Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 7

Llegó el sábado. Después de una noche en la que apenas pegué ojo, el despertador sonó y mi sensación interna era única: hoy es el día que he quedado con Leia. Tenía que acabar ese trabajo rápido para poder dar la vuelta que tanto deseaba.

Me levanté y cogí mi ropa. Me cambié tres veces de camiseta. Parecía que la ropa que había elegido ayer no era la correcta. Seguí preguntándome en qué momento me había vuelto tan preocupado por mi aspecto.

Cuando por fin terminé de vestirme, sonó el teléfono. Era Gael.

-¿Qué pasa, chaval? ¿Nervioso? -preguntó con su tono de siempre.

-¿Por qué iba a estar nervioso? -respondí, intentando sonar despreocupado.

-Hombre, has quedado con tu amada. Unos tanto y otros tan poco... En fin, qué envidia me das -dijo, refiriéndose a que él no había conseguido nada con Chloe.

-Qué pesado eres. Además, si tantas ganas tienes de hablar con Chloe, háblala y listo, pero sin quedarte tieso -dije riendo.

-Tío, dame un empujoncito. Como Leia es su amiga, intenta que Chloe hable conmigo -dijo Gael-. Pero como se te escape decir que me gusta, te mato -añadió en tono asesino.

Si supiera que ya se me escapó, pensé para mis adentros.

-Bueno, ya veré qué hago, Gael. Ahora tengo que dejarte, que al final voy a hacer tarde y aún no he desayunado.

Me despedí y fui al baño a peinarme. Con el pelo un poco largo, tenía que hacerme algún peinado tipo tupé. Después de tardar quince minutos largos en el baño, bajé las escaleras. Mi hermano tenía una sonrisa pícara y mi madre me miraba con sorpresa.

-Oye, Aiden, ¿dónde vas tan arreglado? ¿Te vas de boda o qué? -preguntó mi madre extrañada.

-Mamá, es solo un trabajo -dije, fingiendo desgana.

-Ya, claro, un trabajo. Alguien que va a hacer un trabajo no tarda quince minutos peinándose en el baño -dijo riéndose.

-¿Hermano, tienes una cita? -preguntó mi hermano con su inocencia característica.

-Yo creo que los tiros van más por ahí -intervino mi padre riéndose.

-Vaya desayuno me estáis dando. ¿Qué pasa? Es sábado y he pensado vestirme algo mejor. Solo llevo unos vaqueros y una camiseta, nada más. Lo único distinto es que hoy me he preocupado más por el pelo -dije, harto de comentarios.

-Di que sí, hijo, que vas muy guapete. Ven aquí, anda.

-¿Para?

-Vente, anda, una sorpresilla.

Me acerqué y me dio diez euros, algo extraño porque nunca les había pedido dinero para salir.

-¿Para qué quiero yo esto? -pregunté.

-Hombre, si la chica quiere un heladito, tendrás que invitarla, ¿no? Quedarás como un caballero.

-¿Qué dices? Aquí cada uno se paga lo suyo -dije.

-Sí, claro, eso dices ahora, pero verás que si dice que quiere un helado, se lo comprarás tan contento. Anda, quédatelo y compórtate como el caballero que tienes que ser -dijo en tono cómplice.

-Eso, hijo, tienes que quedar bien -añadió mi madre.

Bueno, después de ver a mis padres de acuerdo en algo, oficialmente ya lo he visto todo. Desayuné, subí a mi habitación a por la mochila y, por tercera vez, comprobé que tenía el ordenador dentro.

Por fin salí de mi casa camino a la de Leia. Estaba nervioso, deseando ver qué me deparaba el día.

Llegué a su puerta. Respiré hondo antes de llamar al timbre. Pasaron pocos segundos y me recibió ella. Llevaba unos vaqueros claros y un jersey fino de color crema que le sentaba perfectamente. El pelo le caía sobre los hombros, suave y brillante. No sabía qué esperaba encontrar al otro lado de la puerta, pero seguro que no estaba preparado para verla tan guapa. Su sonrisa iluminó todo el recibidor.

-Hola, Aiden, ¿qué tal? -dijo con esa voz que ya empezaba a resultarme familiar y adictiva.

-Hola, Leia -no pude evitar sonreír, sintiendo cómo mi pecho se calentaba.

El saludo se sintió diferente. La había visto ayer en clase, pero hoy todo era distinto, como si el aire entre nosotros vibrara con una energía nueva.

-Bueno, Aiden, a ver si acabamos rápido el trabajo, que aquí hay alguien que me debe una vuelta -dijo guiñándome un ojo y riéndose.

-Claro, además es la parte que más me apetece del día -dije, sintiéndome más atrevido de lo habitual.

-La verdad es que a mí también -respondió, con un tono tímido que hizo que mi corazón diera un vuelco.

-Venga, entra, no te quedes ahí.

Entré y sus padres me recibieron con la misma amabilidad de siempre.

-Otra vez por aquí, Aiden -dijo su padre en tono gracioso.

-Sí... este trabajo hay que acabarlo como sea -respondí, siguiéndole el juego.

-Sí... el trabajo -dijo la madre riéndose, intercambiando una mirada cómplice con su marido.

Subimos a su habitación. La vez anterior estuve allí fue algo más incómodo, pero hoy lo vi como un lugar familiar, donde la otra vez me sentí muy a gusto. Su perfume quedó flotando en el aire cuando pasó a mi lado para cerrar la puerta.

-Venga, Aiden, vamos a rematar esto, y luego toca la mejor parte -dijo riéndose con picardía.

-¿A qué te refieres? -pregunté.

-Hay que practicar la presentación -dijo con una risa malévola que me hizo reír.

-Ahí sí que va a haber un drama -dije, riéndome con ganas.

Después de terminar todo lo que quedaba del trabajo, empezamos a practicar la presentación. Empezó ella, y los errores no se perdonaban.

-Bueno, ahora voy a hablar de los visigodos. En el 1897... -comenzó.

-Leia, en ese año ya no quedaban visigodos ni para un bocadillo -dije riéndome.

-Es verdad -se rió, sonrojándose-. Me he confundido al intentar leer a escondidas.

-¿Pero cómo que leer a escondidas? Te lo tendrás que aprender -dije, divertido.

-Venga, listo, hazlo tú -dijo, desafiándome con la mirada.

-Vale, verás qué bien lo hago -dije con falsa valentía.

Siempre había sido muy tímido al presentar, pero con ella y en su casa, se me hizo fácil, divertido, casi natural. Sus risas eran mi combustible.




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