Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 22

El hombre bajó del coche y Leia palideció por completo, como si la sangre se le hubiera escapado de golpe. Sus dedos se aferraron al borde de mi chaqueta con una fuerza que no sabía que tenía. Después de decirle a Aster que protegería a Leia pase lo que pase, sentí un impulso tan visceral que ni siquiera pensé: mi cuerpo se movió solo, colocándose frente a ella cuando vi al hombre apretarle la mano con una intensidad que parecía un mensaje cifrado. "Tranquila, estoy aquí", intenté transmitirle con cada fibra de mi ser.

Aster también se quedó petrificado, los músculos de su mandíbula tensos como cuerdas de violín. Era evidente que ese hombre era alguien a quien no querían ver, un fantasma con carne y hueso que había vuelto para cobrar una deuda emocional que yo no entendía. El silencio se espesó mientras el desconocido caminaba hacia nosotros con paso lento, arrastrando los pies como si cada pisada le costara un mundo.

Entonces Leia, con la voz quebrada como cristal, susurró contra mi oído:

—Es el padre de Hugo.

Mis ojos se abrieron con tal sorpresa que sentí el aire frío entrar en mi pecho. El padre de Hugo se detuvo frente a nosotros, y durante unos segundos eternos, nadie dijo nada. Su mirada recorrió los rostros de Leia y Aster con una mezcla de dolor y algo parecido a la añoranza. No parecía enfadado —no, su expresión era la de alguien que había sido despojado de todo, incluso de la capacidad de sentir ira.

Finalmente, rompió el silencio con una voz grave y cansada:

—Has crecido mucho... Leia.

Ella bajó la cabeza, y las lágrimas empezaron a caer sin control.

—Lo siento —susurró, y aquellas dos palabras pesaban más que cualquier otra cosa en el universo.

El hombre negó lentamente con la cabeza, como si aquella disculpa le hubiera dolido físicamente.

—¿Todavía sigues pidiendo perdón, Leia? Te llevo viendo todos estos años venir al lago. Cada aniversario de su muerte, cada cumpleaños, y muchos días en verano. Fuiste la única que fue capaz de venir a su funeral. La única que se puso delante de mí y de su madre para pedir perdón. Pero no deberías culparte.

Sus palabras me golpearon como una ola. Leia había estado viniendo al lago en secreto, cargando con ese peso a solas durante años. Yo no lo sabía, y la idea de que hubiera estado sufriendo en silencio mientras yo vivía mi vida sin saberlo me hizo sentir un nudo en el estómago.

—Yo lo viví de una manera muy dura, Leia. No sabes lo duro que fue para mí enterrar a un hijo. Al principio te culpé a ti, culpé a Aster, a Noa, y también al lago. Pero el tiempo... el tiempo me hizo reflexionar. Me di cuenta de que no podía culpar a nadie de un accidente. Hugo siempre hacía bromas, era un desastre andante, no sabía estarse quieto ni cinco minutos. Ese día solo quería asustaros. Pero él tuvo que pagar el precio de su propia broma.

—Yo podría haberlo salvado —insistió Leia, con la voz tan frágil que parecía que iba a romperse en mil pedazos.

El padre de Hugo dio un paso adelante, y su tono se suavizó hasta volverse casi tierno:

—No es verdad, eras una niña. Los bomberos equipados tardaron mucho en sacarlo del lago. Si lo hubieras intentado tú, habrías acabado igual que él. Una niña no debe cargar con muertes, Leia. No es justo, y nunca lo fue.

Aquella frase la destrozó. Lo vi en la forma en que sus hombros se hundieron, en cómo apretó los labios para contener un sollozo. Aster dio un paso al frente entonces, y por primera vez desde que lo conocía, vi algo parecido a la vulnerabilidad en sus ojos.

—Yo tampoco pude salvarle —dijo, con la voz entrecortada—. Entré tres veces al lago, y a día de hoy sigo pensando que si hubiera entrado una cuarta vez, si hubiera buceado un poco más, tal vez lo habría rescatado.

El padre de Hugo se acercó a ellos, y sin mediar palabra, los envolvió en un abrazo tan cálido que parecía contener todos los años de dolor que habían compartido. Fue un abrazo largo, de esos que sanan heridas que ni siquiera sabes que tienes.

Luego, con movimientos lentos y deliberados, el hombre se sacó de la chaqueta una fotografía. Era la foto original, sin los ojos tachados con cruces, en perfecto estado, como si el tiempo no hubiera pasado.

—Quiero que dejéis de recordar este momento y empecéis a centraros en vuestro futuro —dijo—. Hugo no querría que estuvierais así, atrapados en el pasado.

La imagen me llamó la atención, y sin poder evitarlo, pregunté:

—Espere, yo vi una foto como esa, pero con la cara de Hugo tachada con cruces...

El padre de Hugo me miró entonces, y sus ojos se llenaron de una tristeza infinita.

—Fui yo. Estuve yendo a un psicólogo que era bastante duro conmigo. Me dijo que lo primero que debía hacer era visualizar la muerte de Hugo, aceptarla. Y me recomendó hacer eso con la foto, para poder ver que él ya no está, y empezar a asumirlo, aunque fuese terriblemente doloroso.

Ahí lo entendí todo. No había amenazas, no había rencor. Solo el dolor de un padre que había enterrado a su hijo y que, después de años, había encontrado la fuerza para perdonar.

Se giró hacia mí, y su mirada se volvió evaluadora, curiosa.

—Bueno, chicos, debo irme. Y tú, chaval, ¿cómo te llamas?

—Yo soy Aiden —respondí, sintiendo de repente el peso de su atención.

Me tomó del brazo y me apartó unos pasos de los demás. Su voz se volvió seria, casi confidencial:

—Ahora estás con Leia. Debes protegerla, ¿entiendes? Y debes conseguir que sonría de verdad. Sabía que algo pasaba, llevaba un mes sin venir aquí.

Su última frase me hizo contener la respiración. ¿Significaba eso que cuando Leia me conoció, empezó a dejar de venir? ¿Que yo había sido, sin saberlo, la razón por la que había comenzado a soltar el dolor?

—Le doy mi palabra —dije, y mi voz salió firme, más firme de lo que me esperaba—. A Leia nunca le pasará nada.

El hombre asintió con una sonrisa cansada.




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