Las Miserias De Julia

El Zapato de Leonel

Libro Cuarto

El Zapato de Leonel

Primero

Día de sol; cuarenta grados.

Mis hermanos y yo estábamos aplastados como lagartos en un tronco del fondo de nuestro patio.

¡Qué fastidio aquel día, que aburrimiento!

No sabíamos cómo divertirnos….

Nosotros estábamos extenuados.

De pronto el vecino de nuestro terreno colindante soltó sus gallinas y comenzó a pastorearlas.

Mis hermanos y yo corrimos desesperados para treparnos en los árboles, y observarlo detenidamente.

Todo el mundo conocía a don Alfredo, con sus impecables alpargatas, el saco abotonado, la boina inclinándose en su frente ancha y dilatada, aparecía arreando las gallinas, transformándose en un actor de cine para todos nosotros.

Instantáneamente se conformaba un público, por la ventana de la vieja cocina emergía la cabeza de mi madre, en la carretera las gentes se paraban a mirar, todo el barrio lo observaba.

Con su reservada voz solemne como la de un muerto, don Alfredo llamaba a sus pequeñas, corría despacio como si estuviese pisando huevos podridos, a veces caía al piso como un payaso sin fuerzas, demostrando que su agilidad es limitada y nosotros nos destornillamos de risa.

De pronto apareció una gallina ante nuestros ojos.

Uno de mis hermanos se puso a vigilar a don Alfredo.

Mis otros hermanos y yo, inmediatamente nos pusimos a la expectativa.

Era una gallina anaranjada y de cresta puntiaguda, que la enseñaba como si recién la hubiese adquirido.

Estaba en celo, se agazapó agachando la cabeza, se detuvo ante uno de los gallos dominantes y esperó a ser inseminada.

Fue un instante.

Nosotros gritamos de emoción….

La gallina llena de confianza observó a su alrededor como buscando una mirada cómplice.

No sospechaba de nuestros gritos de ansiedad, tampoco de nuestras intenciones….

Corrió hasta el final del patio, y se quedó frente a nosotros.

No se marchó con las otras gallinas, estaba demasiado segura de sí misma para enseñar temor o duda.

Nosotros nos escondimos detrás de los árboles tratando de cazarla.

La gallina corría desesperada de un lado a otro, en pocos minutos, la escuchamos derrumbarse.

Mis hermanos con audacia habían logrado atraparla para la olla.

Este evento, no era una excepción en nuestra vida.

En nuestra infancia, pasamos muchas necesidades.

La dicha más grande de nosotros, era tener comida sobre la mesa, alimentarnos, atiborrar nuestros estómagos vacíos para lograr sobrevivir. Era un tiempo de hambre y de miseria, había demasiada escasez en nuestra casa; demasiadas gallinas en la casa de don Alfredo.

¿Cómo podría extrañar una?

Muchos hogares de Nueva Palmira vivían penurias como nosotros.

No eran estas las opulentas y acomodadas casas de familia; sino familias rotas, indigentes, caóticas y desesperadas.

Tenían una dificultosa vida, así como la teníamos nosotros.

A veces las disputas eran grandiosas, los hombres de la casa estaban tan ansiosos, que les robaban a sus propias mujeres para jugar o emborracharse, en otras ocasiones directamente no llegaban con el dinero; dejando a sus familias con apabullantes necesidades.

Así lo hizo mi padre durante muchos años, así lo hizo durante toda mi niñez.

Aquel día; nosotros, no tomamos aquella decisión al azar.

El deseo de mi madre nos influyó sobremanera.

Para mantenernos alejados de nuestras fechorías ella; nos reunía debajo de los árboles, nos hacía sentar al lado suyo y allí; cada uno de nosotros manifestábamos nuestras comidas favoritas.

Era como un juego, un juego sádico cuando no había dinero o pan para llevarnos a la boca y maravilloso, cuando podíamos llevarlo a cabo.

La comida predilecta de mi madre era el puchero de gallina, pero a la hora de comer siempre teníamos las alacenas vacías.

Por ello mi madre, aquel día; nos hizo imaginar aquel suculento manjar desmenuzando la receta con lujo de detalle, describiendo cada uno de sus ingredientes y especificando su tiempo de cocción, como si estuviera contando una historia de Balzac.

Fue entonces; cuando se me ocurrió aquella loca idea de apropiarme de una de las gallinas de don Alfredo y se lo comuniqué a mis hermanos.

Yo sabía que los grandes y los chicos de nuestra condición, robaban todo el tiempo, los compañeros de clase de mis hermanos, se adueñaban de las plumas, de la tinta, o de los libros ajenos.

Que muchos chicos del pueblo estiraban sus dedos como pinzas para extraer dulces o cigarrillos del almacén del Avaro Villegas.

Que el sanguinario de don Pedroza, no solo comía perros y gatos que había sacado de las calles, también los hurgaba de las casas de sus dueños antes que llegaran a su olla.




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