El vestido era de seda color esmeralda. Cayendo sobre su cuerpo con una fluidez que solo el dinero obsceno podía comprar, se ajustaba a su cintura como una segunda piel y dejaba los hombros al descubierto. Elena se miró en el espejo de cuerpo entero de la habitación de hotel que Adrián Valmont había reservado para ella en el centro de Avelmont.
No se reconocía.
La mujer del reflejo llevaba el cabello oscuro recogido en un moño elegante y desordenado a la vez, cortesía de las dos estilistas que habían entrado a la suite hacía tres horas por órdenes estrictas del Grupo Valmont. No había rastro de la restauradora de Liria que se manchaba los dedos con pegamento orgánico y polvo de papel. En su lugar, había una impostora envuelta en lujo. Una novia trofeo.
Lo que más le molestaba no era el precio de la ropa o los zapatos de tacón que apenas había aprendido a dominar en la última hora. Lo que le revolvía el estómago era que el vestido le quedaba absolutamente perfecto. No había necesitado probárselo antes. Adrián había investigado sus medidas con la misma frialdad paramétrica con la que analizaba los márgenes de ganancia de sus empresas subsidiarias.
Un golpe seco en la puerta de la suite la sacó de sus pensamientos.
Elena tomó una bocanada de aire profundo, alisó la falda de seda y abrió.
Adrián estaba de pie en el pasillo, vestido con un esmoquin negro hecho a medida que acentuaba la amplitud de sus hombros y la postura rígida de su espalda. Parecía tallado en mármol oscuro. Sus ojos, ese par de témpanos indescifrables, barrieron la figura de Elena desde los zapatos de diseño hasta el collar prestado que adornaba su cuello.
No hubo un parpadeo de sorpresa. No hubo un cumplido. Solo una evaluación técnica.
—El verde fue una elección correcta —dijo él, ajustándose un gemelo de plata en la manga—. Contrasta adecuadamente con las luces del salón de mi padre. El auto nos está esperando abajo.
—Gracias. Yo también estoy encantada de verte, mi amor —respondió Elena, inyectando todo el sarcasmo que pudo en las dos últimas palabras.
Adrián la ignoró por completo y se dio la vuelta, caminando hacia los ascensores. Elena cerró la puerta de la suite y lo siguió, obligándose a mantener el ritmo a pesar de los tacones.
El trayecto hacia la mansión de la familia Valmont, ubicada en las colinas exclusivas que rodeaban Avelmont, transcurrió en el interior de una limusina negra donde el silencio era tan espeso que podía cortarse con uno de los bisturís de Elena.
Las luces de la capital pasaban como ráfagas borrosas al otro lado de los cristales polarizados.
—Regla número uno, Elena —dijo Adrián de pronto, sin apartar la vista de la ventana—. No involucrarnos emocionalmente. Eso aplica para el interior de las puertas de mi departamento. Pero de cara al mundo, y especialmente esta noche frente a mi familia, somos una pareja a punto de anunciar su compromiso. Necesito que actúes como tal.
Elena cruzó los brazos sobre el pecho, sintiendo el roce de la seda fría.
—No necesito que me des lecciones de actuación. Necesito que tu familia se trague este cuento rápido para que yo pueda volver a Liria a salvar mi casa. Hago mi parte, vos firmás el cheque de la hipoteca, y todos contentos.
Adrián giró el rostro hacia ella. La luz de los faroles de la calle iluminó la geometría dura de su mandíbula.
—Mi familia no es un banco al que puedas engañar con un par de firmas falsas. Son depredadores, Elena. Huelen la debilidad y la sangre a kilómetros de distancia.
—¿Y vos qué sos? ¿El león más grande de la manada?
—Yo soy el que los mantiene a raya —respondió él, con una sinceridad helada—. Mi padre, Gabriel, buscará cualquier fisura en tu historia para desarmarte. Va a indagar en tu pasado, en tus finanzas y en tus intenciones. Mi madre, Victoria, fingirá que no existes o te tratará con una cortesía tan venenosa que desearás que te insulte directamente.
Elena tragó saliva. La ansiedad empezaba a filtrarse por las grietas de su enojo.
—¿Y hay alguien más en esta encantadora reunión familiar de la que deba cuidarme?
—Mi primo. Damián Valmont. —El nombre salió de la boca de Adrián cargado de una tensión palpable—. Él intentará ser tu amigo. Te ofrecerá una sonrisa, una copa de vino y te hará sentir cómoda.
—Suena como el único ser humano decente de tu árbol genealógico.
—Es el más peligroso de todos —sentenció Adrián, clavando sus ojos en los de ella—. Damián quiere mi puesto en el directorio de la empresa. Sabe que necesito casarme para cumplir la cláusula del abuelo. Si descubre que nuestro compromiso es un fraude comercial, va a impugnar el fideicomiso y yo pierdo el control del Grupo Valmont. Si eso pasa, tu casa en Liria será el menor de tus problemas, porque yo mismo me encargaré de que no consigas trabajo en toda Valdoria. ¿Fui lo suficientemente claro?
Elena sintió que la rabia le devolvía el calor al cuerpo. Odiaba que la amenazaran, pero más odiaba depender de ese hombre arrogante.
—Fui perfectamente clara cuando firmé tu estúpido contrato, Adrián. Hago mi trabajo, vos hacés el tuyo. No me subestimes.
La limusina redujo la velocidad y atravesó unas inmensas rejas de hierro forjado que se abrieron automáticamente. El vehículo avanzó por un camino de grava blanca rodeado de jardines milimétricamente podados, hasta detenerse frente a una mansión de piedra blanca que parecía sacada de un museo europeo del siglo dieciocho.
Un chofer uniformado abrió la puerta del lado de Elena.
Antes de que ella pudiera salir, Adrián extendió una mano hacia ella. Era una mano grande, de dedos largos y uñas perfectamente cuidadas. Un gesto puramente teatral, pero necesario.
Elena dudó un milisegundo antes de poner su mano sobre la de él. La piel de Adrián estaba sorprendentemente cálida, un contraste chocante con la temperatura gélida de su personalidad.