Desperté al día siguiente con una sensación extraña en el pecho, como si un pájaro hubiera anidado en mis costillas y cantara una canción que solo yo podía escuchar. El mundo se veía diferente, los colores más vivos, la luz de la mañana más cálida. Y todo porque la noche anterior, entre el temblor de mis manos y el latido atronador de mi corazón, había besado a Leia. Y ella, contra todo pronóstico, me había devuelto el beso con una dulzura que aún resonaba en mis labios.
Mientras bajaba las escaleras hacia el desayuno, mis dedos se movían por inercia, rozando mi boca como si pudiera conservar el eco de aquel instante. Una sonrisa tonta se instaló en mi rostro y no había manera de deshacerme de ella.
Por primera vez en dos días, había dormido de un tirón. Sin pesadillas, sin sobresaltos. Mis padres, al menos por esa noche, habían depuesto las armas. El silencio en el desayuno era tenso, sí, pero al menos no había gritos. Y eso significaba que mi hermano pequeño podría estar tranquilo, al menos por unas horas. Pero yo estaba demasiado lejos, flotando en una nube de felicidad, como para que ese ambiente helado me alcanzara.
Rafa, con sus ojos de niño curioso, me observó desde el otro lado de la mesa mientras yo removía mi leche sin beberla, perdido en mis pensamientos.
-Hermanito, ¿qué te pasa? -preguntó, arrugando la nariz con incredulidad-. Tienes una cara... rara.
-Nada -respondí, y mi sonrisa se volvió aún más amplia, casi tonta-. Estoy tranquilo, solo eso.
-Sí, seguro -dijo él, cruzando los brazos con una sabiduría que no le correspondía a su edad.
Mi madre levantó la vista de su taza, y por un instante su mirada se suavizó.
-¿Ha pasado algo que quieras contarnos, Aiden?
-No, mamá, todo está bien -mentí, aunque la verdad me ardía en la garganta. Tenía tantas ganas de gritar lo que sentía, de decirles que su guerra diaria me destrozaba, pero las palabras se quedaron encerradas en algún rincón de mi pecho. No quería darles más problemas.
Subí a mi habitación con el peso liviano de los enamorados. Agarré el móvil y la mochila, y justo cuando salía por la puerta, el teléfono vibró entre mis dedos. Era ella. Siempre ella.
"Buenos días, Aiden." Acompañado de un emoji con una sonrisa radiante.
Mi corazón dio un vuelco. Le devolví el saludo con las mismas palabras, y añadí un emoji idéntico, como si nuestras sonrisas digitales pudieran encontrarse en algún lugar entre la pantalla y el aire.
"Hoy sí quiero ver esa sonrisa que me prometiste, eh."
"Te lo prometo, Leia. Hoy es imposible que no sonría."
Guardé el teléfono y salí de casa. Gael ya estaba esperándome en la puerta, apoyado contra la pared con su aire de sabio callejero. Caminamos juntos en dirección al instituto, y yo seguía en las nubes, tan ausente que casi tropiezo con un bordillo.
Él, con su ojo de lince, no tardó en notarlo.
-Aiden, estás en la luna -dijo, entrecerrando los ojos-. ¿Qué te pasa?
-Nada, ya te digo, lo de mis padres está más o menos resuelto.
-No, no, no -negó con la cabeza, una sonrisa maliciosa asomando en sus labios-. No tienes cara de estar mal. Tienes cara de estar demasiado bien. Demasiado.
-No me pasa nada, Gael.
-Entonces, ¿por qué tienes cara de haber besado a alguien?
Me quedé mudo. Mis mejillas se encendieron con una llama que subió desde el cuello hasta las orejas. Gael abrió los ojos como platos, y su boca se torció en una mueca de pura incredulidad.
-¡NO PUEDE SER! -gritó, y su voz saltó por encima del rumor de la calle-. ¡¿LA HAS BESADO?!
-¡No! -respondí, aunque mi tono no era nada convincente-. Y baja la voz, que nos oyen hasta en el otro barrio.
-¡Madre mía, tío, esto es histórico! -siguió él, a voces, como si acabara de descubrir el fuego.
-Gael, cállate, que no he besado a nadie -mentí, pero mi cara era un faro rojo que lo delataba todo.
Justo en ese momento, Oliver apareció a nuestro lado, con su mochila colgando de un hombro y una expresión de confusión absoluta.
-¿Pero qué os pasa? ¿Os ha dado el sol o algo? -preguntó, mirándonos como si fuéramos dos alienígenas recién llegados.
-Nada -dijimos al unísono, y el eco de nuestra mentira fue tan evidente que hasta los pájaros debieron notarlo.
Llegamos al instituto y Gael no me soltaba la mirada, como un perro con un hueso. Oliver seguía perdido, y el peso de su silencio me resultaba casi insoportable. Entramos en clase, y cuando Leia apareció por la puerta, el mundo se detuvo.
Era ella. La persona que más quería ver y a la que más miedo tenía de mirar.
Nuestras miradas se encontraron por un segundo, y en ese segundo el tiempo se estiró como un caramelo caliente. Ella bajó los ojos, y yo hice lo mismo, con las mejillas ardiendo. La vergüenza nos envolvía a los dos como un manto tibio.
Se acercó a mi mesa, titubeante. Sus dedos jugueteaban con el borde de su mochila.
-Hola... -susurró, sin atreverse a mirarme del todo.
-Hola, Leia -respondí, y mi voz sonó más ronca de lo que esperaba.
-Madre mía, qué fuerte es esto -murmuró Gael a mis espaldas, pero esta vez no le hice caso.
Durante toda la mañana, nos sentamos juntos. Pero el silencio entre nosotros era tan denso que casi podía tocarse. Cada vez que ella me miraba, yo desviaba la mirada; cuando yo me armaba de valor para devolverle la mirada, ella giraba la cabeza. Un baile torpe de tímidos.
En la clase de Historia, sucedió. Su mano rozó la mía sobre la mesa, apenas un roce, pero eléctrico. La miré, y ella me sonrió con una timidez tan pura que sentí que mi pecho iba a estallar. Se inclinó hacia mi oído, y su aliento cálido hizo que mi corazón se acelerara como un caballo desbocado.
-Me alegra ver que hoy sí tienes esa sonrisa que me prometiste -dijo, y su voz era un secreto que solo yo podía escuchar.
-¿Aiden? -la voz del profesor cortó el hechizo como un cuchillo-. ¿Qué opinas tú de lo que acabo de decir sobre los fenicios?
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Editado: 01.08.2026