El martes amaneció con una luz distinta, como si el sol supiera que algo especial estaba por ocurrir. Ayer había sentido que mi amistad con Leia daba un paso adelante, y hoy... hoy todo parecía confirmarlo.
Salí pitando de casa como cada mañana, y me encontré con Gael en el camino. La rutina se repetía: las mismas calles, los mismos pasos apresurados. Pero algo en el aire era diferente. No sabría decir exactamente cuándo comenzó a pasarme, pero antes de cruzar la puerta del instituto, una sensación de nervios recorría mi cuerpo. Un cosquilleo que solo aparecía allí, en ese lugar donde ella estaba.
Apenas puse un pie en el aula, sin haber dejado todavía la mochila, mi mirada ya la buscaba. Una costumbre que estaba empezando a adquirir sin darme cuenta.
Gael, Oliver y yo fuimos los primeros en llegar. Mis prisas inconscientes nos habían adelantado al resto. Nos sentamos y la charla fluyó entre risas y quejas:
-Bueno, chicos, ¿qué tal vais con el trabajo? -preguntó Oliver, con ese tono suyo de líder responsable.
-Yo estoy perdido, Oliver. Eres demasiado exigente conmigo -se quejó Gael, apoyando la cabeza en la mesa con dramatismo.
-No soy exigente -respondió Oliver sin inmutarse-. Solo quiero que tengamos buena nota, y no pienso hacerte yo todo el trabajo. Tendrás que poner de tu parte.
Gael giró la cabeza hacia mí, una sonrisa pícara asomando en sus labios:
-Bueno, ligón, ¿tú cómo vas?
-Menos mal que habías prometido no hacerme más bromas de ese tipo -dije, intentando sonar enfadado.
-Chaval, no sé dónde has visto que yo haya dicho eso -contestó, divertido.
-Tío, lo dijiste por teléfono -insistí, aunque sabía que era inútil.
-Sin pruebas no hay delito, lo siento -dijo riendo.
Oliver intervino antes de que la cosa fuera a más:
-Bueno, tonterías aparte, ¿el trabajo?
-Ayer avancé por mi cuenta -expliqué, sintiendo cómo una sonrisa se asomaba a mis labios-. Ella me escribió por WhatsApp por la noche y me mandó una base bastante buena.
Gael alzó una ceja, malicioso:
-Uh, ¿y luego te dijo "buenas noches, mi amor"?
-Ya está bien, Gael -lo cortó Oliver al verme tensar la mandíbula.
Poco a poco, el aula se fue llenando. Entraron Aster, Luna y otros compañeros. Luego aparecieron Leia y Chloe, las dos solas porque Alana llegaba tarde. Nada más cruzar la puerta, Leia me buscó con la mirada. Cuando me encontró, sonrió. Y yo, sin poder evitarlo, le devolví la sonrisa. Fue automático, como si mi rostro ya supiera lo que mi corazón sentía.
Cada uno ocupó su sitio. Las dos primeras horas las pasé con Gael y Oliver, pero mi cabeza estaba en otra parte. En matemáticas tuve que esforzarme por prestar atención; el tema se complicaba y el profesor no perdonaba las distracciones.
Por fin, después de dos clases que se me hicieron eternas, llegó el momento que había estado esperando: la hora de historia, la clase del trabajo en grupo. Esta vez tenía auténticas ganas de sentarme a su lado, aunque sabía que no podríamos dedicarnos a charlar. Había que ponerse a trabajar.
-Hola, Leia, ¿cómo estás? -la miré con una sonrisa que intentaba ser natural, pero que seguro delataba mis nervios.
-Bien, Aiden, ¿y tú? -me devolvió la sonrisa, sus ojos brillando con sinceridad.
-Bien. Bueno, ahora toca ponerse a trabajar.
-Tienes razón -asintió, y ya estábamos inmersos en el proyecto-. Con lo que te mandé ayer y lo que tú hayas hecho, podemos seguir avanzando.
-Claro. Lo único que no sabía es que en esta época se tenían tan en cuenta las fechas -dije, y solté una risa nerviosa.
Ella rió también, contagiada:
-Yo estoy bastante perdida también.
-Pues imagínate al profesor el día que terminemos -añadí, ganando confianza-. Tiene que corregir doce trabajos diferentes, con épocas distintas... se va a volver loco.
-No lo había pensado, pero tienes razón -dijo, y su risa sonó como música.
Trabajamos codo con codo, y me sorprendió lo fácil que resultaba. Nos complementábamos bien, como si hubiéramos estado haciendo esto siempre. Sin interrupciones, el tiempo volaba.
El profesor pasó por nuestra mesa y se detuvo a mirar nuestros apuntes. Asintió con aprobación:
-Bueno, chicos, aquí sí que veo más avance. Seguid así, hacéis buen equipo.
Buen equipo. Esas palabras resonaron en mi pecho con más fuerza de la que deberían. Miré hacia un lado, donde ella no pudiera verme, y dejé escapar una pequeña sonrisa a escondidas.
-¿Has visto, Aiden? -dijo Leia, y en su voz había orgullo.
-¿El qué?
-El profesor ha dicho que hacemos buen equipo -sonrió, y sus ojos se encontraron con los míos.
-Bueno, parece que cuando nos ponemos manos a la obra funcionamos bien -respondí, y en ese momento, compartimos una mirada cómplice.
El timbre del recreo nos devolvió a la realidad. Gael, Oliver y yo nos fuimos a nuestro rincón habitual, el banco junto a la fuente que ya era como nuestro territorio.
-Bueno, Aiden -dijo Oliver, con su tono de análisis-, veo que el profesor ha dicho que estáis haciendo muy buen trabajo.
-No como yo contigo -se quejó Gael-, que me tienes explotado.
-No te exploto -respondió Oliver con paciencia-. Tienes que trabajar. Ya te dije que no te voy a regalar el trabajo.
-¿Y qué te costaría que nos echáramos unas risas y hiciéramos más ameno el trabajo? -insistió Gael.
-Para reírnos está el recreo.
-Ya, pero me tienes tan harto que ni en el recreo te quiero ver.
-Veo que vuestra amistad se fortalece por momentos -dije, riendo.
Y era cierto: en ese momento todo parecía ir bien. Mis amigos estaban en su eterna guerra de cariño, y con Leia todo marchaba sobre ruedas. Me sentía... feliz.
Fue entonces cuando vi al grupo de Leia pasar. Pero Alana y Chloe iban solas. Leia no estaba.
-Oye, ¿ese no es el grupo de Leia? -preguntó Oliver.
-Sí -respondí, y mi tono debió sonar más serio de lo que quería.
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Editado: 01.08.2026