-¡¿Puedes parar de gritar de una vez?! -gritó mi madre desde abajo, y su voz atravesó el techo como un cuchillo.
Abrí los ojos unos minutos antes de que sonara el despertador. Era el primer día de instituto. Y, para variar, mis padres estaban discutiendo un día más.
Parecía una mañana como todas las demás de este verano. Pero con un pequeño inconveniente: se acababa de terminar el verano, dando paso al curso que menos me apetecía comenzar. Estudiaba en un instituto en el que era obligatorio el uso de uniforme, y para educación física necesitaba un chándal del propio instituto.
Por tanto, me levanté y lo primero que hice fue vestirme en mi habitación. Mi uniforme constaba de unos pantalones de pana grises, zapatos obligatoriamente negros, un polo blanco con el escudo del instituto y un jersey negro. Ya estaba vestido, y como aún me faltaban unos minutos para desayunar, me tumbé con la mirada fija en el techo y me puse a reflexionar. No paraba de pensar en que el verano ya había terminado, que iba a empezar otro curso, el último de la educación secundaria, y que yo sentía que no tenía motivación para ese curso. Sentía que sería otro curso sin más. Con la misma gente.
La única motivación fue acordarme de la conversación que tuve con Gael la semana pasada, que me ayudó a sentir algo de motivación al estar él y Oliver en mi misma clase.
Pero bueno, tocará bajar a desayunar. En fin, primer día de instituto, qué ilusión...
Decidí bajar a desayunar. Y ya encontré una escena que empezaba a resultar poco atractiva. Mi madre en la cocina, con mirada pensativa que lo decía todo. Mi padre, completamente en silencio, con cara de cansancio y sin mediar palabra. Se notaba que acababan de tener una discusión, seguramente absurda, pero que ya había roto la armonía de la casa. De pronto apareció mi hermano.
-¡Buenos días! -exclamó Rafa al entrar en la cocina, con una energía que contrastaba con el ambiente denso.
-Hola, hijo -dijo mi padre, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
-Hola, cariño -respondió mi madre, pero su tono era tan frío que casi parecía un saludo a un desconocido.
-¿Ya habéis vuelto a discutir? -preguntó Rafa, con esa sinceridad brutal que solo tienen los niños.
-Hijo, es mejor que no te metas en eso -intervino mi padre, con voz cansada, como si repitiera esa frase por centésima vez.
-Bueno, mamá y papá, yo tengo claro que hoy va a ser un gran día. Como son presentaciones, no haremos nada en clase -dijo Rafa, guiñándome un ojo.
Solté una carcajada. Ese crío tenía un don para desactivar bombas.
-Bueno, me imagino que iremos andando, pero ¿para volver recogeréis a Rafa, no? -pregunté, intentando sonar despreocupado.
-Sí, hijo, pero ¿por qué tanto interés en que lo recojamos a él y a ti no? -mi madre entrecerró los ojos, y su tono se volvió inquisitivo.
-Porque he quedado con mis amigos después de clase. Iremos al parque, a los bancos de siempre, a charlar. Y no quiero que Rafa se aburra esperando.
-Aiden, haces bien en preocuparte por tu hermano -dijo mi padre, y por primera vez esa mañana pareció hablar con autenticidad-. Pero no te preocupes, nosotros nos encargamos. Además, dentro de poco empiezan sus entrenamientos de fútbol, y siempre estará entretenido.
-Bueno, familia, es la hora. Rafa, coge la mochila, que nos vamos.
Salimos ambos de casa. Nada más salir, noté una sensación de calma. Ya había salido. Menos mal que tengo a mi hermano para relajar el ambiente; si no, otra mañana más incómoda.
El camino al instituto dura unos diez minutos. De pronto se oye a alguien correr:
-¡AIDEN! -gritó una voz jadeante desde atrás.
Me giré. Gael llegaba corriendo, con el pelo alborotado y la mochila colgando de un solo hombro.
-¿Gael? ¿Qué tal? -le dije, esbozando una sonrisa-. La próxima vez, intenta que no parezca que nos vienen a atracar, ¿vale?
-Perdón, perdón -dijo, doblando el cuerpo para recuperar el aliento-. Es que te he visto de lejos y me he emocionado. He pensado: "Voy con él".
-Tranquilo, no pasa nada.
Gael se giró hacia Rafa y, con esa sonrisa suya que siempre presagiaba una broma, soltó:
-Y tú, monstruito, cada día estás más mayor. ¿Qué te están dando de comer? ¿Hormonas de crecimiento?
Rafa puso una cara de fastidio que era todo un poema.
-Si tú lo dices -respondió, cruzándose de brazos.
-Bueno, yo me voy -dijo Rafa, señalando a un grupo de niños más adelante-. Que veo a mis amigos.
-Vale, pero ten cuidado. Si pasa algo, me avisas, ¿eh?
-Genial, Aiden. Hasta luego -y salió corriendo, como si le hubieran soltado de una correa.
Gael se quedó mirándolo y luego, bajando la voz, me preguntó:
-Bueno, Aiden, en serio... ¿qué tal esta mañana?
Suspiré.
-Pues ya te imaginas. Mis padres... se notaba que habían tenido una pelea. El ambiente en la cocina era más denso que un día de niebla.
-Típico -dijo Gael, negando con la cabeza-. Bueno, ahora lo importante es que estamos de camino. Y hablando de camino... mejor aceleramos, que Oliver nos está esperando y ya sabes que él y la paciencia no se llevan bien.
Sonreí.
-Vamos, entonces.
Mientras andábamos, Gael se puso nervioso de repente. Se mesó el pelo y soltó:
-Estoy nervioso, ¿eh?
-A que adivino... Chloe.
-Eres un puto genio -dijo, riéndose-. Sí, es eso. Llevo todo el verano sin verla y... no sé, tengo mariposas en el estómago.
-No sé para qué te pones así -le respondí, con tono vacilón-. Para luego tartamudear, ponerte colorado y hacernos pasar vergüenza a Oliver y a mí.
-Oye, que este año es diferente -dijo, levantando un dedo con fingida solemnidad-. Este año voy a ser yo. Seguro. Aquí huele a éxito.
-Totalmente -dije, y no pude evitar reírme.
Llegamos a la puerta del instituto. Habíamos llegado algo antes del inicio de las clases y nos encontramos con Oliver, que se encontraba en un banco al lado de la puerta, y decidimos sentarnos con él para pasar el rato hasta que llegase la hora.
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Editado: 01.08.2026