La luz de la mañana en el piso noventa era de una blancura clínica. Elena se despertó con el cuerpo tenso, enredada en las sábanas de seda egipcia que le resultaban absurdamente resbaladizas. Al estirar el brazo hacia la derecha, solo encontró un colchón liso y frío. Adrián ya no estaba.
Se sentó en la inmensa cama, frotándose los ojos. El silencio del penthouse era tan denso que el zumbido del aire acondicionado central parecía el motor de un avión. Echó un vistazo a la esquina de la habitación. Su mesa de trabajo, con las botellas de solventes ordenadas y los pinceles alineados, era el único ancla de realidad en medio de ese museo de arte moderno.
Se puso un pantalón de chándal y una camiseta de algodón, y salió al pasillo descalza.
El olor a café recién hecho la guió hacia la cocina abierta. Adrián estaba allí, pero no estaba solo.
Había cuatro personas de traje oscuro, tres mujeres con portafolios de cuero y un hombre joven que tecleaba furiosamente en una tableta. Todos giraron la cabeza para mirarla al mismo tiempo, como si fuera una anomalía detectada por el sistema de seguridad.
Adrián estaba apoyado contra la isla de cuarzo, vestido con un traje gris claro, sosteniendo su habitual taza de café negro. No pareció sorprendido por la interrupción.
—Buenos días, Elena —dijo él, con su tono de barítono perfectamente neutro—. Te presento al equipo de gestión de crisis y relaciones públicas del Grupo Valmont.
Elena cruzó los brazos sobre el pecho, sintiéndose súbitamente vulnerable en su ropa de dormir frente a ese escuadrón corporativo.
—Creí que habíamos acordado que el personal no entraba a la casa antes de las diez.
—Esto no es personal de limpieza. Son tus nuevos asesores. Tenemos la boda civil en cinco días. Damián ya empezó a filtrar rumores en la prensa financiera sobre la "rapidez" sospechosa de nuestro compromiso. Necesitamos controlar la narrativa antes de que los diarios de Avelmont decidan escribirla por nosotros.
Una de las mujeres, rubia, de unos cuarenta años y con anteojos de armazón rojo, dio un paso al frente. Su sonrisa era tan plástica que parecía dolerle.
—Señorita Veyra. Soy Clara. Directora de Imagen. Es un placer absoluto. Tenemos una agenda muy apretada hoy. Prueba de vestuario a las once, sesión de entrenamiento en protocolo de medios a la una, y a las cuatro repasaremos su historia de fondo para estandarizar las respuestas ante cualquier micrófono indiscreto.
Elena sintió que el poco oxígeno del departamento desaparecía. Miró a Adrián, buscando un atisbo de humanidad, pero él había vuelto a ponerse la máscara de CEO de titanio.
—¿Entrenamiento en protocolo? —repitió Elena, alzando una ceja—. Clara, soy restauradora, no un agente secreto. No necesito que me enseñen a hablar.
—Con todo respeto, señorita —intervino el hombre de la tableta, sin levantar la vista de la pantalla—, en tres días usted dejará de ser una ciudadana anónima para convertirse en la señora Valmont. Sus palabras afectarán directamente la cotización de nuestras acciones en la bolsa. Si un periodista le pregunta por qué cerró su taller en Liria, no puede decir "porque tenía deudas". Tiene que decir "porque el amor me exigió reubicar mis pasiones".
Elena soltó una carcajada seca y amarga que resonó en la cocina inmaculada.
—Prefiero arrancarme las cuerdas vocales con un bisturí antes que decir esa cursilería en público.
Los asesores intercambiaron miradas de pánico. Clara miró a Adrián en busca de ayuda.
Adrián dejó su taza sobre la mesa con un golpe sordo.
—Dejen los portafolios en la sala. Necesito un minuto a solas con mi prometida.
El equipo de relaciones públicas desapareció hacia el salón principal con una eficiencia militar, dejando a Elena y a Adrián solos en la cocina.
Él acortó la distancia, deteniéndose a menos de un metro de ella.
—Regla Número Cuatro, Elena. No debilidades. Salir allá afuera y decir lo primero que se te cruce por la cabeza es una debilidad que Damián va a explotar en segundos.
—¡Me están tratando como a un producto en fase de lanzamiento, Adrián! Quieren inventarme un guion.
—Porque sos un producto en fase de lanzamiento —replicó él, con una dureza que le heló la sangre—. Compré doce meses de tu vida. Y la narrativa pública de esos doce meses la escribo yo. Vas a ponerte la ropa que Clara elija, vas a memorizar las respuestas y vas a sonreír como si yo fuera lo mejor que te pasó en la vida. Porque si la prensa huele sangre, la junta directiva nos va a devorar vivos antes de que lleguemos al registro civil.
Elena le sostuvo la mirada, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. El pacto era claro. Él había pagado la hipoteca. Ella había vendido su libertad.
—Bien —siseó ella, dando un paso hacia atrás—. Pero te advierto una cosa. Pueden ponerme todos los vestidos de seda que quieran y obligarme a repetir sus guiones estúpidos. Pero en el momento en que se cierre la puerta de este departamento y estemos solos... no esperes que siga fingiendo que te soporto.
Adrián no se inmutó. De hecho, algo parecido a la satisfacción brilló en sus ojos de hielo.
—No espero menos de vos, Elena. El equipo te espera en la sala. Empezá a trabajar.
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