Las reglas que rompimos

Capítulo 9: La fractura del hielo

Esa noche, la cena de gala inaugural se celebró en la inmensa terraza principal del hotel, bajo un cielo estrellado sin contaminación lumínica y con el sonido violento de las olas rompiendo contra las rocas basálticas cien metros más abajo.
Elena, enfundada en un vestido de noche rojo oscuro y ceñido que dejaba la espalda al descubierto, se había convertido instintivamente en el centro de gravedad del evento. Adrián, vestido con un esmoquin de medianoche, la presentó a docenas de empresarios canosos, políticos corruptos de Avelmont e inversores de capital de riesgo. Ella sonrió, asintió y recitó la historia de su romántico encuentro en la subasta de arte con una precisión y un encanto que incluso ella misma admiró.

En un momento de la noche, Adrián fue arrinconado amablemente por un grupo de inversores nórdicos exigiendo explicaciones sobre márgenes de petróleo, dejando a Elena sola cerca de la inmensa barra de cócteles iluminada.
—Un merecido respiro en medio del estanque de tiburones, ¿verdad?
La voz, suave y seductora, pertenecía a un hombre joven, de no más de treinta y dos años, con cabello castaño claro ligeramente desordenado por el viento, un bronceado mediterráneo perfecto y un traje de lino blanco inmaculado. Sostenía dos copas altas de champán francés y le ofreció una a Elena con elegancia.
—Julián Meyer —se presentó él, con una sonrisa deslumbrante de dientes perfectos—. CEO de Meyer Logistics. Y vos debés ser la famosa, mítica e inalcanzable Elena, la mujer que logró encadenar al indomable Adrián Valmont.

Elena aceptó la copa, agradeciendo internamente la pausa de las formalidades rígidas.
—Elena Veyra. Y no lo encadené, señor Meyer. Fue una decisión... mutua y civilizada.
Julián rió con franqueza, acercándose un paso más y reduciendo la distancia de cortesía. Olía a sal marina y cítricos.
—Seguro que sí, Elena. Aunque, si me permitís la insolencia, creo que Adrián está demasiado ocupado mirando gráficos de rentabilidad aburridos en lugar de cuidar a la mujer más fascinante de toda la isla. Si yo fuera tu esposo, no te dejaría sola cerca de la barra ni un solo segundo.

Elena iba a responder con una ironía educada para marcar distancia, pero una presencia física abrumadora, oscura y densa como la tormenta, se materializó justo detrás de ella.
La mano grande y cálida de Adrián se posó en la cintura desnuda de Elena. El agarre no era el de una presentación protocolar ni el roce casual de la primera cena. Era un reclamo territorial absoluto y primitivo. Sus dedos largos presionaron posesivamente la curva de su cadera, pegando la espalda de Elena a su pecho firme.
—Julián —dijo Adrián, y el tono de su barítono bajó diez grados la temperatura ambiente de la terraza iluminada—. Veo que ya encontraste el tiempo para molestar a mi esposa.

Julián Meyer no perdió la compostura ni borró la sonrisa, aunque su postura se tensó y dio un micrométrico paso atrás instintivamente.
—Adrián. Solo estaba felicitando a Elena por la magnífica boda. Le decía que tienen que visitar la costa de Mónaco el próximo verano. Si vos estás muy ocupado con las fusiones corporativas, yo me ofrezco encantado como guía turístico personal para Elena.
Los ojos de Adrián se entrecerraron en dos ranuras de hielo mortal. El instinto depredador letal que utilizaba a diario para destruir y desmembrar corporaciones rivales ahora estaba enfocado íntegramente en el hombre del traje de lino blanco.

—Elena no necesita un guía turístico de quinta categoría, Meyer. Me tiene a mí. Y nosotros tenemos asuntos privados que atender. Ahora mismo.
Sin esperar réplica ni despedida, Adrián tiró de Elena suavemente pero con una fuerza inquebrantable, alejándola de la barra, de la música y de Julián, y guiándola hacia los sinuosos jardines oscuros que bordeaban los acantilados del resort.

Caminaron en un silencio cargado de electricidad estática hasta que el ruido ensordecedor de la fiesta de gala se convirtió en un murmullo lejano tapado por el mar.
Al llegar a un mirador de piedra rodeado de palmeras, Elena se soltó violentamente de su agarre, furiosa.
—¿Se puede saber qué demonios te pasa? Estaba teniendo una conversación social normal. Estaba haciendo mi trabajo.
Adrián se giró hacia ella como un resorte, con el músculo de la mandíbula latiendo y los ojos brillando de una ira irracional en la oscuridad de la isla.
—Julián Meyer es un playboy inútil que busca cualquier excusa barata para insultarme sutilmente en público y desestabilizar mis alianzas. No voy a permitir que te use a vos como tablero de dardos para mojarme la oreja frente al resto del directorio.

Elena cruzó los brazos sobre el escote del vestido, enfrentando la tormenta de frente, negándose a dejarse intimidar.
—Yo no soy un trofeo para que ustedes dos midan el tamaño de sus malditos egos corporativos, Adrián. Puedo manejar perfectamente a un idiota con bronceado falso y traje blanco. No tenés que venir a rescatarme marcando territorio físico como un perro celoso en celo.
—No son celos —escupió él, dando un paso rápido hacia ella y acorralándola contra el parapeto de piedra del acantilado—. Es imagen pública. Cuidado de los activos. Regla Número Dos de nuestro contrato, Elena. No hay putos celos en esta ecuación.

—¡Entonces avísale urgente a tu cara y a tus manos! —le gritó ella, acercándose también, desafiante, a escasos centímetros de su rostro—. Porque hace un minuto, en la barra, parecía que ibas a arrancarle la cabeza a mordiscos solo por invitarme a viajar.
Adrián la miró desde su imponente altura. El fuerte viento del océano le revolvía el cabello oscuro y perfecto. La respiración de ambos estaba acelerada, pesada. Estaban a milímetros de distancia, sintiendo el calor del cuerpo del otro, atrapados en una burbuja de alta tensión que ya no tenía absolutamente nada que ver con negocios, fideicomisos o contratos de confidencialidad.




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