo estaba consumiendo.

El espejo roto no era el escaparate, sino él mismo. Y aunque aún no sabía cómo recomponerse, entendió que seguir insistiendo solo lo haría quebrarse más.

Por primera vez, Julián se preguntó si la paciencia, esa arma que había venerado, no era en realidad el veneno que lo estaba destruyendo.




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