Las reglas que rompimos

Capítulo 5: El escrutinio de la reina

El salón principal del penthouse se había convertido en un campo de batalla de alta costura.
A lo largo del inmenso ventanal, habían instalado burros de ropa con docenas de vestidos blancos, trajes de sastre, abrigos y zapatos. Clara y sus dos asistentes revoloteaban alrededor de Elena, ajustando alfileres, midiendo dobladillos y descartando prendas con un desdén aterrador.
Elena, de pie sobre un pequeño pedestal improvisado, llevaba puesto el quinto vestido de la mañana. Era una creación de encaje francés con un escote asimétrico que la hacía sentir como si estuviera envuelta en papel de regalo carísimo.

Estaba exhausta. Hacía tres horas que aguantaba comentarios sobre su postura, la falta de brillo en su cabello y la aspereza de sus manos.
—Esas cutículas van a necesitar un tratamiento intensivo de parafina, señorita Veyra —murmuró una de las asistentes, evaluando los dedos de Elena con una mueca de horror—. Las cámaras van a buscar planos detalle de la alianza. No podemos mostrar manos de... trabajadora manual.
—Las manos de trabajadora manual son las que salvaron libros que valen más que todo este departamento —replicó Elena, apartando las manos de un tirón.

El sonido del ascensor abriéndose interrumpió la tensión.
Elena esperaba ver a Adrián regresando de la oficina. En su lugar, el sonido afilado de unos tacones resonó contra el mármol negro.
Victoria Valmont entró al salón con la misma naturalidad con la que entraría a su propio jardín. Llevaba un abrigo de lana color hueso, gafas oscuras que se quitó lentamente y un bolso que costaba más que la hipoteca de la casa de Liria.
El equipo de relaciones públicas se congeló. Clara palideció y dio un paso atrás, bajando la cabeza en un gesto de sumisión absoluta.
—Señora Valmont. No la esperábamos.

Victoria no la miró. Sus ojos, idénticos a los de Adrián pero desprovistos de su intensidad depredadora, se clavaron directamente en Elena, que seguía de pie en el pedestal con el vestido de encaje a medio abrochar.
—Mi hijo está a punto de cometer el suicidio social y financiero más grande en la historia de nuestra familia. Naturalmente, tenía que venir a inspeccionar el arma del crimen.
Elena sintió que la sangre le hervía. Bajó del pedestal con cuidado de no tropezar con la tela y enfrentó a su futura suegra falsa.
—Señora Valmont. Qué agradable sorpresa. Creí que los vampiros no salían a la luz del día.

Clara ahogó un grito de pánico, llevándose las manos a la boca.
Victoria detuvo su avance, arqueando una ceja perfectamente perfilada. Una sonrisa gélida y letal se dibujó en sus labios rojos.
—Tenés insolencia, niña. Supongo que eso es lo que cautivó a mi hijo en un principio. A los hombres de la familia Valmont siempre les han gustado los juguetes que ofrecen resistencia antes de romperse.

Victoria comenzó a caminar lentamente alrededor de Elena, evaluándola con la frialdad de un tasador de ganado.
—Caderas estrechas. Postura a la defensiva. Piel apagada por el clima del sur. Sos un lienzo en blanco bastante mediocre. —Victoria se detuvo frente a ella, mirándola de arriba abajo—. Mi hijo podría haber elegido a una heredera naviera. A una diplomática europea. Y, sin embargo, bajó al barro de Liria para pescarte a vos. Damián cree que es un fraude. Gabriel cree que es una crisis de los treinta. Yo, en cambio, creo que sos una venganza.

Elena frunció el ceño, desconcertada.
—¿Una venganza?
—Adrián sabe que Gabriel y yo jamás aceptaríamos a alguien de tu estatus en la familia. Nos trajo el peor escenario posible solo para demostrarnos que él tiene el control absoluto. Sos un trofeo para molestar a sus padres, Elena. Nada más. En el momento en que se aburra del juego, te va a devolver al agujero de donde saliste, pero con el orgullo destrozado.

Las palabras de Victoria eran veneno destilado. Elena intentó mantener la compostura, recordando que todo era un contrato, pero el ataque directo a su dignidad le dolía más de lo que quería admitir.
Iba a responder, a destrozar la arrogancia de la matriarca con la verdad sobre su padre, cuando la voz de Adrián cortó el aire como un látigo.
—Suficiente.

Adrián estaba parado en la entrada del salón. Nadie había escuchado el ascensor. Se había quitado el saco y tenía la corbata aflojada. Sus ojos eran dos tormentas oscuras clavadas en su madre.
Avanzó a grandes pasos, ignorando al aterrorizado equipo de relaciones públicas, y se detuvo justo al lado de Elena. Sin dudarlo, pasó un brazo posesivo alrededor de la cintura de ella, atrayéndola contra su costado.
—Mi casa no es un territorio abierto para tus inspecciones sorpresas, madre.

Victoria no retrocedió, pero su sonrisa vaciló.
—Solo intentaba ayudar al equipo de imagen, Adrián. Alguien tiene que asegurarse de que tu... prometida... no nos ponga en ridículo frente a las cámaras.
—Elena no necesita tu ayuda. Ni la de ustedes —dijo Adrián, girando la cabeza para mirar a Clara—. Agarren sus trapos, sus guiones y lárguense de mi departamento. Ahora mismo.

Clara no necesitó que se lo repitieran. En menos de tres minutos, el escuadrón de relaciones públicas desapareció por el ascensor arrastrando los burros de ropa.
Victoria recogió sus gafas oscuras, manteniendo la dignidad a pesar de la expulsión evidente.
—Estás perdiendo la perspectiva, Adrián. Si crees que podés mantener este teatro sin mi aprobación, estás más ciego de lo que pensaba.
—Conozco perfectamente la salida, madre. Que tengas un buen día.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron, llevándose a Victoria, el silencio volvió a inundar el penthouse.
Elena se separó bruscamente del abrazo de Adrián. El calor de su brazo aún le quemaba la cintura.
—No necesitaba que me rescataras. Podía defenderme sola.
Adrián se frotó la nuca, suspirando con pesadez.
—No te rescaté, Elena. Estaba protegiendo el activo. Mi madre es experta en encontrar la fisura psicológica en sus enemigos. Si la dejaba hablar cinco minutos más, ibas a renunciar al contrato antes de la boda.




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