Me desperté aquella mañana con una sensación extraña flotando en el pecho, como si el aire mismo hubiera cambiado de peso mientras dormía. Aster se había ido, y todo parecía haberse reordenado en cuestión de dos días. Pero era verdad: todo había cambiado. Ahora, por fin, Leia y yo podíamos dar paso a nuestro amor sin sombras ni secretos que nos acecharan. Sin embargo, durante todos esos días había estado tan absorto en el pasado de ella, tan preocupado por desentrañar sus silencios y ganarme su confianza, que apenas había prestado atención a mi hermano. Y mi hermano, Rafa, es el que cada día sufre en silencio la tormenta que se desata en casa. Yo, cegado por mi propia felicidad, lo iba ignorando un poquito más cada jornada, y eso ahora me pesaba como una losa.
Cogí el teléfono y vi el mensaje de Leia, su "buenos días" escrito con esa delicadeza que me tenía completamente enamorado. Sentí una calidez recorrer mi espalda al leer sus palabras, y contesté sin dudar:
—Buenos días, princesa —escribí, y añadí un corazón rojo que latía en la pantalla como un eco de lo que sentía.
El mote de "princesa" ya lo había usado otras veces, y cada vez que lo decía, ella sonreía con esa luz especial que solo ella tenía. Sabía que le gustaba, que en sus oídos sonaba como una caricia. Por primera vez, empecé a sentir que todo lo malo se había desvanecido, que el pasado había cerrado sus puertas, y eso no podía hacerme más feliz. Pero esa felicidad, pensé mientras bajaba las escaleras, tenía una deuda con Rafa.
Entré en la cocina y allí estaba él, sentado frente a sus cereales, moviéndolos sin apenas comer, la mirada perdida en algún punto del azulejo. Su silencio era demasiado ruidoso.
—Hoy tengo entrenamiento —dijo Rafa, sin levantar la vista.
—Muy bien, Rafa —respondí, intentando sonar animado—. Eso significa que en poco tendrás partido, ¿verdad?
—Claro que sí —asintió, y por un instante sus ojos brillaron—. Por cierto, ¿has dormido bien hoy?
—Sí, hoy he dormido bien —mentí, porque en realidad había dado vueltas pensando en él—. Ya todo se resolvió. ¿Y tú, Rafa?
Me dijo que también, pero conozco a mi hermano mejor que nadie. Su voz temblaba apenas una octava, y sus dedos giraban la cuchara en el cuenco como si buscaran un ancla. Estaba mintiendo, y esa mentira me atravesó como un cuchillo.
—¿Seguro, Rafa? —insistí, inclinándome hacia él, buscando sus ojos.
Movió los cereales en círculos, y supe que se había acostumbrado a decir que todo está bien cada vez que alguien preguntaba. Pero a mí no me engañaba; en sus hombros caídos leía el peso de las noches en vela, de los gritos que se filtraban por las rendijas de su puerta.
—¿Qué te pasa, Rafa? —pregunté, con la voz más suave que pude.
Dejó la cuchara y alzó la mirada. Sus ojos, tan parecidos a los míos, estaban empañados.
—Pues, Aiden, que esto es insoportable. Tú, por suerte, tienes en quién refugiarte. Pero yo no. Vengo a casa antes que tú y oigo todas las broncas en directo. Cada palabra, cada golpe de puerta, cada factura que gritan como si fuera nuestra culpa.
—Rafa, no digas tonterías —dije, y mi voz se quebró—. Me tienes a mí para refugiarte. Puedes contarme lo que necesites. Siempre.
Me agarró la mano y me llevó a su habitación. Nos sentamos en el borde de su cama, y por un rato, antes de ir al instituto, el tiempo se detuvo. Él habló, y yo escuché como nunca antes.
—Aiden, lo que me pasa es algo normal, supongo —empezó, jugando con el dobladillo de su sudadera—. No soporto las discusiones de nuestros padres. Pero también tengo miedo de que se divorcien y que nuestra vida se convierta en un infierno. De tener que ir de un lado a otro, de elegir a quién queremos más.
—Rafa —dije, apoyando una mano en su hombro—, papá y mamá están juntos por nosotros. Sé que son insoportables, sé que a veces parece que el techo va a caerse, pero no se van a divorciar precisamente para que tú y yo no tengamos que estar de un lado para otro. Puedes estar tranquilo. Te lo prometo.
Él negó con la cabeza, y en su gesto vi la madurez que no debería tener a sus doce años.
—El problema es que no divorciarse significa oír discusiones por facturas día tras día. Y no puedo más, Aiden. No puedo.
Eso me desgarró por dentro. Con doce años, no debería saber lo que es una factura, no debería cargar con el eco de las peleas de sus padres. Me sentí fatal. Rafa llevaba días necesitando hablar con alguien, y yo no había estado para él; estaba demasiado preocupado por cosas de fuera, por un amor que brillaba, mientras dentro de casa las grietas se hacían más profundas.
—Solo querría estar una semana sin oír gritos —susurró Rafa, y su voz era tan frágil como un cristal—. Que aparenten ser una familia normal. Aunque sea mentira, aunque solo disimulen.
Decidí cambiar el rumbo, llevarlo hacia lo que más le gustaba, hacia el único lugar donde su sonrisa era auténtica.
—¿Cuándo es tu próximo partido? —pregunté, forzando una sonrisa.
—Este sábado —respondió, y en sus ojos asomó un destello—. ¿Vendrá Leia? Pareció pasárselo bien la última vez.
—Bueno, todo está en preguntarle —dije, y mi sonrisa se hizo sincera.
—Yo quiero que venga —añadió con timidez—. Para una fan que tengo.
Lo miré con cariño, con ese amor de hermano mayor que a veces olvido mostrar. A él le hacía ilusión que Leia y yo fuéramos juntos a verlo, porque nuestros padres nunca iban a sus partidos. Nunca.
Salimos de casa, y el sol de la mañana nos envolvía cuando nos encontramos con Gael, que venía silbando con las manos en los bolsillos.
—Hombre, pero mira quién está aquí —dijo Gael, y su voz tenía esa chispa de humor que siempre lo acompañaba—. ¡Si es el pequeñín de Rafa!
Rafa frunció el ceño, pero en sus ojos bailaba una chispa de diversión.
—Oye tú, ¿cómo que pequeñín?
—Que es broma, tonto —dijo Gael, abriendo los brazos—. Venga, anda, dame un abrazo.
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Editado: 20.08.2026