Las reglas que rompimos

Capítulo 6: Vísperas

La noche antes de la boda civil cayó sobre Avelmont como una manta pesada de nubes negras. La lluvia golpeaba los ventanales del piso noventa con una furia incesante.
Elena no podía dormir. Daba vueltas en su lado izquierdo de la inmensa cama, escuchando el sonido de la tormenta y la respiración acompasada de Adrián en el otro extremo.
A pesar de la inmensa distancia que los separaba en el colchón, la tensión estática en la habitación era insoportable. Mañana por la mañana, firmaría un papel que la ataría legalmente al hombre que dormía a tres metros de ella. Mañana, la mentira se volvería pública, documentada y letal.

Frustrada, Elena tiró las sábanas a un lado, se levantó en silencio y caminó descalza hacia la sala de estar. No encendió las luces. La ciudad iluminaba el departamento con un resplandor plomizo.
Se sentó en el sofá, abrazando sus rodillas, mirando las gotas de lluvia distorsionar las luces de los rascacielos. Pensó en su madre. Pensó en Liria. Pensó en lo fácil que habría sido rendirse y dejar que el banco se quedara con todo.

Un ruido metálico suave la sacó de sus pensamientos.
Adrián estaba de pie en la cocina abierta. Solo llevaba unos pantalones oscuros de pijama; el torso desnudo reflejaba las luces pálidas de la ciudad. Estaba sirviendo dos dedos de whisky en un vaso ancho de cristal.
Al verla en el sofá, no se sorprendió. Sabía que ella tampoco estaba durmiendo. Su respiración en la cama había sido errática durante las últimas dos horas.

Adrián tomó la botella, un segundo vaso, y caminó lentamente hacia la sala. Se sentó en el extremo opuesto del sofá, dejando una distancia prudencial, y le tendió el segundo vaso.
—Supuse que te vendría bien un anestésico —murmuró él, con la voz ronca por el cansancio.
Elena dudó un segundo, pero finalmente tomó el vaso. El roce accidental de sus dedos contra los de él le provocó un escalofrío que no tuvo nada que ver con la lluvia.

Dieron un sorbo en silencio. El alcohol le quemó la garganta agradablemente, asentando los nervios de su estómago.
—¿Siempre tomás whisky antes de cerrar un contrato millonario? —preguntó ella, mirando el líquido ámbar.
—No. Solo cuando sé que el contrato tiene un margen de riesgo incalculable.
Adrián apoyó el vaso en su rodilla y la miró. En la penumbra, sin trajes, sin corbatas, sin equipos de relaciones públicas vigilándolos, la hostilidad parecía haberse disuelto.
—Mañana va a ser un circo, Elena. La prensa, los jueces, mi familia. Damián va a estar respirándote en la nuca, buscando que te quiebres. Si sentís que no podés hacerlo... si querés echarte atrás, este es el momento.

Elena levantó la vista de golpe, sorprendida.
—¿Me estás ofreciendo una salida? ¿A doce horas de la boda?
—Te estoy ofreciendo la verdad. Si te retractás ahora, la prensa dirá que te acobardaste. Mis acciones caerán un par de puntos, y tendré que buscar otra forma de mantener a Damián a raya. Pero la casa de Liria ya está a tu nombre. El banco ya cobró. Si te vas ahora, no te voy a reclamar la propiedad.
El corazón de Elena dio un vuelco. Él le estaba abriendo la jaula. Le estaba permitiendo irse con el botín, asumiendo él todo el costo del desastre. Era un movimiento que contradecía todo lo que ella creía saber sobre el despiadado CEO del Grupo Valmont.

—¿Por qué harías eso? —preguntó ella en un susurro.
Adrián miró hacia la tormenta que azotaba el cristal. La mandíbula se le tensó.
—Porque vi cómo te miraba mi madre el otro día. Vi cómo te fuiste apagando mientras Clara te medía como si fueras un maniquí de plástico. Yo diseño estrategias para que las corporaciones sobrevivan, Elena. Pero me di cuenta de que, para que mi imperio sobreviva doce meses, la que tiene que dejar de respirar sos vos.

Elena se quedó en silencio, asimilando la confesión. Adrián Valmont, el hombre que compraba vidas sin pestañear, estaba demostrando que tenía un límite ético. Y ese límite era ella.
Miró su vaso. Miró la ciudad. Y luego miró al hombre sentado en el otro extremo del sofá.
Si se iba ahora, estaría a salvo. Volvería a Liria, a su soledad, a su polvo y a sus libros viejos. Sería libre.
Pero al mirarlo, asediado por sus propios fantasmas, rodeado de enemigos con su propia sangre, se dio cuenta de algo aterrador. No quería dejarlo solo en la trinchera.

Elena levantó su vaso de cristal y lo sostuvo en el aire, rompiendo el espacio que los separaba.
—A mi padre le gustaba decir que la madera que resiste las peores tormentas es la que tiene las raíces más profundas —dijo ella, con una voz firme y decidida—. Tu madre no me va a quebrar. Tus asesores de imagen no me van a domesticar. Y Damián se va a estrellar contra una pared si intenta buscar mis grietas.
Adrián la miró, los ojos ligeramente entrecerrados, evaluando la determinación absoluta en el rostro de ella.

—¿Estás segura? —preguntó él en voz baja.
—No me voy a ir, Adrián. Mañana firmo ese maldito papel y me convierto en tu peor pesadilla oficial durante doce meses. Preparate para el circo, porque no pienso darles el gusto de verme caer.

Lentamente, Adrián levantó su propio vaso y lo chocó contra el de ella. El cristal tintineó en la oscuridad del penthouse con un sonido cristalino y definitivo.
—A las pesadillas, entonces —murmuró él, y por primera vez en semanas, una sonrisa genuina, despojada de escudos corporativos y cargada de una extraña camaradería, apareció en su rostro.
Bebieron juntos, sellando el pacto mucho antes de que el juez abriera el libro de actas. La tormenta seguía rugiendo afuera, pero adentro, el campo de batalla finalmente tenía dos aliados dispuestos a pelear en el mismo bando.




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