El jet privado del Grupo Valmont cortaba las nubes de tormenta a mil metros de altura sobre el mar de Valdoria.
Elena miraba por la ventanilla ovalada, observando el azul profundo y agitado del océano. Hacía cuarenta y ocho horas que eran legalmente marido y mujer, y la supuesta luna de miel no era más que otra obligación de la agenda corporativa. El destino era Elyra, una isla volcánica y exclusiva donde la familia Valmont poseía un resort de ultra lujo, y donde, convenientemente, Adrián había organizado la cumbre anual a puertas cerradas con los mayores inversores del grupo.
—No tenés que interactuar con los accionistas de la rama oriental si no querés —dijo Adrián desde el asiento de cuero blanco frente a ella, revisando frenéticamente unos balances financieros en su tablet—. Solo necesito que asistas del brazo a la cena de gala de esta noche y al cóctel de clausura de mañana. El resto del tiempo podés usar las instalaciones del hotel, el spa de aguas termales o la playa privada. Consideralo unas vacaciones pagadas.
Elena apartó la vista de la ventana y se giró hacia él. Llevaba una camisa negra de lino remangada, con una concentración fiera y calculadora en la pantalla.
—¿Me estás dando permiso para pasear como un perro con correa larga, o me estás ordenando que no estorbe en tus negocios de hombres de traje? —preguntó ella, enarcando una ceja con desafío.
Adrián levantó la vista de los gráficos y suspiró, bloqueando la pantalla de la tablet y frotándose el puente de la nariz. Las ojeras oscuras debajo de sus ojos delataban que no había dormido nada desde la boda.
—Te estoy ofreciendo una tregua, Elena. Tuvimos tres días agotadores lidiando con la prensa amarillista y la bilis de mi familia. Asumí, ingenuamente, que querrías descansar de mi presencia.
—Nunca asumas nada sobre mí, Adrián. —Ella cruzó las piernas, ajustando la falda del vestido ligero color arena que le habían empaquetado sus nuevos "asesores de imagen"—. Voy a ir a tus cócteles, me voy a aprender los nombres de tus inversores y voy a sonreír hasta que se me paralicen los músculos de la cara. Quiero que este teatro sea absolutamente inexpugnable para que los doce meses pasen rápido y sin sospechas.
El avión comenzó su descenso abrupto. La isla de Elyra apareció en el horizonte emergiendo de la niebla oceánica como una esmeralda salvaje rodeada de agua turquesa.
El resort era una obra de arte arquitectónica incrustada directamente en la roca viva del acantilado. No había pasillos ruidosos ni habitaciones estándar, sino villas privadas camufladas en la selva, con piscinas infinitas que parecían derramarse en el abismo del mar.
Al llegar a su alojamiento, la Villa Presidencial ubicada en la cima del risco, Elena se encontró con el mismo problema logístico del penthouse, pero trágicamente magnificado.
La villa era inmensa, con paredes de cristal, terraza de madera de teca y ducha al aire libre, pero la distribución era letal. Había una sola cama. Y esta vez, no tenía los tres metros de ancho que la salvaban en la ciudad. Era una cama matrimonial de tamaño estándar, decorada, para su horror, con decenas de pétalos de rosas rojas dispuestos en forma de un ridículo y gigantesco corazón, flanqueado por dos toallas dobladas en forma de cisnes.
Elena se detuvo en el umbral del dormitorio, mirando los cisnes con absoluto desprecio homicida.
—Voy a asesinar a tu equipo de relaciones públicas con mis propias manos. Lo juro.
Adrián, que había entrado detrás de ella arrastrando personalmente el equipaje de ambos, se detuvo en seco al ver el escenario romántico. Se pasó una mano por el pelo, soltando un insulto ahogado.
—Maldita sea la puta madre. Damián se adelantó de nuevo.
—¿Me estás diciendo que tu primo el encantador vino a preparar nuestra cama? —preguntó Elena, señalando las rosas con asco.
—Damián es el jefe de operaciones logísticas de los hoteles de la zona sur. Él gestionó nuestra reserva personalmente como "regalo de bodas". Sabía perfectamente que si pedíamos dos habitaciones separadas al llegar, la junta directiva y los inversores, que están alojados en las villas vecinas a menos de cincuenta metros, se enterarían por el personal. Nos acorraló en la misma trampa.
Elena caminó hasta el colchón y barrió los pétalos de rosa con un manotazo furioso, tirándolos al suelo de madera importada.
—Muy bien, señor estratega. Vos vas a dormir en el sillón de la sala. Yo me quedo con la cama.
Adrián dejó las valijas y miró el sillón de diseño minimalista europeo que adornaba la sala de estar contigua. No cabía ni la mitad de su cuerpo en esa pieza de exhibición geométrica.
—Tengo un metro noventa de estatura y peso noventa kilos, Elena. Si duermo en esa silla moderna me voy a romper tres vértebras lumbares, y mañana a las seis de la mañana tengo que negociar la compra hostil de una flota naviera clave para destruir el monopolio de mi primo. Compartimos la cama. No es negociable.
—Regla Número Tres... —intentó protestar ella, cruzándose de brazos como un escudo.
—La regla dice claramente "a menos que las apariciones públicas estrictas lo requieran". Que el servicio de limpieza no encuentre sábanas arrugadas en el sillón ni el cuello roto del CEO mañana por la mañana cuenta como aparición pública obligatoria. No lo discutas más. Es supervivencia corporativa.
Elena resopló, abriendo los cierres de su maleta de un tirón violento.
—Bien. Acepto bajo protesta. Pero te advierto una cosa, Valmont. Si en medio de la noche cruzás tu brazo o tu pierna hacia mi lado del colchón, te lo fracturo y digo que te caíste en la piscina.
Adrián, por primera vez en todo el maldito viaje, sonrió. Una sonrisa ladeada, cansada, pero genuinamente divertida.
—El riesgo laboral es aceptable. Me arriesgaré.