La mañana del Martes volvió a ser igual que la del Lunes. Lo que antes eran discusiones esporádicas ahora se había vuelto costumbre, un ritual doloroso que se repetía con una frecuencia que me helaba la sangre. Mi hermano pequeño, con doce años a cuestas y ojeras que delataban noches en vela, me rompía por dentro, pero esta vez tenía que ir a clase así que intenté convencerle.
-Rafa, tienes que ir -dije, aunque sabía que mis palabras sonaban vacías-. No puedes faltar dos días seguidos.
-Hermanito, tengo muy mala cara -susurró, y su voz era tan frágil como un cristal a punto de romperse-. Me da vergüenza.
Sentí un nudo en el pecho. Ese chico, que debería estar preocupado por videojuegos y partidos de fútbol, cargaba con el peso de un hogar que se desmoronaba.
-Pues me acompañas entonces -dije, adoptando un tono protector que no sentía del todo-. Hoy vamos juntos.
-No, hermanito, no hace falta -respondió, y por primera vez en toda la mañana esbozó una sonrisa, pequeña pero genuina-. Iré, pero solo porque me lo has pedido tú.
Salí de casa con el corazón encogido, sintiendo cómo el frío de la mañana se mezclaba con el vacío que llevaba dentro. En el camino al instituto me encontré con Gael, mi mejor amigo, ese que siempre sabía cómo sacarme de mis pensamientos más oscuros. Le puse al tanto de la situación, y aunque intenté mantener la compostura, mi voz tembló al describir el infierno que se vivía en mi hogar.
-Pobre Rafa, no se lo merece -dijo Gael, negando con la cabeza.
-Claro que no, tío -respondí, sintiendo cómo la frustración me oprimía el pecho-. Pero es que ya no sé qué hacer. No puedo más.
Gael guardó silencio unos segundos, y luego sus ojos brillaron con una idea.
-A mí se me ocurre algo -dijo.
-¿El qué? -pregunté, levantando la mirada.
-Refúgiate en Leia. Se nota que sabe alegrarte.
Su nombre resonó en mi interior como una melodía familiar. Leia. Esa chica que había aparecido en mi vida como un rayo de luz en medio de la tormenta. Tenía razón, ella siempre conseguía sacarme una sonrisa, pero el recuerdo de la promesa que le había hecho el día anterior me pesaba como una losa.
-Tienes razón, ella sabe sacarme una sonrisa -admití, con la voz quebrada-. Pero le hice una promesa ayer y no sé si podré cumplirla.
-¿Qué promesa? -preguntó Gael, arqueando una ceja.
-Le prometí que hoy estaría bien -confesé, sintiendo la vergüenza quemarme las mejillas-. Pensaba que mis padres no discutirían, pero no ha sido así.
Gael me agarró por los hombros, mirándome fijamente con esa seriedad que solo él sabía adoptar cuando la situación lo requería.
-Escúchame, chaval. Si se promete algo a una chica, se cumple. Así que ya le puedes sacar una sonrisita nada más entrar, ¿entendido?
Asentí, sintiendo cómo su confianza en mí me daba fuerzas, aunque por dentro el mar de dudas seguía agitándose.
Llegó Oliver y cambiamos de tema, aunque no por mucho tiempo. La conversación derivó naturalmente hacia Chloe y su actitud cortante con Gael, y no pude evitar notar cómo mi amigo intentaba disimular el dolor que aún sentía.
-¿Vas a volver a intentar algo con Chloe? -pregunté.
-Qué va, chaval -respondió, sacudiendo la cabeza-. Eso está superado. Esa chica no me merece. Fue poco educada conmigo.
-Pero si te pidió perdón -intervino Oliver.
-Obligada, chaval -dijo Gael, con una sonrisa irónica-. ¿Es que no te diste cuenta?
-Sí, pero era para animarte -dijo Oliver, riéndose-. Es gracioso verte hablar con Chloe, te pones súper raro.
-Vaya amigo, animándome a hacer el ridículo -respondió Gael, aunque en sus ojos se notaba un destello de diversión-. Si me quiere hablar, que me hable. Yo no voy a acercarme más a ella.
Llegamos al instituto y, mientras mis amigos se dispersaban, yo solo podía pensar en Leia. Deseaba verla con una intensidad que me sorprendía a mí mismo. Quería cumplir mi promesa, sacarle esa sonrisa que tanto significaba para mí, aunque por dentro sintiera que mi propia sonrisa era un espejismo.
Apareció antes incluso que el día anterior, y su mera presencia hizo que el peso en mi pecho se aligerara ligeramente.
-Hola, Leia -dije, forzando una sonrisa que esperaba pareciera genuina.
-Hola, Aiden -respondió, y su sonrisa, al verme, pareció iluminar todo el pasillo-. Me alegro de verte sonreír.
-Ahora sí que vuelves a parecer tú -dijo Oliver, palmeándome la espalda.
Leia se volvió hacia Gael, y su voz se tiñó de preocupación.
-¿Qué tal te encuentras, Gael?
-Bien, Leia -respondió él-. Y no te preocupes por lo de ayer. No fue culpa tuya, aunque sé que tuviste algo que ver en que se disculpase.
-¿Yo? -dijo Leia, parpadeando con inocencia-. Yo no le dije nada. Supongo que se arrepentiría de haber sido borde.
Pero yo conocía bien a Leia, y supe que ella había sido la artífice de aquella disculpa. Era su manera de cuidar de los demás, de tejer lazos invisibles para reparar el daño.
Cuando Chloe entró en clase, vi cómo el rostro de Gael se iluminaba de nuevo, y no pude evitar sonreír ante su contradicción.
-Ay, es que es tan guapa -susurró, olvidando todas sus promesas anteriores-. Quizá se merece otra oportunidad.
-¿En serio, Gael? -dije, riéndome-. Llevas toda la mañana diciendo que no vas a hablarle, y entra por la puerta y ya estás así.
Leia me miró entonces, y en sus ojos noté algo que me heló la sangre. Había percibido que mi sonrisa no era auténtica, que estaba fingiendo. No dijo nada, pero su mirada era un espejo en el que se reflejaba toda mi fragilidad.
Durante las clases, la sentí a mi lado, su presencia constante como un ancla en medio de la tormenta. Notaba cómo sus ojos se posaban en mí una y otra vez, como si intentara descifrar un enigma que yo no estaba dispuesto a revelar. Me conocía mejor de lo que yo mismo me conocía, a pesar del poco tiempo que llevábamos conociéndonos.
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Editado: 01.08.2026