Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 8

El domingo me levanté con una sonrisa antes de que el sol terminara de asomarse. Leia me había regalado un día maravilloso, de esos que se quedan grabados en la memoria como una fotografía que no quieres que se desvanezca. Cogí el teléfono y vi aquel mensaje que me escribió anoche:

"Gracias por lo de hoy..."

Sentí que el pecho se me expandía al leerlo. No pude evitar revivir cada instante: la forma en que se colocaba el pelo mientras el viento corría, sus dedos enredándose en los mechones como si acariciara el aire. La luz del atardecer dibujando sombras en su rostro. Fue un día perfecto, pensé. Ojalá poder repetirlo pronto. Quiero volver a verla.

Seguí pensando en el momento en el que me compartió su helado. Ese gesto tan pequeño, tan cotidiano, hizo que mi corazón sintiese un impulso extraño, como si algo intentara abrirse paso desde dentro. Dios, ¿por qué no puedo dejar de pensar en ella?

Después recordé la pregunta que le hice, casi sin pensar, mientras el sol se ponía:

-¿Qué se siente al enamorarse?

Me respondió algo que empezaba a resultarme familiar. Demasiado familiar. No podía parar de pensar en ella, en su risa, en la forma en que inclinaba la cabeza cuando hablaba. Y sí... ¿y si era eso? ¿Y si estaba sintiendo lo mismo que ella describió?

Rafa entró sin llamar, como siempre, y me encontró mirando al techo con una sonrisa de idiota. Su sombra recortada en la puerta me devolvió a la realidad.

-Hola Romeo -dijo, y me tiró la almohada con esa malicia suya de doce años.

-Rafa, déjate de bromas. Bastante tengo con Gael, que por cierto no me ha llamado. Eso sí que es raro -respondí, intentando disimular.

-¿Y tú qué haces sonriendo tanto? -preguntó, arqueando una ceja.

-No es nada -dije sin borrar la sonrisa.

-Venga ya, mientes fatal.

Cómo podía expresarse así un niño de doce años, si yo con su edad solo decía tonterías. Me preguntaba si él también guardaba secretos que le pesaban en el pecho.

-Venga, fuera de mi habitación que no quiero chistes.

-No me pienso ir hasta que me cuentes cómo fue la cita -dijo, con esa voz graciosa que usaba cuando sabía que había tocado fibra.

-¿Pero qué cita? Si solo era un trabajo -mentí, sintiendo el calor en las mejillas.

-¿Y por qué sigues sonriendo? Venga, hermanito, cuéntame qué pasó.

Mi hermano, a pesar de su edad, tenía esa capacidad de escuchar sin juzgar. Podía contarle cualquier cosa y sabía que no la soltaría. Y como Gael no me había llamado, necesitaba sacarlo todo.

-A ver, Rafa, te lo voy a contar, pero dos normas: no se lo cuentes a nadie y ni una broma -dije, poniéndome serio.

-Vale, hermanito, tú cuenta -dijo, con los ojos brillantes de interés.

-Ah, y cierra la puerta -añadí, asegurándome de que nadie pudiera oírnos.

Hice una pausa. Respiré hondo.

-Verás... hicimos el trabajo y al acabar fuimos a comprar un helado. Nos sentamos en un banco con vistas al atardecer. Nos reímos, hablamos de nosotros, de nuestras cosas, y lo pasamos muy bien. Lo que pasa es que empecé a sentir cosas, Rafa. Cada vez que la miraba, me llamaba más la atención. Por algún motivo que no entiendo, no puedo parar de pensar en ella. La tengo metida en la cabeza. Solo puedo verla a ella, sentada en el banco con su jersey, moviendo el pelo mientras el viento jugaba con él.

De repente se hizo el silencio.

-¡JA, JA, JA! ¡Hermano, eres un empalagoso! -se rió a carcajadas, tirándose hacia atrás en la cama.

-Ay, de verdad, no sé para qué te cuento nada si te pones así. ¿Por qué te ríes? -dije, fingiendo enfado.

-Aiden, si me río es porque no sabía que eras tan empalagoso. ¡Está claro que te gusta! ¡Pídele salir!

-¿Pero qué dices, fiera? ¿Cómo la voy a pedir salir?

-Para que sea tu novia, ¿no? -preguntó con esa inocencia que a veces me desarmaba.

-La idea la entiendo, Rafa, pero no sé si quiero tener pareja. Aunque claro, Gael, siendo como es, si le digo que ni siquiera la besé, se reirá de mí hasta el día de mi muerte.

-Bueno, Aiden, es que no todo lo que hagas debe saberlo Gael -dijo, con una sabiduría que no esperaba de alguien tan pequeño.

Pasamos un buen rato hablando. Esta semana no le había prestado demasiada atención, y me arrepentí. Conversaciones como esta me recordaban lo afortunado que era de tenerlo.

Después bajamos a desayunar. Todo parecía normal hasta que empezaron los gritos. Mi padre abrió una carta y su cara se endureció.

-Otra factura -dijo, con la voz tensa.

-No empieces otra vez -respondió mi madre, con ese tono cansado que ya conocía demasiado bien.

-Ya, es que tú eres demasiado despreocupada -dijo él, alzando la voz.

-¿Y qué culpa tengo yo de que tengamos muchos gastos?

-No sé, ¿a quién se le ocurrió comprar una casa tan grande y tan cara? Verás cuando llegue el invierno y haya que poner la calefacción...

Empezaron a discutir muy fuerte. Rafa no abrió la boca. Estaba demasiado acostumbrado a una discusión diaria, así que ni se inmutó. Pero yo vi cómo sus dedos se aferraban al borde de la mesa.

La verdad es que yo tampoco estaba sorprendido. Desde hacía tiempo, mis padres no se querían, pero divorciarse nunca había sido una opción para ellos. No querían que nosotros estuviésemos dando tumbos de una casa a otra cada semana. Entendía su postura, pero la convivencia con ellos se había vuelto insoportable.

De pequeño pensaba que todos los padres discutían. Luego descubrí que no era así. Sobre todo me di cuenta cuando visité la casa de Leia. Sus padres parecían llevarse bien, no discutían, no hubo ni un grito durante la comida a la que me invitaron. Y algo tan normal como eso a mí me resultó extraño. Casi irreal.

Lo peor no eran los gritos. Lo peor era acostumbrarse a ellos.

Terminamos de desayunar Rafa y yo. Durante todo el desayuno continuaron discutiendo, así que subimos a su habitación. Nos sentamos en el suelo, apoyados contra la cama.




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