Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 17

El primer rayo de luz se coló entre las cortinas, pero no logró calentar el nudo helado que llevaba anidado en el pecho desde el lunes. Desperté otra vez con esa sensación, esa punzada que no me dejaba respirar. No podía sacarme a Aster de la cabeza. Su sonrisa burlona, sus palabras envenenadas... y lo peor: que tal vez tuviera razón.

Debería estar flotando. Debería sentir esa ligereza que prometen las primeras semanas de un amor nuevo. Pero en lugar de mariposas en el estómago, solo sentía un peso que me hundía.

Antes siquiera de abrir los ojos, mi mano buscó el móvil. La pantalla se iluminó y allí estaba ella, como un salvavidas en medio de mi tormenta. Un mensaje suyo, llegado justo al encender el teléfono, como si su amor pudiera atravesar cualquier distancia.

"Buenos días" —seguido de un corazón rojo que latía en la pantalla.

Mi pulgar tembló al escribir la misma respuesta. "Buenos días". Un corazón verde. Ella no podía saber que mi sonrisa era de cartón piedra, que mis dedos sudaban, que mi alma se desgarraba en dos mitades: una que quería correr hacia ella, y otra que se escondía de la verdad.

—No quiero que se preocupe —susurré al vacío de mi habitación.

Me levanté arrastrando los pies. Cada paso hacia la habitación de mi hermano era un paso más hacia el abismo de mis dudas.

—¿Rafa? —mi voz salió quebrada, como un cristal a punto de romperse.

—Pero, Aiden, ¿qué te pasa? —Rafa se incorporó en la cama, su rostro infantil pero sus ojos viejos. Doce años y una sabiduría que siempre me dejaba sin aliento.

Me senté a su lado, dejando que el colchón absorbiera parte de mi peso.

—Es Aster. El chico popular de mi clase... Ayer me dijo que Leia esconde algo que yo no sé. Que me he precipitado saliendo con ella.

—¿Y eso qué importa? —Rafa se frotó los ojos, pero su mirada era aguda—. Tú eres quien debe saber si has hecho bien o no. Nadie más tiene derecho a decidir por ti.

Sus palabras me acariciaron como un bálsamo, pero no lograron sanar la herida. Mi voz se rompió al hablar:

—¿Y si tiene razón? Hay algo de Leia que no sé, y tengo que saberlo porque... parece grave. Como si escondiera un monstruo.

—¿Qué va a saber ese de Leia que no sepas tú? —Rafa negó con la cabeza—. Si tienes dudas, pregúntaselo directamente. Las verdades duelen, pero las mentiras matan despacio.

—No es tan fácil... —mis dedos se enredaron en las sábanas—. He roto una promesa.

Y entonces se lo conté todo. Nuestra promesa, tan frágil como una pompa de jabón, de decirnos antes de separarnos si algo nos preocupaba. Y yo, como un cobarde, la había roto al primer obstáculo.

—Aiden... —Rafa me agarró el hombro con una fuerza impropia de su edad—. Tienes que hablarlo cuanto antes. Esto se hará bola. Te va a comer por dentro.

Su preocupación me contagió. Me estaba jugando la vida mintiéndole, y ni siquiera tenía el valor de preguntarle. ¿Qué clase de novio era yo?

El instituto se alzaba gris y frío, igual que mi ánimo. Gael me encontró en la entrada, y ni siquiera hizo falta que hablara.

—¿Sigues con lo mismo? —preguntó, con esa mezcla de exasperación y cariño que solo los amigos verdaderos tienen.

—No paro de darle vueltas —admití, sintiendo cómo mi estómago se encogía.

—Leia te va a notar raro. Te vas a meter en un lío.

—Tranquilo, disimularé. No se dará cuenta —mentí.

Gael soltó una risita amarga.

—Claro, con lo bien que se te da fingir.

Entonces la vi. Allí, en medio del patio, con el sol iluminando su sonrisa como si nada malo pudiera existir. Leia. Mi Leia. La que no sabía que su mundo de cristal estaba a punto de hacerse añicos. La abracé y sentí su perfume, ese aroma a jazmín que antes me daba paz y ahora me recordaba todas las cosas que no sabía de ella.

Pero fui torpe. Mi mente viajó demasiado lejos, y ella lo notó. Siempre lo notaba todo. Su mirada se nubló con una sombra de duda, y Gael, detrás de mí, me fulminaba con la mirada.

En el cambio de hora, Leia se acercó a nuestra mesa. Oliver estaba a mi lado, y Gael a mi espalda, como un ángel guardián irritable.

—Aiden, ¿va todo bien? —su sonrisa seguía brillando, pero sus ojos preguntaban cosas que sus labios no se atrevían a decir.

—Claro, solo estoy cansado —respondí.

Ella no me creyó. Lo vi en sus ojos. Esa mirada que me atravesó el alma como un puñal, que me dijo que sabía que estaba mintiendo. Que había roto nuestra promesa. Que la estaba decepcionando.

—Es que es más tonto... —murmuró Gael, apenas un susurro.

—¿Qué pasa? —preguntó Oliver.

—El idiota de Aster —explicó Gael—. Dijo que Leia esconde cosas y Aiden está hecho un flan.

—No sé, chavales —intervine—. Creo que se ha dado cuenta.

—¿Acaso lo dudas? —Gael y Oliver asintieron al unísono, una conspiración silenciosa.

La clase siguiente fue un tormento. Aster no paraba de mirarme, con esa sonrisa de hiena que me ponía los pelos de punta. Sabía que vendría a buscarme.

Y así fue. Cuando sonó el timbre, Aster se levantó, caminó hacia nosotros con la elegancia de un depredador, y su sombra se cernió sobre mi mesa.

—Otra vez tú —bufó Gael.

—Veo que sigues sin saber nada, Aiden —dijo Aster—. O esa cara de muerto... ¿es que ya te has enterado?

El mundo se detuvo. Mi puño se cerró sobre la mesa.

—¿Qué tengo que saber?

—No te lo pienso decir. —Su sonrisa era veneno—. Pero es curioso... dos personas se enamoran muy rápido, pero una esconde secretitos desde el principio.

—¿Qué vas a saber tú? ¡Si ella nunca ha hablado contigo! —mi voz se elevó, temblorosa.

—Claro, claro —rió.

—Márchate —ordenó Gael, su voz cortante como una navaja—, antes de que cobre...

—Estaré donde quiera.

—¡Que te marches! —gritó Gael.

Toda la clase se giró. La sangre se me congeló. Me sentía expuesto, desnudo, como si todos pudieran ver el miedo que me corroía.




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