Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 21

El insomnio se había convertido en mi única compañía fiel. Esa noche, como tantas otras, di vueltas en la cama mirando al techo, contando las grietas que la humedad había dibujado en la pared. Hablar con Leia por teléfono me había resultado extrañamente relajante, como si su voz tuviera el poder de calmar todas las tormentas que llevaba dentro. Pero la paz, como siempre, iba a ser corta.

Nada más llegar a mi casa, cuando por fin creía que estaba cerca de resolver el misterio que me perseguía, apareció una foto clavada en la puerta con un alfiler. Como un mensaje del destino. Como una advertencia.

Para variar, igual que la noche anterior, apenas pegué ojo. Me pasé horas y horas mirando esa fotografía, obsesionándome con los detalles. Sobre todo con ese chico que tenía los ojos tachados con dos cruces negras, gruesas, como si alguien hubiera querido borrarlo del mundo con rabia. Alguien lo había eliminado del mapa, literalmente. Y lo peor es que ni siquiera el tío de Oliver, que trabajaba en el juzgado, pudo darnos información porque había menores implicados. ¿Qué le había pasado realmente a ese chico? ¿Por qué estaba todo tan envuelto en silencio y sombras?

Me levanté con los ojos inyectados en sangre, el cuerpo pesado, la mente hecha un nudo. Tenía clase, pero lo último que quería era escuchar a los profesores hablar de ecuaciones o literatura. Solo quería ver a Leia. Necesitaba verla.

Y entonces mi teléfono vibró sobre la mesilla.

Era ella.

"Buenos días, Aiden. Hoy te veo en clase y te doy ese beso prometido."

Acompañado de un corazón rojo, pequeño, pero que latía con fuerza en la pantalla.

Sentí una sonrisa nacer en mi rostro a pesar del cansancio. Le contesté al instante:

"Buenos días, Leia. No sabes cuánto lo necesito. Y no sabes cuánto te he echado de menos."

Y puse otro corazón. Porque era verdad.

Hacía días que no recibía un mensaje así de ella, de esos que me hacían sentir que todo estaba bien, que el mundo tenía sentido. Todo parecía estar mejorando entre nosotros. Pero eso no quitaba que necesitaba saber la verdad. Hoy. De una vez por todas. No podía seguir viviendo en esa niebla de dudas y secretos.

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Cuando llegué al instituto, el pasillo olía a café barato y a desinfectante. Los alumnos se arremolinaban en las taquillas, riendo, hablando, viviendo sus vidas normales. Yo solo buscaba una mirada.

Y la encontré.

Leia ya estaba en clase, sentada en su sitio. Pero estaba distinta. No era la misma chica que me había escrito ese mensaje horas antes. Tenía la mirada perdida, como si estuviera mirando algo que solo ella podía ver, algo lejano y doloroso. Sus ojos estaban hinchados, enrojecidos, con marcas de lágrimas recientes. Sus labios, que siempre esbozaban una sonrisa cuando me veía, estaban apretados, fríos.

No sonrió al verme. No habló. No hizo ningún gesto.

Solo me miró mientras yo me acercaba a mi mesa para dejar la mochila, y en esa mirada había tanta tristeza que sentí que alguien me apretaba el pecho con ambas manos.

Durante unos segundos nadie dijo nada. Mis amigos notaron la tensión en el aire, tan densa que casi se podía cortar. Chloe me miró con preocupación, frunciendo el ceño. Oliver y Gael intercambiaron una mirada cómplice, como diciendo "esto no pinta bien". Y Aster... bajó la cabeza, desvió la mirada, como si no pudiera soportar verme. Como si mi sola presencia le provocara un dolor físico.

Dejé la mochila en mi sitio y me giré hacia mis amigos, intentando disimular el nudo que tenía en la garganta.

Y entonces Leia se levantó.

El sonido de su silla arrastrándose contra el suelo resonó en el silencio de la clase. Todos la miraron. Ella caminó lentamente hacia mí, como si cada paso le costara un mundo, como si avanzara contra una corriente invisible. Se detuvo frente a mí, a centímetros de mi rostro, delante de todo el mundo, al lado de mis amigos que observaban con los ojos muy abiertos.

Y me besó.

Un beso lento, profundo, que duró lo que dura un latido eterno. Sus labios estaban temblorosos, pero su boca sabía a todo lo que no se atrevía a decir. Fue un beso increíble, cargado de todo el dolor y el amor que llevaba dentro. Sobre todo, muy sentido. Como si con ese beso intentara pedirme perdón, o decirme adiós, o decirme para siempre.

Cuando separó sus labios de los míos, su aliento acarició mi piel mientras susurraba, como si sus palabras fueran música:

-Gracias por no rendirte conmigo, Aiden.

Mi pecho ardía. Mi corazón latía tan fuerte que creí que se iba a salir. La miré a los ojos, esos ojos que tanto había aprendido a leer, y le dije con la voz temblorosa, rota por la emoción:

-Nunca me rendiría contigo, Leia. No con lo feliz que me haces sentir. Eres lo mejor que me ha pasado, y no pienso dejarte escapar, pase lo que pase.

Chloe sonrió aliviada, como si por fin pudiera respirar tranquila al ver que todo parecía arreglado. Oliver y Gael se quedaron boquiabiertos, sin saber muy bien qué decir. Pero Aster... agachó aún más la cabeza, apretó los puños sobre la mesa, como si aquella escena le clavara una espada directamente en el pecho. No pude evitar sentir una punzada de culpa.

Empezaron las clases. El profesor entró, abrió su libro, empezó a hablar de algo que no recuerdo. Pero ni Leia, ni yo, ni Aster parecíamos estar en ese aula. Cada uno estábamos en nuestro propio mundo de silencio y tormentos. Leia intentó escribir algo en un papel arrancado de su cuaderno, pero sus manos temblaban tanto que no podía sostener el bolígrafo. Las lágrimas asomaban a sus ojos sin que pudiera contenerlas. La vi llevarse la mano a la boca para no sollozar.

La clase fue un calvario. Un purgatorio interminable donde las manecillas del reloj se negaban a avanzar. Cada minuto era una eternidad.

Hasta que, por fin, sonó el timbre del recreo.

Leia no dudó ni un segundo. Se levantó de su silla, me agarró la mano con fuerza, con una urgencia que me heló la sangre, y salió corriendo conmigo. Sus dedos se entrelazaron con los míos mientras atravesábamos el pasillo, esquivando a los demás alumnos, buscando el rincón más lejano y apartado del patio. Se notaba que también había estado sufriendo, que ya no podía ocultarlo más, que necesitaba soltarlo todo antes de que la presión la rompiera por dentro.




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