Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 26

Otro día más. Despierto con una sonrisa que no se borra ni siquiera antes de abrir los ojos. Me tomo unos minutos en la cama, saboreando el recuerdo de cada momento feliz del día anterior: los besos que le di a Leia, su risa cuando espiábamos juntos a Gael y Chloe en el parque, la cara de Gael cuando por fin consiguió robarle un beso a Chloe. Todo iba tan bien que hasta me daba miedo. Porque yo no estoy acostumbrado a que la vida sea sencilla, a que todo fluya sin tropiezos. Siempre espero el golpe, la piedra en el camino. Pero estos días me estaban dando motivos para creer que, quizás, la vida sí podía ser así de simple y bonita.

Me quedé un buen rato mirando al techo, con una sonrisa tonta de oreja a oreja, hasta que el teléfono vibró sobre la mesilla. Era Leia, como cada mañana, con su mensaje de buenos días lleno de corazoncitos y de esa ternura suya que me derrite. Le contesté al instante, y sin pensarlo dos veces le escribí que tenía muchísimas ganas de verla. Era cierto. Cada hora que pasaba sin ella se me hacía eterna.

Mientras me vestía, no pude evitar hacer un viaje al pasado, a ese agosto gris y aburrido en el que solo quería que el curso empezara para tener algo que hacer. Recuerdo perfectamente aquella tarde con Gael en el parque, sentados en el banco de siempre, quejándonos de lo vacío que se sentía todo. Le decía que no tenía ilusión por nada, que el instituto me parecía una rutina sin sentido. Si llego a saber que todo esto iba a pasar, que iba a conocer a Leia y que íbamos a formar este grupo tan especial, no habría ido a quejarme con Gael. Habría ido a gritarle a los cuatro vientos que me moría de ganas de que empezara septiembre.

Bajé a la cocina para desayunar y me encontré a Rafa, mi hermano pequeño, con una energía que desbordaba la cocina. Literalmente, no podía estar quieto, dando saltos alrededor de la mesa mientras intentaba comer un bol de cereales. En su mano brillaba la pantalla del móvil con el mensaje de su entrenador. Me lo enseñó con una mezcla de orgullo y nerviosismo: el siguiente partido era el más importante de su vida. Si su equipo llegaba a la final y Rafa marcaba un gol, un club importante estaba dispuesto a ficharlo para su cantera. Y Rafa, con solo doce años, ya era el máximo goleador de su liga.

-¿Aiden, tú crees que lo conseguiré? -me preguntó con los ojos brillantes, como si yo tuviera la respuesta al futuro.

-Rafa, teniendo en cuenta que metes gol en todos los partidos desde que empezó la temporada, tendrías que tener muy mala suerte para que justo en la final se te secara la puntería -le dije riéndome, y le revolví el pelo.

Una sonrisa de alivio se pintó en su cara, como si mis palabras hubieran pesado más que cualquier discurso de su entrenador. Después, sin previo aviso, me soltó la pregunta que heló el ambiente:

-Y tú, hermanito, ¿estás muy enamorado de Leia?

-¡Pero callate! -exclamé abriendo los ojos como platos, pero ya era tarde. Mis padres, que estaban al otro lado de la cocina, habían oído perfectamente. Y yo no había dicho ni una palabra sobre Leia en casa. De hecho, hacía meses que no les contaba nada de mi vida. No por rencor, sino porque había dejado de confiar en ellos.

-¿Leia? -mi madre dejó la taza de café en el mármol-. ¿Hijo, tienes novia?

-Cariño, esas cosas no nos las va a querer contar -dijo mi padre con un tono resignado, como si ya estuviera acostumbrado a que yo levantara muros.

Pero esa mañana, quizás por el subidón de felicidad, decidí que era el momento. Bajé la guardia y lo solté todo.

-Bueno, creo que tenía que contarlo tarde o temprano. Sí, tengo novia. Se llama Leia y llevamos saliendo algo más de una semana.

-¡Pero bueno, Aiden! Eso es genial -dijo mi padre, con una alegría que casi me sorprendió.

-¿Y es buena chica? -preguntó mi madre, con ese tono de preocupación maternal que siempre me ha sacado de quicio.

-Claro que es buena chica. Yo la conozco y es un encanto -intervino Rafa, saliendo en mi defensa sin que se lo pidiera.

-Ah, ¿y a nosotros no pretendes presentárnosla? -insistió mi madre, cruzando los brazos.

Fue entonces cuando algo se rompió dentro de mí. No sé si fue el cansancio acumulado de tantos años de discusiones o el miedo a que arruinaran lo único bonito que me estaba pasando. El caso es que las palabras salieron solas, más duras de lo que esperaba.

-¿Para qué? ¿Para que os pongáis a discutir delante de ella como hacéis siempre? Ni siquiera sabéis aparentar normalidad cuando estamos los cuatro juntos. ¿Cómo queréis que la traiga si no sois capaces de hacer como que somos una familia normal, aunque solo sea por un rato?

El silencio que siguió fue tan pesado que hasta el tic-tac del reloj de la cocina pareció detenerse. Mi madre me miró con los ojos húmedos, y en su rostro vi una mezcla de decepción y dolor. Mi padre, en cambio, bajó la cabeza y asintió lentamente, como reconociendo que mis palabras tenían razón. No dijo nada, pero su silencio fue más elocuente que cualquier discurso.

Para romper el hielo, Rafa preguntó con una voz tan tierna que me desarmó:

-Bueno, Aiden... ¿Crees que estarás muchos años con Leia?

-Claro que sí -respondí sin dudar ni un segundo, y sentí que aquellas palabras no eran solo un capricho, sino una certeza que llevaba dentro desde el primer día que la vi.

Seguimos desayunando en un clima tenso, pero poco a poco el ambiente se fue aligerando. Sin embargo, algo en Rafa no me cuadraba. Normalmente es un torbellino de energía, pero hoy lo notaba apagado, como si le hubieran robado la batería.

-Rafa, ¿estás bien? -le pregunté, arrugando el ceño.

-Sí, solo que me noto muy cansado -respondió, y su voz sonaba débil, casi arrastrada.

-¿Cansado? Pero si te acuestas a las once y te levantas a las ocho. Duermes nueve horas.

-No sé, supongo que habré dormido, pero no habré descansado bien -dijo encogiéndose de hombros.




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