Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 14

Gael apareció detrás de mí, justo después de presenciar ese momento único entre Leia y yo. No supe cuánto tiempo había estado observando, pero su mirada lo decía todo.

-Hombre, creo que nos toca hablar de algo, ¿no crees?

-JODER GAEL, qué susto -exclamé, llevándome la mano al pecho.

-Bueno, ¿me explicas lo que acabo de ver? -dijo, con los brazos cruzados y esa chaqueta negra que siempre le daba un aire más imponente.

-No empieces, por favor -respondí, evitando su mirada.

-No, no me vengas con eso. Llevo semanas viéndote raro y, sí, ya sé que me dijiste que os besasteis, pero siento decirte que no te creí. Pensaba que solo te estabas haciendo el chulo. Aunque cuando vi a Leia tan rara tampoco sabía qué pensar. Pero exijo explicaciones.

Su tono era serio, más serio de lo que nunca le había escuchado. Gael, el chico de las bromas eternas, el que siempre encontraba un chiste hasta en las peores situaciones, estaba ahí con una expresión que no le conocía.

-Gael, tío, ¿y qué quieres que te explique?

-No sé, podrías haberme dicho al menos que sois novios -dijo, con un deje de frustración.

-Es que de eso no hemos hablado...

-Venga, Aiden, no me chupo el dedo. Os dais besitos por la calle, os he visto ir de la mano, Leia se ha empezado a juntar con nosotros de repente. Dime la verdad, admíteme que estáis saliendo.

Parecía enfadado, pero no era enfado puro. Era algo más, como si le doliera que le hubiera ocultado algo importante.

-Gael, tío, te digo de verdad que no hemos hablado de eso. Realmente no sé ni lo que somos -confesé, sintiendo cómo las palabras se me enredaban.

-Pues pareja, ¿qué vais a ser sino?

-Ya, pero es que no le he dicho nada sobre eso. Me refiero, no le he pedido salir.

-¿Y qué más necesitas para decírselo ya? -preguntó, y sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago.

Me quedé en blanco. Tenía razón. Llevaba días, semanas, dándole vueltas a lo que éramos, a lo que significaba cada mirada, cada roce, cada sonrisa compartida. Pero en el fondo sabía que estaba paralizado por el miedo.

-A que adivino, mañana vais a quedar -dijo Gael, rompiendo mi ensimismamiento.

-Sí, es cierto. Pero ¿y si ella realmente no quiere ser mi pareja y lo estropeo todo intentando pedirle salir? -mi voz tembló al decirlo, dejando al descubierto todas mis inseguridades.

-¿Me estás diciendo que tienes miedo, Aiden?

-Sí, lo tengo. Tengo miedo de que, por primera vez que las cosas empiezan a funcionar en mi vida con una chica, yo llegue y lo estropee todo -dije, y sentí cómo un nudo se formaba en mi garganta. Estaba al borde del llanto, y odiaba sentirme tan vulnerable.

Gael se quedó callado un momento, y cuando habló, su voz había perdido toda su habitual ligereza.

-Aiden... ese miedo puede que lo tenga yo con Chloe. Que no tengo nada que hacer y soy perfectamente consciente. Simplemente hago el tonto pero sé que no tengo ninguna oportunidad. Pero tío, vosotros os habéis besado, ella te busca igual que lo haces tú. El momento cada vez está más cerca, y si ella sigue volcándose en ti y tú jamás le pides salir... créeme, la perderás. Se cansará de buscarte sin que tú tengas ninguna iniciativa.

Nunca había visto a Gael tan serio. Sus palabras calaron hondo, porque sabía que hablaba desde la experiencia, desde ese lugar donde el miedo a perder nos vuelve cobardes.

-Mira, Aiden, ya que vas a quedar mañana, lo mejor es que lo habléis. Creo que la cosa es muy evidente y es cuestión de tiempo que acabéis siendo novios, pero tienes que jugártela de una vez. No la hagas perder más el tiempo.

-Tienes razón, Gael. Tengo que ser más atrevido. Mañana hablaré con ella -dije, y esta vez mi voz sonó más firme.

Gael me miró con algo parecido al orgullo.

-Has cambiado, Aiden. Ahora parece que vives por gusto, antes parecías que sobrevivías y ya está. Ahora sí parece que vivas con gusto. Y eso es muy valioso, aprovéchalo ya.

Me fui a casa con sus palabras resonando en mi cabeza. Cené distraído, con la mente puesta en el día siguiente, en lo que iba a decir, en cómo iba a decirlo. Ya entrada la noche, cuando la oscuridad envolvía la habitación y solo el resplandor del móvil iluminaba mi rostro, apareció su mensaje.

-Buenas noches, Aiden, ¿estás despierto? -escribió Leia.

-Claro, ¿hablamos un rato?

Charlamos sobre cosas sin importancia, sobre el día, sobre tonterías que nos hacían reír. Pero en medio de esa conversación ligera, ella soltó una frase que me llegó al alma:

-Me encanta hablar contigo.

Imaginé su sonrisa al otro lado de la pantalla, esa sonrisa que tenía el poder de desarmarme por completo.

-A mí también me encanta hablar contigo -respondí, y cada letra la escribí sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.

El tiempo pasó volando. Las once, las doce, y prácticamente a la una de la madrugada, cuando el sueño empezaba a nublar mis pensamientos, ella escribió:

-Oye, al final vamos a quedar mañana para dormir -acompañado de emojis de risa.

-Sí, es hora de irnos a dormir -respondí, sonriendo.

Pensé en la conversación con Gael, en sus consejos, en la urgencia de sus palabras. Pero no quise decir nada. No esa noche. Quería que el momento fuera perfecto.

El sábado amaneció con una luz dorada que se colaba entre las cortinas de mi habitación. Llevaba horas despierto, revolviendo mi armario, probándome camisetas que descartaba al instante. Mi hermano Rafa entró sin avisar, como siempre.

-Hermanito, tercera vez que te cambias de ropa. No será... -dijo con una sonrisa pícara.

-Sí, Rafa, sí, he quedado con Leia -respondí, rodando los ojos mientras recogía el desastre de camisetas desperdigadas por el suelo.

-Bueno, a ver cuándo haces que seamos familia, porque me cae genial.

-Madre mía, qué presión me metéis entre unos y otros -me quejé, pero en el fondo, esa presión no era del todo desagradable.




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