Las reglas que rompimos

Capítulo 3: Territorio hostil

El ascensor privado de la Torre Valmont no subía; levitaba. No había vibraciones, ni el sonido metálico de los cables, ni el clásico parpadeo de los números en la pantalla. Solo un silencio absoluto y una suave presión en el estómago mientras la cabina de cristal y acero se disparaba hacia el piso noventa.

Elena observó su reflejo en los paneles espejados. Llevaba sus viejos jeans de trabajo, unas botas de cuero gastadas y un suéter gris que había tejido su madre. A sus pies descansaban dos maletas medianas. Era todo lo que había traído desde Liria. Toda su vida, comprimida en cuarenta kilos de lona negra.
Había empacado herramientas, bisturís, algunos de sus libros más preciados y ropa cómoda. Había dejado atrás sus herramientas más pesadas de restauración, consolándose con la idea de que esto era solo un exilio temporal. Trescientos sesenta y dos días más, y sería libre.

Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo imperceptible.
No había pasillo. El ascensor desembocaba directamente en el *penthouse* de Adrián Valmont.

Elena dio un paso al frente y sintió que cruzaba el umbral hacia otra dimensión. El departamento era inmenso, de un tamaño absurdo para una sola persona. El suelo de mármol negro pulido reflejaba la luz grisácea de la tarde, y los ventanales de piso a techo, que abarcaban toda la pared frontal, ofrecían una vista panorámica, casi divina, de la capital de Valdoria. Se podían ver los ríos de tráfico serpenteando entre los rascacielos y, a lo lejos, la mancha oscura del océano.

No había desorden. No había cuadros torcidos, ni tazas de café olvidadas, ni cojines fuera de lugar. Los muebles de diseño italiano, en tonos blancos, grises y cromados, parecían sacados de un museo de arte contemporáneo donde estaba prohibido tocar las exhibiciones.
Era un lugar hermoso, sí. Pero no era un hogar. Era una fortaleza de soledad.

—Veo que decidiste viajar ligero.
La voz profunda resonó a sus espaldas. Elena se giró de golpe.
Adrián estaba de pie junto a la isla de cuarzo de la cocina abierta. Llevaba una camisa blanca impecable, pero sin corbata, con las mangas remangadas hasta los antebrazos, revelando el sutil brillo de un reloj que costaba más que la casa de Liria. Sostenía una tableta digital en una mano y una taza de café en la otra.

—Traje lo que necesito, nada más —respondió Elena, aferrando las asas de sus maletas con fuerza—. ¿Dónde está mi habitación? Quiero instalarme y empezar a trabajar. Tengo unos manuscritos que debo terminar de restaurar esta semana.

Adrián dejó la tableta sobre la isla de cuarzo y caminó hacia ella. La ausencia del saco de traje lo hacía parecer un poco menos corporativo, pero igual de imponente.
—El servicio puede deshacer tu equipaje. Solo tenés que dejarlo ahí.
—No necesito que nadie empaque o desempaque mis cosas, Adrián. Puedo hacerlo sola.
Él enarcó una ceja, deteniéndose a un metro de distancia.
—La Regla Número Cuatro en acción tan rápido. "No debilidades".
—No es una debilidad querer privacidad con mi ropa interior, es sentido común —replicó ella, sosteniéndole la mirada—. Repito: ¿dónde voy a dormir?

Adrián metió las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir y suspiró levemente.
—Ese es el primer ajuste logístico que tenemos que discutir, Elena. Seguime.

Él se dio la vuelta y caminó por un pasillo ancho que bordeaba la fachada de cristal. Elena agarró sus maletas, negándose a dejarlas atrás, y lo siguió. Las ruedas de las valijas hicieron un ruido espantoso y arrastrado sobre el mármol, profanando el silencio del *penthouse*. Adrián no miró hacia atrás, pero ella notó cómo su espalda se tensaba ligeramente ante el escándalo.
Bien. Que se acostumbrara al ruido. Ella no iba a flotar por su casa como un fantasma.

Llegaron al final del pasillo. Adrián empujó una doble puerta de madera oscura e ingresó a la habitación principal.
Si el salón era inmenso, la suite principal era directamente obscena. Tenía su propia sala de estar, una chimenea de gas empotrada en la pared, un baño que se vislumbraba a lo lejos revestido en mármol blanco, y en el centro, una cama tamaño *king* que parecía más un continente que un mueble.

Elena se detuvo en el umbral, soltando sus maletas.
—Es una habitación preciosa, Adrián. De verdad. Pero si esta es la tuya, me equivoqué de puerta. Yo pregunté por la mía.

Adrián se detuvo al pie de la cama y se giró hacia ella. Su expresión era ilegible.
—Esta es nuestra habitación, Elena.
El corazón de ella dio un latigazo. Cruzó los brazos sobre su pecho de inmediato.
—Regla Número Tres, Adrián. Y cito textualmente: "No compartiremos la misma cama a menos que las apariciones públicas estrictas lo requieran". Esto no es una aparición pública. Esto es tu casa.

—Y mi casa es un campo minado, Elena. —Adrián avanzó un paso, bajando el tono de voz a una frecuencia grave, casi conspirativa—. ¿Te acordás de Damián? ¿Mi encantador primo?
—Difícil de olvidar.
—Damián paga muy bien a sus informantes. Y tiene a dos personas en la nómina del personal de este edificio. El conserje del turno nocturno y una de las empleadas de limpieza de las suites de alto nivel.
Elena frunció el ceño, procesando la información.
—¿Tus propios empleados te espían? ¿Y no los despedís?

Adrián soltó una risa seca, desprovista de humor.
—Si los despido, Damián contratará a otros que tendré que gastar tiempo y recursos en identificar. Es mejor conocer los rostros de tus espías. Así podés controlar qué información reciben.
Elena miró la cama gigantesca y luego a Adrián. La ansiedad comenzaba a trepar por su garganta.
—¿Y qué tiene que ver eso con que yo duerma acá? Hay por lo menos tres habitaciones más en este lugar. Las vi al pasar.
—Si dormimos en habitaciones separadas, la empleada de limpieza informará mañana a primera hora que la futura señora Valmont duerme en la suite de invitados. Damián tendrá el reporte en su escritorio antes del mediodía. Lo usará para impugnar el fideicomiso argumentando fraude matrimonial.
—Esto no estaba en el contrato —masculló ella, sintiendo que la trampa se cerraba a su alrededor.
—Es una contingencia operativa.




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