Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 9

Llegué al instituto con el alma en blanco y los ojos clavados en alguna parte que no era el presente. La noche anterior había sido un campo de batalla. Mis padres, en su infinita sabiduría, decidieron que la mejor manera de que sus hijos descansaran era mantener una discusión a gritos hasta las cuatro de la madrugada. Como si el amor se pudiera resolver con palabras que hieren.

Rafa tampoco durmió. Él, más pequeño y más frágil, encontró la salida fácil: no ir. Yo no podía hacer eso. No cuando hoy era el día de la presentación. No cuando Leia me esperaba.

A Gael ya le había contado todo al llegar, con medias palabras y gestos cansados. Oliver no necesitaba saber; con él no tengo la misma confianza. Pero él tampoco pregunta si ve que no quiero hablar. Hay un pacto tácito entre nosotros, un respeto que agradezco.

Llegamos temprano a clase, como siempre. Pero yo no estaba allí. Mi cuerpo ocupaba la silla, sí, pero mi mente seguía en esa casa, escuchando cómo el amor se deshacía entre golpes de voz.

-Venga, chaval, alegra esa cara que en poco llega tu amada -dijo Gael, con esa sonrisa suya que intenta encender luces donde solo hay sombras.

Normalmente, sus bromas me sacan una sonrisa. Hoy no.

-Gael, no he pegado ojo. Déjame un poco -respondí, y mi voz sonó a derrota, no a enfado.

-Bueno, se ve que te va bien con Leia -intervino Oliver, curioso-, pero ahora que habéis acabado el trabajo, ¿vais a seguir hablando o todo se queda en lo académico?

-En principio... creo que vamos a quedar en alguna otra ocasión. Nos hemos hecho buenos amigos.

Gael y Oliver intercambiaron una mirada que no supe descifrar.

-No puede ser -dijo Gael, con ese tono que usaba cuando iba a soltar una de las suyas-. Oliver, ¿cómo era?

-¿De qué habláis? -pregunté, sintiendo que algo se me escapaba.

-Tik, tak, tik, tak -coreó Oliver, marcando el ritmo con el dedo.

-No os entiendo.

-Muy sencillo, Aiden -dijo Oliver, apoyando los codos en la mesa-. Estás al borde de enamorarte.

-¿Y por qué lo dices? -pregunté, aunque algo en mi interior ya lo sabía.

-Esa historia de "nos hemos hecho buenos amigos" siempre termina igual -dijo Oliver, con la sabiduría de quien ha visto demasiadas películas-. Créeme.

-Sí, sí -añadió Gael riéndose-, tú estás al borde de estar perdidamente enamorado.

-No sé qué ha cambiado de la semana pasada a esta...

-Pues que habéis quedado -dijo Gael, como si fuera la evidencia más clara del mundo.

-¿Qué? -Oliver se giró sorprendido.

-Gael, ¿puedes bajar la voz? La gente está llegando. -Me incliné hacia ellos-. Sí, Oliver, el sábado quedamos y nos lo pasamos muy bien.

-¿Muy bien? -Gael bajó el tono, pero no la intención-. Seguro que os disteis besitos y te lo estás callando.

-Te prometo que no.

Y entonces entró ella.

Siempre la misma chaqueta, la misma falda, el mismo uniforme. Pero hoy, no sé por qué, la vi diferente. Quizás era la luz de la mañana filtrándose por la ventana, o quizás era que mi corazón había decidido despertar justo en ese momento.

Sonrió en cuanto me vio, y su sonrisa fue como un salvavidas en medio del océano donde estaba ahogándome. Se acercó directa a nosotros, sola como siempre, adelantándose al resto.

-Hola, Aiden -me dijo, y su voz era un susurro que solo yo podía escuchar.

-Hola, Leia -respondí, y fue la única palabra que logró sacarme una sonrisa genuina en todo el día.

-¿Qué tal, chicos? -saludó al grupo.

-Hola, Leia. Oye, habla con Chloe -dijo Gael, y su tono cambió de repente-, que tengo que conquistarla.

Leia soltó una risa ligera.

-Bueno, acércate a hablar con ella, seguro que lo consigues. Últimamente está muy receptiva.

Nuestras miradas se encontraron, y en sus ojos vi una complicidad que no necesitaba palabras. Ella me guiñó un ojo, como diciendo "déjame jugar un poco con él".

-¿No me digas? -Gael se enderezó en su asiento-. Entonces hoy es mi momento.

-Gael, creo que te está tomando el pelo -dijo Oliver, pero Gael ya estaba en otra galaxia.

-Tendrás que comprobarlo -respondió Leia, entre risas-. Quizás es en serio.

Y entonces entró Chloe. Y Gael se iluminó como un niño en Navidad.

-Voy a decirle algo -susurró, con los ojos brillantes.

-Pues venga, maestro -lo animé-. Échale valor.

Se levantó, y gracias al empujón de Leia, fue directo a hablar con ella. Pero su valor se desmoronó en cuanto abrió la boca.

-Hola, Chloe... ¿cómo estás hoy? -dijo, y su voz temblaba como una hoja en otoño.

-Hola, Gael, estoy bien -respondió ella, con una frialdad que heló el ambiente-. ¿Querías algo?

Oliver y yo nos miramos, boquiabiertos. Leia, en cambio, miraba la escena como quien ve una película romántica, con los ojos brillantes.

-Sí, quería decirte... si querrías quedar conmigo algún día.

-Creo que no eres mi tipo -dijo Chloe, y la frase cayó como una losa-. Lo siento.

Gael puso una cara que me dolió hasta a mí. Y yo, que había llegado con el corazón roto por mis padres, sentí que se me partía otro pedazo al ver a mi amigo derrumbarse.

-Ok, Chloe -dijo, tragando saliva-, perdona si te he molestado.

Se volvió hacia nosotros, y sus ojos decían todo lo que su boca no podía.

-Ay, Gael -dijo Leia, preocupada-, lo siento, pensé que sería más agradable contigo.

-Tranquila, Leia -respondió él, forzando una sonrisa-, es lo que hay. No es tu culpa. Gracias por ayudarme a tener el valor de intentarlo, al menos.

La clase empezó, y Gael se sumió en un silencio que solo conocen los corazones rotos. Yo, por mi parte, seguía arrastrando el peso de la noche anterior. Y entre los dos, hacíamos un cuadro de melancolía que ni el mejor pintor podría haber capturado.

Las dos primeras horas se hicieron eternas. Y entonces llegó el momento de la presentación.

-Bueno, Aiden, ¿preparado? -preguntó Leia, con esa dulzura que siempre acompañaba sus palabras.




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