-Aster ha vuelto.
Las palabras de Leia flotaron en el aire como un susurro de fantasmas. Me quedé inmóvil, completamente paralizado, mi mente incapaz de procesar el nombre que acababa de escuchar. Sus ojos, esos ojos verdes que siempre habían sido mi refugio en los días oscuros, brillaban con lágrimas que se negaban a caer. El viento de la tarde jugaba con sus cabellos castaños mientras nos manteníamos quietos, dos estatuas enfrentadas en medio de la acera.
Una lágrima se deslizó por su mejilla. El tiempo pareció detenerse.
-¿Quién es Aster realmente? -rompí el silencio, mi voz apenas un susurro que el viento casi se llevó.
Leia desvió la mirada. Sus dedos jugueteaban nerviosamente con el dobladillo de su chaqueta, y durante un largo momento, el mundo se redujo al espacio entre nosotros. Cuando finalmente habló, su voz sonaba frágil, como cristal a punto de romperse.
-No es quién es... Es lo que pasó.
La desesperación comenzó a trepar por mi espalda como una araña fría. Mis manos, que instintivamente querían alcanzarla, se quedaron suspendidas en el aire.
-Leia, de verdad, no puedo seguir con esta incertidumbre -mi voz se quebró-. Necesito que me digas qué pasó. Yo estoy aquí para apoyarte, pase lo que pase. Siempre lo he estado.
Ella levantó la mirada, y en sus ojos vi un océano de culpa que amenazaba con ahogarla. Sus labios temblaron antes de formar las palabras.
-Aiden, siento haberte estado ocultando esto. Ahora entiendo por qué estabas tan raro.
-Yo no sabría nada de no ser por Aster -dije, y el dolor filtró mis palabras como veneno-. Y eso es lo que me duele. Quería que fuera algo que saliera de ti, Leia. Que confiaras en mí.
-Y tienes razón -susurró, y una nueva lágrima se unió a la anterior-. Lo he hecho mal, lo sé. Pero ya no tienes que esperar más.
El viento se llevó sus últimas palabras mientras ella cerraba los ojos, como si reuniera fuerzas del fondo de su alma. Cuando los abrió, no era Leia quien me miraba, sino una niña de doce años asomándose desde algún rincón olvidado de su memoria.
-Éramos dos críos de doce años -comenzó, y su voz adquirió un tono lejano, como si narrara la vida de otra persona-. Aster y yo nos habíamos convertido en muy buenos amigos, prácticamente inseparables. Vivíamos cerca, tan cerca que nuestras ventanas se veían desde la distancia, y empezamos a ir juntos al instituto. Reíamos, él me invitaba a sus cumpleaños y yo le invitaba al mío. Íbamos juntos a todas partes, y parecía que nada podía cambiar. La foto que te envió fue de esa época. Doce años, y estamos felices porque éramos mejores amigos.
Hizo una pausa, y su sonrisa fue un destello fugaz de felicidad perdida.
-Íbamos a todas las excursiones del colegio. La foto que viste era de una excursión que hicimos al campo. Recuerdo ese día con claridad: el sol calentaba nuestras caras, y Aster corría entre los árboles como si fuera el rey del bosque.
-Y lo más importante -su voz se suavizó-. Aster siempre me protegía de todo. Él siempre fue muy fuerte, y siempre tuvo esa imagen imponente. Daba igual el curso en el que estuviéramos, él siempre era el más intimidante. Y a mí me gustaba tener al lado una figura que me protegiese. Me hacía sentir segura, como si el mundo no pudiera hacerme daño mientras él estuviera cerca.
Su rostro se oscureció.
-Pero esos momentos felices no pudieron ser para siempre. Ser tan protector trajo problemas. Él nunca quería que yo me acercara a otros niños para jugar. Pero bueno, al ser niños, parecía que solo era un juego y no tenía por qué ser preocupante.
Su voz se volvió más baja, más íntima.
-Recuerdo perfectamente cómo jugábamos juntos en el parque que estaba cerca de donde vivía. Él nunca quería que otros niños jugasen conmigo. Pero en su momento no le di importancia. Pensaba que era su forma de ser, su manera de cuidarme.
-Con el tiempo empecé a encontrar sentido a lo que estaba pasando. Él no quería protegerme de otros niños, simplemente estaba celoso. Porque se había enamorado de mí. Y toda esa protección era fruto de celos, porque no quería compartirme con nadie.
Hizo una pausa larga. El viento pareció detenerse.
-Y aquí es donde todo cambió.
-Con trece años, después de ser muy buenos amigos, no pudo contener su amor por mí. Así que un día, cuando volvíamos del instituto, íbamos caminando y él se detuvo. Me dijo que estaba enamorado de mí desde hacía ya mucho tiempo, que le encantaba cómo era yo y que era la novia que siempre había soñado tener.
-Y en un impulso de valor, me intentó besar. Ni siquiera pudo hacerlo.
Su voz se quebró.
-Cuando vi que se acercaba a mí, lo aparté rápidamente. Tratando de ser muy cuidadosa con mis palabras, le dije: "Aster, te quiero muchísimo, eres un gran amigo y no sé qué haría sin ti, pero no puedo darte lo que necesitas. No te quiero de esa manera".
-Él se enfadó muchísimo. Me dijo que yo había estado provocándole siendo tan amable con él, y que estaba buscando a gritos que se enamorase de mí. Después de ese brote de rabia, donde dijo esas tonterías, se fue. Yo estaba preocupada por él. Sentía que acababa de cargarme una amistad maravillosa. Esperé impaciente al día siguiente para verle en el colegio e intentar solucionar las cosas.
-Pero para mi sorpresa, al día siguiente llegué a clase y él no estaba. No volvió en todo el año.
-Semanas después, el profesor nos dijo que Aster se había tenido que cambiar de instituto por problemas personales.
La historia de Leia se desvaneció en el aire como humo. Volvíamos al presente, y yo sentía el peso de su relato en mi pecho, una losa de comprensión y confusión mezcladas.
-No recuerdo que Aster dejara de ir -dije, frunciendo el ceño.
-Es que en primero de la ESO tú y yo no estuvimos en la misma clase -respondió Leia, secándose una lágrima-. Es normal que no lo recuerdes. Aster volvió el año pasado, en tercero.
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Editado: 20.08.2026