Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 25

El día comenzó con una normalidad engañosa. El sol entraba por la ventana de mi habitación como cada mañana, y yo me desperté con esa sensación de plenitud que solo el amor verdadero puede regalar. Mi relación con Leia iba viento en popa, y la tarde anterior la habíamos pasado increíble animando a mi hermano Rafa en su partido de fútbol. Todo era feliz, demasiado feliz quizás, como si el universo estuviera guardando silencio antes de una tormenta de emociones.

Abrí los ojos y, como cada día desde que éramos novios, allí estaba su mensaje: "Buenos días, bombón ❤️". Esa simple frase bastaba para dibujarme una sonrisa tonta que se quedaba pegada a mi cara durante toda la mañana.

Bajé las escaleras con el móvil en la mano, aún sonriendo como un idiota, y encontré a Rafa en la cocina. Estaba tan radiante que parecía haber ganado la lotería. No había terminado de preparar mi desayuno cuando ya estaba tarareando una canción mientras servía el zumo.

—Rafa, ¿qué te pasa? Pareces un niño con zapatos nuevos —dije, dejando el móvil sobre la mesa.

—Ayer fue increíble, tío. El partido, la victoria, el ambiente... y hasta Gael estuvo divertido —respondió, con los ojos brillándole.

—Bueno, pero eso no se lo digas. Si Gael se entera de que le has llamado divertido, se nos vuelve insoportable. Ya tiene el ego lo bastante grande.

—Tienes razón, es un pesado de cuidado —admitió Rafa con una sonrisa cómplice—. Pero luego se le coge cariño, ¿sabes? Es como ese perro que ladra mucho pero al final te hace reír.

—¿Que me vas a contar a mí? Lleva desde el año pasado loquito por Chloe y no sabe hablar de otra cosa. Ahora parece que por fin se hablan, eso ya es un avance. Hace unos meses ni siquiera se atrevía a mirarla.

Rafa soltó una carcajada mientras mordía su tostada.

—¿Ver a Gael intentando ligar? Eso debe ser una experiencia única. ¿Se pone todo nervioso? ¿Le tiembla la voz?

—Lo mejor es que cuando Chloe aparece, Gael se cree que es un malote. Se pone serio, frunce el ceño, intenta imitar a esos tíos de las películas de acción... pero Chloe no es tonta, seguro que lo ve venir a kilómetros.

—¿Gael malote? Eso sí que tengo que verlo para creérmelo. Será como ver a un gato intentando rugir como un león.

—Es de vergüenza ajena, te lo juro. El otro día intentó apoyarse en la pared con estilo y casi se cae. Yo quería desaparecer.

Salimos de casa riendo, con la mochila al hombro y la luz de la mañana acariciándonos la cara. El aire olía a primavera, a días más largos y a promesas de verano. Tenía el pensamiento puesto en encontrar a Gael en la esquina de siempre, esperándonos con alguna ocurrencia absurda que nos hiciera reír antes de entrar al instituto.

Pero cuando llegamos a la puerta de su casa, no había ni rastro de él.

—¿Y Gael? —preguntó Rafa, mirando a un lado y a otro como si pudiera aparecer por arte de magia.

—Ni idea, esto es rarísimo. Gael nunca falta. ¿Se habrá puesto malo? ¿O se habrá dormido? —dije, sintiendo una punzada de preocupación, aunque sabía que Gael era más fuerte que un roble.

—Igual se ha dormido y llega tarde. Anoche me dijo que estaba hasta tarde viendo una serie, seguramente se ha quedado pegado al móvil.

Empezamos a andar hacia el instituto, charlando sobre el partido de Rafa y sobre lo bien que había jugado. El camino era el de siempre, pero esa mañana tenía un brillo especial. Quizás era el sol, o quizás era que sabía que en unos minutos vería a Leia.

Y entonces, como si hubiera invocado su presencia, la sentí detrás de mí. Su voz, suave como la miel, me envolvió desde la espalda.

—Hola, bombón —susurró cerca de mi oído, y un escalofrío recorrió mi columna vertebral.

Me giré y allí estaba ella, con su sonrisa de siempre y ese brillo en los ojos que me derretía cada mañana.

—Hola, guapa. ¿Qué tal has dormido? —pregunté, inclinándome para darle un beso en la mejilla.

—Genial, pero mejor ahora que te veo —respondió, enganchando su brazo al mío.

—Oye, disimulad un poco que estoy aquí, ¿eh? —se quejó Rafa, poniendo cara de disgusto—. No os podéis estar ni un minuto sin hacer de los mimos.

—A ver qué dices tú cuando te eches novia, hipócrita —contesté, riéndome—. Luego veremos quién es el más empalagoso.

Rafa puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar una sonrisa.

—¿Tú crees que encontraré a alguien como Leia? —preguntó en tono bromista.

—Ni de broma. Mi Leia es única —dije, apretándole la mano.

Llegando al instituto, el bullicio de los estudiantes llenaba el patio. Y entonces lo vimos. Gael estaba allí, apoyado contra la puerta principal, pero no era el Gael de siempre. Llevaba el jersey perfecto, recién planchado, sin una sola arruga, y el pelo peinado con tanto esmero que parecía listo para hacer la primera comunión. Hasta los zapatos brillaban, como si los hubiera lustrado durante horas.

—Pero bueno, Gael, ¿hoy es tu confirmación o qué? —dijo Rafa, empezando a reírse sin poder contenerse.

Gael se giró con una dignidad que resultaba casi cómica, se ajustó el cuello de la camisa y respondió con una voz que intentaba sonar grave y madura:

—Chavalin, esto son cosas de mayores. No lo entenderías.

Rafa no pudo más y entró al instituto doblado de la risa, dejándonos a Leia, a Gael y a mí en la entrada.

—Tú, ¿qué vas de boda o algo? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Te has perdido y has acabado en una pasarela de moda?

—Que pesado eres, Aiden. Solo estoy intentando cuidar mi imagen, ¿eso es tan difícil de entender? —dijo Gael, cruzando los brazos con un gesto que pretendía ser imponente pero que resultaba tierno.

—Pero si hasta te has puesto gel, ¡y eso que dices que el gel es cosa de "pijos"! —contesté, señalando su cabello perfectamente fijado.

En ese momento apareció Oliver, con su mochila descolgada y los auriculares puestos. Al ver a Gael, se detuvo en seco y se quitó los cascos con una sonrisa de oreja a oreja.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.