Permanecí sentado en el borde de la cama toda la noche, devorando el vídeo una y otra vez, hasta que los píxeles empezaron a quemárseme en la retina. Cada reproducción me regalaba un nuevo detalle: el fondo, un lago quieto, rodeado de una vegetación tan verde que parecía mentira. Y entonces lo supe. Estaba casi seguro de saber dónde estaba ese lago. Pero al mismo tiempo, la certeza me arañaba por dentro, porque llevaba días esperando respuestas que nunca llegaban.
Volví a verlo. Lo puse en cámara lenta, subí el volumen hasta que los altavoces vibraron, y luego me puse los auriculares. Y entonces, entre el crujido del agua y el viento, oí algo que antes se me había escapado.
Una voz. Femenina. Susurraba una sola palabra:
-Corre.
Pero ya no sabía si aquello era real o si mi mente, después de veinte visionados, había empezado a fabricar sus propios fantasmas. Me estaba volviendo loco. Y lo peor de todo es que me daba igual.
Mientras tanto, abrí WhatsApp. Leia estaba en línea. El típico «escribiendo...» aparecía y desaparecía, una y otra vez, como si sus dedos se negaran a soltar lo que su corazón quería decir. Se quedaba en línea, luego se apagaba, luego volvía. Como un latido que no termina de completarse.
Eso sí que me terminó de romper. ¿Por qué no podía decírmelo? ¿Quién era la persona que estaba en peligro? No entendía nada, y la noche se me escurría entre los dedos como el agua de ese maldito lago.
Sonó la alarma. Otra noche en blanco. Otra batalla perdida. Pero tenía que ir a clase, aunque las piernas me pesaran como bloques de cemento. Y encima, casi le pego a Aster. Espero que no quiera devolvérmela.
Bajé a desayunar con unas ojeras tan profundas que parecían cicatrices. Rafa no tardó en fijarse. Se me acercó con esa mezcla de niño sabio y hermano mayor que siempre llevaba dentro.
-¿Hermano? ¿Otra vez sin dormir? -preguntó, con la voz suave como una caricia.
-Ha sido una noche difícil, Rafa. Ya te contaré.
Mis padres ni siquiera levantaron la vista. Discutían en la cocina, envueltos en sus problemas económicos, en su guerra particular de números y reproches. No me hicieron caso. Y, para ser sincero, yo ya no tenía fuerzas para contarles nada. Hacía tiempo que había dejado de confiar en ellos.
Rafa se levantó de la mesa, entró en la cocina y, desde allí, me hizo un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Me acerqué, y él, con esa seriedad impropia de sus doce años, me dijo:
-Aiden, esto es otra vez por Leia, ¿verdad?
Asentí, y él continuó, con la mirada fija en la mía, como si pudiera leer dentro de mi pecho:
-Aiden, ¿sabes qué pasa cuando quieres a alguien de verdad?
Le miré con extrañeza. Y él, con una calma que me desarmó por completo, dijo:
-Que antes de juzgar lo que haya pasado, primero tienes que escuchar su versión. Tú la elegiste, y elegiste bien. Ella es un encanto. Pero tienes que saber qué pasó, y tiene que salir de sus labios, no de los tuyos.
-Ya lo sé, Rafa -respondí, con la voz hecha un nudo-. Pero no es capaz de decírmelo. Ayer estuvo a punto, pero le dio un ataque de ansiedad cuando iba a confesarlo.
Rafa abrió los ojos como dos platos. El asombro le tiñó el rostro.
-Dios... entonces debe ser algo muy grave -susurró.
-Claro que es grave. Pasó algo en un lago, y tengo que averiguarlo.
Entonces Rafa, el niño de doce años que siempre parecía saber más de la vida que cualquier adulto, me tomó del brazo y me dijo con una dulzura que me heló la sangre:
-Aiden, si Leia tiene tanto miedo de recordarlo, es porque esa herida nunca se cerró. Quizá deberías centrarte más en estar con ella, en que se sienta segura a tu lado, antes que en volverte loco por saber qué pasó.
Me quedé mudo. Esas palabras, saliendo de la boca de un crío, me golpearon como un puñetazo en el estómago. Pero llevaban tanta verdad que me supo a bálsamo.
-Puede que tengas razón, Rafa -admití-. Pero la curiosidad me está matando.
-Si ella te ve como un refugio -dijo él, con una sonrisa pequeña y sabia-, será ella misma quien te lo cuente. Y entonces no se pondrá tan nerviosa.
-Madre mía, Rafa, eres un genio. Tienes razón. Hoy hablo con Leia en clase.
Salí de casa como una exhalación. Sabía lo que tenía que decirle. Y en la puerta me encontré con Gael, que casi se llevó por delante mi impulso.
-¡Madre mía, Aiden! ¿A dónde vas tan acelerado? -exclamó.
-Tengo que hablar con Leia. Ya, ya mismo.
-¿Pero qué ha pasado? -preguntó él, sin entender nada.
Mientras caminábamos hacia el instituto, apareció Oliver. Le puse el vídeo a los dos, con el volumen al máximo. Se quedaron diez segundos en silencio, inmóviles, como si el tiempo se hubiera detenido. Gael fue el primero en hablar:
-Hostias...
-¿Qué? -preguntó Oliver, con el ceño fruncido.
-¿Qué opináis? -insistí.
-Que Leia ha matado a alguien -soltó Gael, sin rodeos.
El corazón me dio un vuelco tan brusco que creí que se me paraba.
-¿Pero qué dices?
-Aiden, tío, ¿qué otra explicación le encuentras?
-No sé -respondí, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies-. Por eso os lo enseño, por si a vosotros se os ocurre algo.
-A mí no me suena ninguna noticia extraña de ningún lago por aquí -dijo Oliver, encogiendo los hombros.
-Vamos a clase. Tengo que hablar con ella.
Entramos en el aula, y dentro estaban Aster, con unas ojeras tan profundas como las mías, y Chloe, mordiéndose las uñas como si le fuera la vida en ello. Leia no estaba. Me acerqué a Chloe, que temblaba ligeramente.
-Chloe, necesito hablar con ella. ¿Sabes si va a venir?
-No me contesta al teléfono -respondió, con la voz quebrada-. No he podido hablar con ella desde ayer.
Todo apuntaba a que no iba a aparecer. Y entonces Aster se acercó a mi mesa. Ni siquiera me miró; se limitó a decir, con esa voz plana que siempre llevaba consigo:
#5337 en Novela romántica
#1476 en Novela contemporánea
romance primer amor cosas de la vida, romance #traicion, romance +16
Editado: 20.08.2026