Las reglas que rompimos

Capítulo 10: Aguas engañosas

La luz del sol en Elyra era implacable, rebotando contra la superficie turquesa del océano con un brillo que obligaba a entrecerrar los ojos.
Tras la explosión de celos de Adrián en el acantilado la noche anterior, el desayuno en la terraza de la Villa Presidencial había transcurrido en un silencio denso y espinoso. Ninguno de los dos había mencionado la furia con la que él la había acorralado, ni la palabra "esposa" pronunciada como un título de propiedad.

Ahora, se encontraban en el muelle privado del resort, frente a un yate de tres cubiertas que el Grupo Valmont había alquilado para agasajar a los inversores.
Elena llevaba un traje de baño negro de una pieza, elegante y sobrio, cubierto por un pareo de seda blanca que flotaba con la brisa marina. Un enorme sombrero de ala ancha y gafas de sol oscuras le daban el aire exacto de una mujer nacida en el lujo. Se había metido de lleno en el personaje.

Adrián, vestido con bermudas azul marino y una camisa de lino blanco abierta en el cuello, la observaba desde la pasarela con una mezcla de irritación y fascinación.
—Estás demasiado callada hoy —murmuró él, ofreciéndole la mano para ayudarla a subir al yate.
Elena aceptó el gesto, sintiendo el calor de su palma, pero no le devolvió la mirada.
—Estoy guardando energía, Adrián. Si tengo que pasar las próximas cinco horas sonriéndole a hombres de traje que beben champán a las diez de la mañana, necesito administrar mi paciencia.

La cubierta del yate ya estaba llena. Camareros de guantes blancos circulaban con bandejas de canapés de caviar y copas de cristal. El murmullo de las conversaciones financieras en diferentes idiomas se mezclaba con el sonido de los motores diésel encendiéndose.
Apenas pusieron un pie en la cubierta principal, el director del banco inversor nórdico interceptó a Adrián. El CEO intentó excusarse, pero el banquero fue implacable, exigiendo detalles sobre las proyecciones del trimestre.
Adrián miró a Elena con una disculpa muda, atrapado por su propio imperio.
—Hacé tu trabajo, Valmont. Yo voy a buscar un lugar con sombra —dijo ella, liberándolo de la obligación de custodiarla.

Elena caminó hacia la proa, alejándose del centro de gravedad corporativo. Se apoyó en la baranda de caoba pulida, dejando que el viento marino le aliviara el calor de la piel. El yate comenzó a surcar las olas, dejando una estela de espuma blanca que contrastaba con el azul profundo.
Era hermoso. Un paraíso terrenal. Y sin embargo, se sentía como una prisión de oro flotante.

—Dime que estás tan aburrida como yo de escuchar hablar de tasas de interés variables.
La voz era inconfundible. Suave, arrastrada, con ese tono de confianza que solo daba el dinero viejo.
Elena no se giró de inmediato. Suspiró detrás de sus gafas de sol y se preparó para el segundo asalto.
Julián Meyer se apoyó en la baranda a un metro de ella. Llevaba unos anteojos espejados y una camisa de seda estampada que gritaba frivolidad.
—Señor Meyer. Pensé que, después de la interrupción de anoche, mantendría una distancia prudencial. Mi esposo no tiene mucha tolerancia para las conversaciones sociales largas.

Julián soltó una carcajada limpia y melodiosa.
—Tu esposo no tiene tolerancia para nada que no pueda controlar con un contrato, Elena. Y por favor, llamame Julián. Los títulos formales en medio del mar son de muy mal gusto.
Elena giró la cabeza para mirarlo.
—Julián, entonces. ¿A qué viniste a la proa? ¿A buscar broncearte o a buscar problemas?
—Ambas opciones me parecen fascinantes, pero la segunda es mucho más divertida —respondió él, acercándose medio paso—. Adrián te dejó sola de nuevo. Para ser un hombre recién casado que anoche parecía dispuesto a tirarme por el acantilado, es bastante descuidado con su mayor tesoro.

Elena frunció el ceño. Había algo en la actitud de Julián que no era simple coqueteo. Era instigación pura.
—Los tesoros no necesitan guardianes si saben cuidarse solos —replicó ella, tensando la mandíbula.
Julián se quitó los anteojos y la miró fijamente. Sus ojos color avellana no tenían la dureza glacial de los de Adrián, pero brillaban con una astucia peligrosa.
—Vos no sos del mundo de Avelmont, Elena. Se nota en la forma en que caminás, en cómo agarrás la copa de champán. No tenés el cinismo de las mujeres de nuestra clase. Sos... refrescantemente real. Y eso me hace preguntarme qué demonios hacés casada con una máquina trituradora como Adrián Valmont.

El corazón de Elena dio un latigazo. Julián estaba olfateando la mentira.
—Me casé con él porque lo amo —mintió ella, con una fluidez que le asustó a sí misma—. Sé que a los herederos cínicos de Avelmont les cuesta entender el concepto.
Julián sonrió de lado, apoyando la espalda contra la baranda.
—Oh, yo entiendo el amor. Lo que no entiendo es la mirada de Adrián. Te mira con una intensidad brutal, sí. Pero no te mira como un hombre enamorado, Elena.
Ella tragó saliva, manteniendo la compostura.
—¿Ah, no? ¿Y cómo me mira?
—Te mira como un hombre que está custodiando una caja fuerte que no sabe cómo abrir —murmuró Julián, acercándose lo suficiente para que su hombro rozara el de ella—. Y eso me hace pensar que tal vez, solo tal vez, ese matrimonio apresurado esconde cláusulas de las que nadie en este yate sabe nada.




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