El mármol del Registro Civil Central de Avelmont era tan frío y estéril como el contrato que los había llevado hasta allí.
Elena se miró en el reflejo de las puertas de cristal polarizado antes de que los guardias de seguridad privada las abrieran. No llevaba un vestido de novia tradicional. Se había negado rotundamente, generando el primer y acalorado debate con el equipo de imagen corporativa de Valmont. En su lugar, llevaba un traje sastre blanco de corte impecable, pantalón ancho y una blusa de seda escotada. Era su pequeña rebelión, una forma de recordarse a sí misma frente a las cámaras que esto era una fusión corporativa, no un cuento de hadas.
Adrián estaba a su lado, vestido con un traje gris carbón y una corbata negra delgada que lo hacía parecer aún más inalcanzable. No se habían dirigido la palabra en todo el trayecto en auto desde el penthouse.
—Están todos los medios económicos y de espectáculos en la escalinata —murmuró Adrián de pronto, ajustándose el puño de la camisa de forma casi robótica—. Y Damián está adentro, en primera fila, con mis padres. Va a buscar cualquier señal de incomodidad, cualquier mirada esquiva.
—Que busque lo que quiera —respondió Elena, levantando la barbilla sin mirarlo—. Soy perfectamente capaz de fingir que te soporto durante quince minutos frente a un juez.
Adrián la miró de reojo. Una chispa de algo indescifrable, oscuro y eléctrico, cruzó sus ojos de hielo.
—Fingir que me soportás no es suficiente, Elena. Tenés que fingir que me elegiste. Que estás dispuesta a dejar tu vida en Liria porque no podés estar un segundo más lejos de mí.
Antes de que ella pudiera responder con alguna ironía punzante, las pesadas puertas de madera y cristal se abrieron de par en par.
El murmullo del inmenso salón principal se apagó de inmediato. Decenas de ojos se clavaron en ellos. Elena sintió el peso físico de las miradas de la alta sociedad de Valdoria: curiosas, envidiosas, escrutadoras y calculadoras.
Adrián le ofreció el brazo izquierdo. Ella lo tomó, sintiendo la tensión muscular bajo la fina lana del traje. Caminaron juntos por el pasillo central, pisando la alfombra roja hacia el estrado del juez de paz.
En la primera fila, el silencio era ensordecedor. Gabriel Valmont mantenía su expresión de piedra tallada, Victoria forzaba una sonrisa de plástico perfecta para las cámaras, y Damián... Damián los observaba con la intensidad de un halcón hambriento, buscando la fisura en el blindaje.
El juez de paz, un hombre mayor y de aspecto solemne que claramente cobraba sus honorarios del Grupo Valmont, comenzó a leer los artículos legales del matrimonio civil. Las palabras rebotaban en las paredes abovedadas, completamente vacías de significado emocional. Elena mantenía la vista al frente, intentando controlar el pulso que le latía en la garganta con la fuerza de un tambor.
*Esto es por la casa. Esto es por mamá. Doce meses.* Repetía el mantra en su cabeza como un escudo protector.
—Adrián Alejandro Valmont, ¿acepta a Elena Veyra como su legítima esposa?
—Acepto —la voz de él fue grave, firme, sin un ápice de duda o vacilación. Sonó como un martillazo.
—Elena Veyra, ¿acepta a Adrián Alejandro Valmont como su legítimo esposo?
Elena tragó saliva. La sala entera contuvo el aliento. La palabra se atascó un microsegundo en su garganta antes de salir, clara y rotunda.
—Acepto.
Adrián sacó un estuche de terciopelo negro del bolsillo interior de su saco. Lo abrió con el pulgar. El anillo era una alianza de platino macizo, sin adornos ostentosos por fuera, sencilla pero impresionantemente pesada. En el interior, invisible para el mundo, había un pequeño diamante negro incrustado.
Tomó la mano izquierda de Elena. Sus dedos estaban helados por los nervios, pero el pulgar de Adrián acarició el dorso de su mano con una suavidad imprevista, un roce cálido que la descolocó por completo y rompió su ritmo respiratorio. Deslizó el anillo por su dedo anular hasta la base. El metal se ajustó a la perfección. Una cadena invisible, legal y financiera, acababa de cerrarse sobre ella.
—Los declaro marido y mujer unidos por la ley de Valdoria —concluyó el juez, cerrando el libro de actas—. Puede besar a la novia.
El contrato dictaba estrictamente que no había involucramiento emocional. El contrato no decía nada sobre la física y la termodinámica.
Elena giró el rostro hacia él, esperando un beso casto, un roce de labios protocolar para la prensa oficial del evento. Levantó ligeramente el mentón, cerrando los ojos a la espera del trámite.
Pero Adrián, plenamente consciente de la mirada de su primo clavada en su nuca, no se conformó con lo protocolar.
Deslizó su mano derecha por la nuca de Elena, enredando los dedos largos en el cabello oscuro de ella, y con la mano izquierda la tomó con firmeza de la cintura, atrayéndola contra su cuerpo con una fuerza posesiva que le robó el aliento.
Sus labios se encontraron.
No fue frío. No fue calculado. Fue un impacto abrasador.
Elena ahogó un pequeño jadeo de sorpresa cuando Adrián profundizó el beso, exigiendo una respuesta que el cuerpo de ella, traicionando olímpicamente a su cerebro, le dio de inmediato. Sus manos, que debían haber permanecido quietas y educadas a sus costados, subieron instintivamente hasta los hombros de él, aferrándose a la tela del saco gris para no perder el equilibrio.
El sabor a menta y café invadió sus sentidos. El mundo alrededor —el juez, Damián, los flashes estroboscópicos, las cláusulas firmadas— se desvaneció en la nada absoluta. Solo existía la presión de la boca de Adrián sobre la suya, el calor que irradiaba su pecho contra el de ella y la electricidad estática de la mentira volviéndose real.
Cuando finalmente se separaron, guiados por el aplauso cortés de la sala, ambos tenían la respiración errática.
Adrián la miró a los ojos desde centímetros de distancia. El habitual muro de hielo de sus pupilas había desaparecido por una fracción de segundo, revelando un fuego oscuro, un hambre letal que hizo temblar a Elena hasta la médula de los huesos.
—Bien hecho —le susurró él al oído, con la voz ronca, acariciando su cintura antes de volverse hacia los invitados con la máscara de CEO impecablemente colocada.