El sábado amanece sin sobresaltos. Sin clase, sin despertador, sin la obligación de madrugar. Mis padres no están, y el silencio en casa se convierte en un lujo que agradezco. Me gusta estar solo, perderme en mis pensamientos sin que nadie los interrumpa.
Pero hoy esos pensamientos tienen un nombre: Leia. Hemos quedado a las cinco para hacer el trabajo de clase, y aunque sé que es una tontería, no puedo evitar sentir un nudo en el estómago. No es el trabajo, es la situación: estar con ella en su casa, los dos solos, y no saber de qué hablar. Me aterra la idea de los silencios incómodos, de mirar al techo mientras ella mira por la ventana, de que la tarde se convierta en un eterno minuto de incomodidad.
El ruido de la llave en la puerta me devuelve a la realidad. Mis padres han vuelto de la compra. Mi madre entra cargada con bolsas, mi padre parece arrastrar los pies. Mi hermano Rafa viene orgulloso con una camiseta nueva, mientras mi madre se queja de que en el centro comercial no encontró unos zapatos que le gustaban.
-Dios mío, tres horas para no comprar nada -masculla mi padre, dejando las llaves en la mesa con un golpe seco.
-Tres horas y media, Manuel -lo corrige mi madre con sequedad-. Y no es mi culpa que en ese centro no tengan nada decente.
El ambiente ya se siente tenso, como siempre. La comida es un acto de rutina más que de familia. Todos sentados alrededor de la mesa, pero cada uno en su propio mundo.
-Bueno -digo para romper el hielo, aunque el corazón me late más rápido-. Esta tarde he quedado con la compañera que os comenté, la del trabajo de historia.
Mi hermano suelta una risita burlona.
-Uy, uy, el pequeñín tiene cita.
Rafa se ríe, pero no es una risa malintencionada, solo la torpeza de un chico de doce años que cree que está siendo gracioso. Aun así, me irrita.
-Déjalo, Rafa -mi padre intercede con un tono cansado-. No le des la lata.
-Gracias, papá -digo, lanzando a mi hermano una mirada que pretende ser severa, pero que termina en una sonrisa forzada-. Odio las bromas de novios, de verdad.
-Venga, hermanito, no te enfades -dice Rafa, alzando las manos en señal de paz-. Solo bromeaba.
-Bueno, hijo -mi madre me mira con el ceño fruncido-, ya que vas a casa de una señorita, compórtate. Que no digan que no te hemos educado bien.
Educarme bien es oír gritos cada día, pienso. Pero mantengo la boca cerrada y solo asiento.
-Claro, mamá.
La comida termina sin más incidentes. Me encierro en mi habitación, la misma de siempre, con sus cuatro paredes que ya conozco de memoria. Me tumbo en la cama y miro el techo, dándole vueltas a la tarde que me espera.
Suena el teléfono. Gael.
-¡Chaval! ¿Al final triunfas antes que yo? -dice, y puedo imaginarlo sonriendo al otro lado.
-Eres un idiota, Gael -respondo, pero sin verdadera rabia-. Te he dicho mil veces que odio esas bromas.
-Ya, ya, no te piques. Era por joder. Hablando en serio, ¿qué tal? ¿Nervioso?
-No sé... más que nervioso, inquieto. Me da cosa que no tengamos nada que decirnos y que la tarde sea un suplicio.
-Oye, en clase la vi hablar contigo y parecía maja. Seguro que sale bien.
-Eso espero.
-Lo importante -prosigue- es que en cuanto salgas, me llamas y me cuentas todo. ¿Vale?
-Tranquilo, si no llamo yo, ya me llamarás tú -digo riendo.
-Eso seguro -responde, y cuelga.
Llega la hora. Me pongo una chaqueta y salgo. La dirección de Leia la tengo grabada en la memoria, y camino despacio, sintiendo cada paso.
Cuando llego, me detengo frente a la puerta. Noto un temblor en la mano al estirar el brazo hacia el timbre. Suena, y el mundo se detiene.
La puerta se abre y allí está ella. Siempre la había visto con el uniforme del instituto, pero hoy lleva unos vaqueros holgados, una sudadera gris y el pelo suelto. Sonríe, y esa sonrisa me relaja un poco.
-Hola -dice.
-Hola -respondo, y mi voz suena más pequeña de lo que me gustaría.
-Pasa, vamos a mi habitación.
Cruzo el umbral. El salón es acogedor, con luz natural entrando por un ventanal. Allí están sus padres, sentados en el sofá. Se levantan al verme y sonríen. Una sonrisa que no parece forzada, sino genuina.
-¡Hola! Tú debes ser el compañero de trabajo -dice su padre, tendiéndome la mano.
-Sí, señor. Mucho gusto, me llamo Aiden -respondo, y mi timidez se nota.
-Encantado, Aiden. Siéntete como en casa. Y si necesitáis algo de beber o picar, no dudéis en pedirlo -agrega su madre, con una voz tan cálida que me desarma.
Por un instante, me paralizo. No estoy acostumbrado a esto. En mi casa, los saludos son secos o inexistentes. Aquí no hay gritos, no hay tensiones flotando en el aire. Solo tranquilidad.
-¿Subimos? -propone Leia.
-Claro -digo.
Su habitación es distinta a lo que imaginaba. No hay carteles de grupos de chicas ni paredes rosas. Tiene un estilo sencillo, con un espejo de marco blanco, un armario enorme que ocupa casi toda la pared y un escritorio ordenado. En las paredes, fotografías familiares en marcos de madera. Me doy cuenta de que de sus gustos no puedo deducir nada, y eso me genera curiosidad.
-Bonita habitación -digo, solo para llenar el silencio-. No me la imaginaba así.
-¿Y cómo te la imaginabas? -pregunta, con una sonrisa pícara.
-No sé... con paredes rosas, sábanas de Hello Kitty, algún póster de las Spice Girls...
Suelta una carcajada sincera.
-Oye, que tengo dieciséis años, no diez. Y además, nunca me ha gustado ese rollo.
Nos sentamos. Ella ha preparado una silla extra junto a su escritorio. Abrimos los portátiles, empezamos a buscar información... pero nuestra atención se desvía constantemente.
-¿Haces algún deporte? -me pregunta.
-La verdad, no. Pero algún día me gustaría apuntarme al gimnasio. ¿Y tú?
-Hacía gimnasia rítmica. Lo dejé porque dejó de gustarme... no sé, no le veía futuro.
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Editado: 01.08.2026