La mañana del viernes comenzó como tantas otras. Mis padres discutían en la cocina, sus voces filtrándose por las rendijas de mi puerta como un eco familiar al que ya no prestaba atención. Pero esta vez algo era diferente. Esta vez, mientras el ruido de fondo se desarrollaba, yo ya estaba en otro lugar.
Esta vez pensé: ahora veré a Leia.
El simple pensamiento de su nombre fue suficiente para construir un escudo alrededor de mi corazón. Ella me había dicho que si mis padres se peleaban, podía escribirle en cualquier momento. Pero no quería preocuparla. Si siguiera sus instrucciones al pie de la letra, tendría excusa para hablar con ella a todas horas, y quizá eso era exactamente lo que temía: necesitarla demasiado.
Pero al oír aquella bronca, lo único que atravesaba el ruido era su imagen. Y eso, para mí, era lo más reconfortante del mundo.
Caminaba hacia el instituto junto a Gael, pero mi mente flotaba en otra dimensión. Iba atontado, con una sonrisa que no podía disimular.
-Chaval, antes odiabas madrugar -dijo Gael, observándome con curiosidad.
-Y lo sigo odiando -respondí, aunque mis ojos decían lo contrario.
-Pues no lo parece. Parece que vas al parque de atracciones.
No le respondí. Seguí sonriendo. Era la sonrisa de alguien que está a punto de ver lo que más desea en el mundo. Y quizá, en cierto modo, sí iba a un parque de atracciones. Solo que mi atracción favorita tenía nombre propio.
Al llegar al instituto, para sorpresa de ambos, Leia ya estaba esperándome. Allí, bajo el umbral de la entrada, con el cabello movido por la brisa y dos vasos humeantes en las manos. Su sonrisa, esa que siempre lograba desarmarme, iluminó toda la mañana.
-Hola, Aiden. Pensé en que te apetecería un chocolate -dijo, ofreciéndome uno de los vasos.
El calor del vaso se filtró por mis dedos, pero no era el chocolate lo que me calentaba el pecho. Fue el hecho de que se hubiera levantado antes, que hubiera ido a comprarlos pensando en mí. El detalle de que su primer pensamiento al despertar hubiera sido yo.
-Gracias, Leia. Me apetece mucho -dije, y mis palabras no lograban ocultar la emoción que me atravesaba.
No era el chocolate. Nunca lo fue.
En clase, nos sentamos juntos. La cercanía de su hombro, el leve aroma a flores que la acompañaba, el modo en que su risa se filtraba como música cuando algo le divertía. Todo en ella era un imán.
Gael, desde atrás, me pasó una nota mal escrita que decía:
"Hola Cloe, vas a querer dar una buelta en el patio?"
-Gael, tío, si escribes a Chloe, escribe bien, por lo menos -le dije en voz baja.
-Chaval, está perfectamente escrito -respondió con chulería.
Para reírme, decidí enseñarle la nota a Leia.
-Leia, ¿esto está bien escrito? -pregunté, conteniendo la sonrisa.
Lo leyó y sus ojos brillaron con picardía. Se dio la vuelta y, riéndose, le dijo a Gael:
-Gael, ¿en serio, "buelta" con B?
-¿Pasa algo, chicos? -interrumpió el profesor.
-No, profe, tranquilo. Solo había puesto una pequeña falta de ortografía -dijo Gael, intentando salvar el momento.
-¿Qué falta, si se puede saber?
-Eso, profe, es secreto. No quiero quedar mal -respondió con fingida dignidad.
La clase estalló en risas, y yo me giré para ver a Chloe. Ella también se reía, pero no como los demás. Sus ojos buscaban a Gael con una calidez que no engañaba a nadie. Su amor era mutuo, solo que ninguno de los dos se atrevía a decirlo en voz alta.
De repente, una nota apareció sobre mi pupitre. La desdoblé con el corazón acelerado.
"Aiden, ¿en el recreo damos una vuelta tú y yo? Se me ha ocurrido un juego."
Raro. Leia nunca me había propuesto algo así. Una sensación de hormigueo recorrió mi espalda.
-Claro, pero si no te importa, primero podemos estar cinco minutos con mis amigos. Gael va a hablar con Chloe. No quería que pensara que la evitaba, pero tampoco quería dejar a Gael plantado.
-Claro, no hay problema.
Esa respuesta, tan simple, me hizo sonreír. Ella siempre entendía.
El recreo llegó, y esta vez Leia vino directamente con nosotros. Nos sentamos los cuatro en el banco, el sol calentando nuestras caras mientras observábamos a Gael acercarse a Chloe.
Desde lejos, pudimos ver cómo la conversación fluía. Chloe se reía de alguna broma que él le contaba, y el brillo en sus ojos era inconfundible.
Cuando Gael volvió, lo hizo con una sonrisa de oreja a oreja.
-287 segundos, queridos amigos -anunció con orgullo.
-¿En serio lo has contado? -preguntó Oliver, incrédulo.
-Claro, chaval. Cada segundo a su lado es oro.
Todos reímos, pero yo noté que Leia me miraba. Había algo en sus ojos, una determinación que no había visto antes.
Sin titubear, sin miedo al qué dirán, se volvió hacia mí y dijo delante de todos:
-¿Damos una vuelta?
Su voz era firme, pero sus ojos buscaban los míos con una ternura que me desarmó.
-Claro, vamos a dar un paseo -respondí, sintiendo que las palabras apenas salían de mi garganta.
Mientras nos alejábamos, Gael me hizo gestos exagerados de besos y amor desde atrás. Le dirigí una mirada de asesino que solo logró que se riera más fuerte.
Caminamos hasta el extremo del patio, donde los árboles nos daban algo de sombra. El bullicio del recreo se fue desvaneciendo, como si el mundo se hubiera encogido hasta dejar solo espacio para nosotros dos.
-Bueno, Leia, ¿de qué va el juego que me dijiste? -pregunté, curioso.
-Muy sencillo. Sirve para conocernos mejor. Podemos hacer todo tipo de preguntas, pero siempre, sea cual sea, tenemos que decir la verdad.
-El juego está bien, pero le veo un pequeño fallo. Si te miento, ¿cómo lo vas a saber?
Ella rió, y el sonido era como campanillas en el viento.
-Tranquilo, disimulas fatal.
-Vale, entonces toda la verdad. Puedes empezar tú.
Las primeras preguntas fueron ligeras, como hojas que caen sin prisa.
#5201 en Novela romántica
#1399 en Novela contemporánea
romance primer amor cosas de la vida, romance #traicion, romance +16
Editado: 01.08.2026