Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 23

Me desperté a la mañana siguiente con una sensación extraña en el pecho. No era ansiedad, ni ese nudo que me había acompañado durante los últimos días. Era algo completamente diferente: una calma profunda, como si por fin hubiera dejado de nadar contra la corriente y hubiera decidido dejarme llevar.

Me llevé la mano al pecho y respiré hondo. Había conseguido dormir dos días seguidos. Dos días sin despertarme sobresaltado, sin ese peso en el estómago que me recordaba que algo no iba bien. Todo había cambiado, o al menos eso quería creer. Mi relación con Leia, después de tantos altibajos, por fin parecía tener un camino despejado. Sin sombras, sin secretos, sin miedos.

Nada más levantarme, mi mano buscó el teléfono de forma casi instintiva. Era un ritual al que ya me había acostumbrado, el primer gesto del día que me devolvía a la realidad. Encendí la pantalla y allí estaba: el mensaje que más deseaba ver, el que siempre me hacía sonreír incluso antes de haber tomado mi primer café.

"Buenos días, mi amor ❤️"

Un simple mensaje, y sin embargo, era como si el mundo entero se alineara. Sonreí y mis dedos volaron sobre el teclado.

"Buenos días, princesa ❤️"

Ya no había miedo entre nosotros. Ya no sentía que ella me ocultaba algo, que había un espacio vacío entre sus palabras que no se atrevía a llenar. Ahora, por fin, me sentía libre. Libre para quererla sin condiciones, libre para empezar a comprobar si nuestra relación realmente podía fluir, como un río que encuentra su cauce después de una tormenta.

Bajé a la cocina y desayuné en silencio, disfrutando de la rutina. Mi hermano me observó desde la puerta con una sonrisa cómplice mientras yo mordía una tostada.

-¿Ya estás bien? -preguntó, apoyándose en el marco.

-Sí -respondí, y esta vez lo dije sin dudar.

-Se te ve diferente -comentó, y asintió con aprobación-. Menos mal, porque estabas insoportable.

-Gracias por el apoyo -bromeé, lanzándole una servilleta.

Salí de casa con el sol dándome en la cara y una sensación de ligereza que no sentía desde hacía semanas. Y entonces lo vi. Gael estaba apoyado contra la pared, con su sonrisa de siempre, esa que podía sacarte de quicio pero que también podía alegrarte el día más gris.

-Chaval, te echaba de menos -dijo, y su voz sonó genuina, sin burla.

-La verdad es que yo también te he echado de menos -admití, y me sorprendió lo sincero que sonaba-. Y mira que a veces te mataría, pero luego llega un momento en que te echo en falta.

-¿Hostilidad desde primera hora? Vaya recibimiento -se rio, negando con la cabeza-. Pero bueno, parece que ya todo está resuelto, ¿no?

-Sí, podemos respirar tranquilos -dije, y sentí que las palabras pesaban menos al pronunciarlas.

Caminamos juntos mientras le ponía al tanto de todo. Le conté absolutamente todo lo que había pasado, sin saltarme ningún detalle, como si al compartirlo con él el peso se hiciera más llevadero.

-Pobre Hugo -dijo Gael, y su tono se volvió serio-. La verdad es que menuda tragedia. Morir tan joven, con toda una vida por delante... es difícil de asimilar.

-Totalmente -intervino Oliver, que apareció de la nada y se nos unió. Le pusimos en contexto rápidamente-. Morir tan joven, con sueños sin cumplir y personas que se quedan esperando... es cruel.

-Y tengo la sensación de que Aster va a estar diferente -comenté-. Esto le ha cambiado, lo noto.

-A mí siempre me pareció insoportable -admitió Gael-, pero ahora hasta me da pena.

-Nunca entendí por qué le odiabas tanto -dije, mirándolo de reojo.

Gael se quedó en silencio un momento, algo inusual en él. Bajó la mirada y jugó con las llaves que llevaba en la mano antes de responder.

-Le vi hablando con Chloe el año pasado -confesó, y su voz perdió toda la chulería-. Pensé que me la iba a quitar. Todo eran celos.

Oliver y yo nos quedamos paralizados. No esperábamos esa confesión, y menos de Gael, que siempre se las daba de despreocupado.

-¿En serio, Gael? -dijo Oliver, alzando una ceja-. ¿Todo eran celos?

-Bueno, ya sabéis que Chloe me gusta -continuó, encogiéndose de hombros-. Y Aster es el popular. Pienso que si él quisiera, podría estar con ella. Y yo... yo no.

Hay una tristeza en su voz que no le había escuchado antes. Durante un segundo, Gael no fue el payaso del grupo, sino un chico inseguro que se escondía detrás de su sonrisa.

-Gael, tío, no te valoras -dijo Oliver, poniéndole una mano en el hombro-. Eres un show andante. Lo que te ha faltado siempre con Chloe es valor. Además, desde que le diste un puñetazo... parece mucho más receptiva contigo. Deberías aprovechar.

-Es cierto -intervine yo-. Se nota que le gustan los malotes. Creo que tengo que tirar por ahí.

-Gael, sin ofender -dije con una sonrisa-, pero eres un santo. Es el primer puñetazo que das en tu vida. Aunque fue bastante bueno.

-Lo dice el matón que empuja a Aster en medio del pasillo con los profesores delante -se rio Gael, recuperando su tono habitual-. Eso sí que se vio profesional.

Llegamos al instituto, y el bullicio de los pasillos me envolvió. Pero solo había una persona en mi mente. Y allí estaba, esperándome con esa sonrisa que había aprendido a reconocer como mía.

Leia estaba apoyada contra la taquilla, con el pelo recogido en una coleta y los ojos brillantes. Se notaba que todo había acabado, que el peso que llevaba en los hombros había desaparecido. Se acercó a mí y me envolvió en un abrazo, y sentí cómo su cuerpo se relajaba contra el mío.

-Buenos días, princesa -dije, mientras acariciaba su pelo con suavidad. Era un gesto que ya se había vuelto costumbre, y me encantaba.

-Buenos días, mi amor -respondió ella, levantando la cabeza para mirarme.

Sus ojos tenían un brillo diferente, como si por fin hubiera encontrado lo que estaba buscando.

-¿Has dormido bien? -pregunté.

-Del tirón -respondió, y su sonrisa se ensanchó-. ¿Y tú?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.