Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 2

Aquella mañana todo parecía igual que siempre: el mismo olor a café recién hecho que ascendía desde la cocina, el mismo rumor de la ciudad despertando tras la ventana, la misma luz tibia de Septiembre filtrándose entre las persianas. Sin embargo, yo notaba un cosquilleo en el estómago que no lograba ignorar. Llevaba toda la noche dando vueltas en la cama, imaginando nombres, rostros, combinaciones posibles. El profesor había decidido que hiciéramos un trabajo en parejas -de un mes y medio de duración, nada menos- y, lo peor de todo: las elegía él.

Me levanté rápido, me puse el uniforme con la misma rutina de siempre y bajé a desayunar. Mis padres ya estaban sentados, y mi hermano Rafa apareció casi al mismo tiempo que yo, con el pelo todavía revuelto y los ojos entornados.

-Buenos días, hermanito -dije, sirviéndome un vaso de leche.
-Buenos días, Aiden -respondió con un bostezo.

Nos sentamos. Mi madre nos sirvió tostadas con mermelada, y el crujir del pan mezclado con el tintineo de las tazas creaba esa banda sonora cotidiana que siempre me había resultado reconfortante. Pero aquella mañana ni siquiera eso lograba calmarme.

-¿Qué tal el primer día, hijo? -preguntó mi padre, sin levantar la vista del periódico.
-Bien... aunque estamos todos bastante inquietos -admití, jugueteando con el borde de mi tostada-. Resulta que el profesor ha decidido que hagamos un trabajo en parejas.
-¿Y qué problema hay en eso? -intervino mi madre, alzando una ceja con curiosidad.
-Que las elige él -dije, y mi tono de preocupación debió ser tan evidente que mi padre bajó el periódico para mirarme.

-Bueno, hijo, con un poco de suerte te tocará con Gael u Oliver -dijo, intentando animarme.
-Con suerte te tocará con una chica guapa -añadió Rafa con una sonrisa pícara, clavándome el codo en el costado.

-Por cierto -dijo mi hermano, cambiando de tema con esa facilidad suya que siempre me había envidiado-, hoy me voy antes. He quedado con mis amigos.
-Bueno, yo también me iré pronto. Gael me ha escrito diciendo que me espera en la puerta -respondí.
-Genial, pues entonces yo me voy yendo ya -dijo Rafa, levantándose de la mesa sin haberse terminado ni la mitad del desayuno.
-¡Hijo, pero termina de comer, al menos! -le riñó mi madre, aunque su sonrisa delataba que ya estaba acostumbrada.
-¡Luego compro algo! -gritó desde la entrada, y la puerta se cerró tras él con un golpe seco.

Salí de casa unos minutos después. El aire de la mañana era fresco y limpio, y los primeros rayos de sol empezaban a dorar las fachadas de las casas. Por un momento, todo parecía en calma. Pero en cuanto giré la esquina, me encontré con Gael, apoyado contra la farola con su mochila colgando de un hombro y una sonrisa tan amplia que parecía querer comerse el mundo.

-¡Vamos, chaval! -exclamó, dándome una palmada en la espalda-. ¡Hoy es el día!
-Qué animado te veo, Gael -dije, riéndome a pesar de mis propios nervios.
-Hombre, ¿no ves que hoy va a ser mi día de suerte? -respondió, echándose hacia atrás y caminando con ese paso seguro que solo él tenía.
-No sé en qué te basas, la verdad. Me da que te vas a llevar una decepción -le solté, y su sonrisa se desvaneció por un segundo.

-Tío, eres un aguafiestas -se quejó, pero enseguida volvió a su tono pícaro-. Verás como tengo suerte. Y a ti lo que te pasa es que te molesta que me toque con ella porque, en el fondo, querrías hacerlo conmigo.
-Hombre, razón no te falta -admití con una risa-. Prefiero hacerlo contigo antes que con un desconocido. Eso seguro.

Apareció Oliver cuando ya casi llegábamos al instituto. Caminaba con las manos en los bolsillos y el rostro impasible, como siempre. Nunca sabías si estaba contento o enfadado; su expresión era un misterio perpetuo.

-Bueno, Oliver, ¿nervioso? -pregunté.
-Realmente no -respondió encogiéndose de hombros-. Me da igual con quién me toque.
-¡Pues yo sí que estoy nervioso! -intervino Gael, colocándose a su lado-. ¿Qué me aconsejas, mi señor Oliver?
-Te aconsejo que tu único tema de conversación no sea Chloe -dijo Oliver sin inmutarse.

Gael puso los ojos en blanco.

-Tío, no seas así. ¿No ves que hoy estoy un paso más cerca? Te digo una cosa: como me toque con ella, juro que le hablo.
-Bueno, tampoco vas a hacer el trabajo en silencio, ¿no? -dije riéndome.
-Apúntate lo que te digo -sentenció Oliver, deteniéndose un momento para mirar a Gael directamente a los ojos-. Hoy es martes. Si te toca con ella, el rechazo inevitable llegará antes del viernes.

-Con amigos como vosotros, ¿quién necesita enemigos? -bufó Gael, aunque en sus ojos se adivinaba más miedo que enfado.

-A ver, Gael -dije, suavizando el tono-, no es por ser pesimista, pero esa chica nunca te ha hecho caso. Y la verdad es que no te veo con muchas opciones. Ojo, intentarlo siempre está bien, no tienes nada que perder.
-Además -añadió Oliver-, no puedes quedarte con la duda toda la vida. Y si te rechaza, al menos nos dejarás tranquilos con el tema de Chloe, que al final voy a acabar soñando yo con ella.
-¡Pero es que es tan guapa! -exclamó Gael, y su mirada se perdió en algún punto del horizonte-. Ese pelo largo y rubio, y esos ojos azules... Me tiene loco.
-No hace falta que lo jures -dije, y los tres reímos.
-Espero que el profesor esté de mi parte -murmuró Gael-. Si no, le odiaré para siempre.

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Entramos al instituto justo cuando sonaba el timbre de entrada. El pasillo principal olía a detergente barato y a cuadernos nuevos. Alguien había dejado una mochila olvidada junto a las taquillas, y un grupo de chicos reía demasiado alto al final del corredor. En el aula, las sillas raspaban contra el suelo mientras todos buscaban sitio, y el profesor, con su chaqueta de pana desgastada y las gafas asomando en la punta de la nariz, ajustaba unos papeles sobre la mesa.

La tensión se respiraba. Se notaba en los murmullos ahogados, en las miradas furtivas, en los dedos que tamborileaban sobre las mesas. Todos sabíamos lo que estaba en juego: un mes y medio trabajando codo a codo con alguien, para bien o para mal.




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