Las reglas que rompimos

Prólogo: La tinta y el hielo

El papel es un material que no sabe mentir. Como restauradora, Elena conocía sus vulnerabilidades: la humedad lo ondula, el sol lo vuelve quebradizo, el fuego lo consume rápidamente hasta hacerlo cenizas. Pero el contrato que descansaba sobre el inmenso escritorio de cristal, en el piso ochenta y dos de la torre corporativa más alta de Avelmont, no parecía hecho de celulosa. Parecía forjado en acero, frío, pesado y definitivo.

Adrián Valmont le deslizó una pluma estilográfica de plata sobre la superficie transparente. No hubo roces accidentales de piel. No hubo sonrisas amables de cortesía, ni un intento de suavizar el golpe. Sus ojos, del color de un cielo de invierno a punto de nevar, la estudiaron con la precisión matemática de un depredador calculando el peso exacto de su presa.

—Cinco reglas, Elena —su voz era un susurro grave, una sentencia ineludible que llenó el silencio del despacho—. Si cumplís tu parte del acuerdo con precisión, en doce meses volvés a Liria con la casa de tu madre a salvo, la hipoteca cancelada y tu vida intacta. Sin preguntas. Sin lazos. Sin complicaciones.
Elena tomó la pluma. El metal estaba helado contra sus dedos nerviosos, manchados levemente con la tinta de su propio taller. Leyó las cláusulas numeradas una última vez. Parecían tan sencillas, tan ridículamente fáciles de cumplir cuando la persona que tenías enfrente representaba todo lo que despreciabas en el mundo. El dinero viejo, el poder desmedido, la arrogancia encapsulada en un traje a medida.
—No me voy a enamorar de vos, Adrián —dijo ella, alzando la barbilla con terquedad, buscando que su orgullo enmascarara el leve temblor de sus manos y el latido desbocado de su corazón—. Podés estar muy tranquilo. El odio es un excelente seguro contra el amor.

Él inclinó levemente la cabeza. Una sombra fugaz, algo indescifrable, oscuro y peligroso, cruzó su rostro de estatua.
—Me alegra escuchar eso, Elena. Porque el amor es una debilidad que los de mi clase no nos podemos permitir. Es una cláusula de rescisión inmediata. El amor rompe imperios, y yo no tengo intenciones de perder el mío.

Elena bajó la vista y firmó al pie de la última página. El trazo firme de la tinta negra selló su destino. Creía tener sus emociones bajo control. Creía que su corazón estaba tan blindado como las paredes de cristal blindado de esa torre.
Aún no sabía que las reglas se habían escrito, precisamente, para ser destrozadas.

Al otro lado del escritorio, Adrián observó la firma de la mujer. Su caligrafía era elegante y firme. Por fuera, él era la imagen viva de la indiferencia corporativa, pero por dentro, el reloj de arena acababa de darse vuelta. Había asegurado el fideicomiso. Había bloqueado a Damián. Y había comprado a la única mujer en toda Valdoria que tenía el poder y los motivos suficientes para destruirlo si alguna vez descubría la verdad.
El juego había comenzado.




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