Latidos de Septiembre

PRÓLOGO

Finales de agosto

Dentro de unas semanas empezaría un nuevo curso, cuarto de la ESO.

Todo el mundo decía que era un curso importante. El último antes de Bachillerato. El momento de empezar a pensar qué quería hacer con mi vida.

Yo solo quería que pasara rápido, no esperaba nada del instituto, ni de mi casa ni de mi, por triste que eso pueda sonar.

A veces me preguntaba cuándo había empezado a sentirme así.

Cuando era pequeño, mi vida era muy distinta. Mi casa olía a comida recién hecha, mis padres se reían y mi hermano y yo pasábamos las tardes jugando sin preocuparnos por nada. No era una familia perfecta, pero sí una familia feliz.

Ahora apenas quedaba rastro de aquello, todo empezó un par de años atrás.

Las discusiones aparecieron poco a poco. Al principio eran tonterías. Después dejaron de serlo.

Con el tiempo, los gritos terminaron convirtiéndose en parte de nuestra rutina.

Ya ni siquiera me molestaba en escuchar por qué discutían.

Solo esperaba a que acabaran.

Mi madre nunca entendió mi forma de ser, siempre quiso que fuera el chico popular. El que sale todos los fines de semana, conoce a medio instituto y tiene un grupo enorme de amigos.

Yo nunca necesité eso, con Gael y Oliver siempre tuve más que suficiente.

Dos amigos de verdad valían mucho más que veinte conocidos.

Mi padre pensaba igual.

En eso nos parecíamos bastante.

Quizá por eso nunca fui capaz de verlo como el malo de la historia, aunque mi madre pareciera empeñada en que lo hiciera.

Lo único que tenía claro era que ambos habían dejado de quererse hacía mucho tiempo.

Y, aun así, seguían viviendo bajo el mismo techo.

Decían que era por nosotros, por mi hermano pequeño y por mí, pero cada discusión, cada portazo y cada silencio terminaban cayendo sobre nosotros igual.

Con el tiempo dejé de sentir mi casa como un hogar, era simplemente el sitio al que tenía que volver cada noche.

Por eso, siempre que podía, escapaba.

A veces me iba al campo.

Otras simplemente caminaba sin rumbo hasta encontrar un lugar donde no hubiera nadie.

Necesitaba silencio y necesitaba respirar en paz, sin ataques y sin gritos.

Necesitaba olvidar, aunque solo fuera durante un rato, que al volver a casa todo seguiría exactamente igual.

Llevaba toda la semana intentando convencerme de que aquel curso sería diferente.

Pero cada vez que lo pensaba aparecía la misma pregunta.

¿Diferente por qué?

Nada había cambiado.

¿Por qué iba a hacerlo ahora?

En ese momento, el móvil vibró sobre mi escritorio.

Resulta que se trataba de Gael, con el que había quedado para tratar de tranquilizarme a las 18:00.

-¡Hola, Aiden! -dice al otro lado, con esa energía que siempre parece sobrarle.

-¿Qué tal, señor?

-Pues aquí esperando a que sean las seis -respondo, dejando que su alegría me contagie un poco.

-Ya ves. ¿Y a ti qué te apetece hacer?

-Pues tenía pensado ir a nuestro banco de siempre y charlar. Que ya sé que te inquieta el inicio del nuevo curso.

Tenía toda la razón.

-Claro que me inquieta. Lo bueno es que estamos en la misma clase -afirmo, con una voz más tranquila de lo que esperaba.

-¡Claro, hombre! Ya ves cómo puede ser un buen curso -exclama.

Cierto es que llevábamos desde 1° de la ESO sin coincidir en la misma clase.

-Bueno, como para ir al banco de siempre tardo quince minutos, voy a ir saliendo ya que son las 17:45.

-Muy bien Aiden, pues yo me voy preparando, que yo lo tengo un poco más cerca.

-Perfecto.

-Venga, ahora nos vemos -se despide.

Salgo de mi casa antes que él, ya que la caminata hasta el "banco de siempre" me pilla más lejos. Pero sorprendentemente, al llegar, él ya se encuentra ahí, sentado con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Qué pasa, chaval! -exclama con alegría al verme.

-Pues nada, tío. A ver, ¿de qué quieres hablarme?

-Te quería comentar que el curso empieza mejor de lo que pensábamos.

-¿Y eso? -pregunto sin saber a qué quiere referirse.

-Resulta que también estará en clase nuestro querido amigo Oliver.

Noto cierta tranquilidad al oír esas palabras, aunque por una parte me molesto al darme cuenta de que a mí no me había dicho nada de esa noticia.

-Bueno, eso me tranquiliza -digo.

Oliver era un buen amigo. No era un torbellino de emociones como Gael, pero siempre se apuntaba a todos los planes y además era una persona que sabía escuchar y dar grandes consejos. El típico amigo que nunca ha tenido novia pero en el amor aconseja increíblemente bien. Sin ninguna experiencia previa, no entendía cómo tenía esa capacidad.

-Bueno, quería comentarte eso -dice Gael-, y que también en nuestra clase se encuentra la chica que me gusta.

-Venga, en serio, ¿otra vez vuelves con el tema de Chloe?

Chloe era la chica de la que Gael siempre había estado enamorado. Aunque solo coincidieron un año en clase, no paraba de hablar de ella y de cómo tenía pensado conquistarla, aunque sin éxito porque jamás intentó nada.

-Sí, Aiden. Para mí es la mujer perfecta, pero ya sabes, nunca me atrevo a romper el hielo -dice con una tristeza que le dura segundos, porque enseguida se le ilumina la cara.

-Bueno, realmente sigo sin entender cómo puedes saber que es la mujer perfecta si ni siquiera has hablado con ella.

-Tío, si lo tiene todo. Es lista, es guapa y se lleva bien con todo el mundo -dice con los ojos muy abiertos por la emoción de hablar de ella.

-¿Sabes lo que creo?

-¿Qué crees?

-Que este año vas a conseguir armarte de valor gracias a que Oliver te comerá la cabeza para hacerlo.

-Bueno, ojalá los consejos de Oliver funcionaran para que me atreviese a hablar con ella, pero nunca ha conseguido animarme lo suficiente -señala, encogiendo los hombros.

-Bueno, pero este año estamos los tres en clase. Seguro que entre los dos conseguimos animarte, y aunque sea nos reímos un rato -expreso con una sonrisa traviesa.




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