Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 27: La semifinal

Dormí bien, sí. Esa noche caí rendido en cuanto mi cabeza tocó la almohada, como si el cansancio acumulado de los últimos días hubiera decidido cobrarse su deuda de una vez. Pero cuando abrí los ojos, cuando la luz del amanecer se coló por la rendija de la persiana y se estampó contra mi cara, noté que algo no encajaba. No desperté con esa calma plácida que había sentido en las mañanas anteriores, esa sensación de que el mundo estaba en su sitio y todo fluía como debía. Había algo en el ambiente, una tensión invisible que se enredaba en el aire como un hilo que alguien había tirado demasiado fuerte.

Mi hermano. Siempre es mi hermano. Él es lo más importante para mí, y ayer estaba raro. No es que Rafa sea una persona fácil de leer, al contrario, es un torbellino con piernas, una fuerza de la naturaleza que irrumpe en cualquier sitio y lo transforma todo. No hace falta que hable, no hace falta que haga nada especial. Basta con que entre por la puerta para que el jaleo se note, como si el silencio tuviera miedo de quedarse a su lado. Esa energía suya, esa chispa que lo hace saltar de un sitio a otro sin previo aviso, es lo que lo define. Pero ayer estaba apagado.

Y no hablo de ese cansancio normal que todos sentimos de vez en cuando, ese que se quita con un buen café y un par de minutos mirando al techo. Hablo de un cansancio distinto. Profundo. Como si alguien le hubiera robado la batería por dentro y solo le quedara el cascarón. Me pasé toda la noche dándole vueltas, intentando convencerme de que solo era eso: un mal día. Porque Leia, con esa sabiduría suya que a veces me molesta porque siempre tiene razón, me lo había dicho bien claro:

—No todos estamos al cien por cien a diario, Aiden. Hay días que aunque hayamos dormido como troncos, el cuerpo nos pide tregua. Dale un respiro.

Y además, Rafa juega al fútbol como si en cada partido se jugara la vida. No regala ni un minuto, no perdona ni un balón. Corre como si le persiguieran demonios y dispara como si el balón tuviera la culpa de todo. Esa intensidad es su marca, su sello. El problema es que cuando se entrega tanto, el desgaste acaba llegando. Tiene doce años, pero parece que lleva treinta sobre el césped.

Pero aunque todo apuntara a que solo necesitaba descansar, aunque las explicaciones fueran lógicas y razonables, yo no podía quitarme esa espina del costado. No me servía de alivio. Necesitaba verlo con mis propios ojos, escuchar su voz, notar que la chispa había vuelto a encenderse. Necesitaba saber cuanto antes si estaba bien. Si volvía a ser el de siempre.

Me vestí rápido, casi sin pensar. Pantalones vaqueros, camiseta cualquier cosa, las zapatillas puestas a trompicones. Agarré el teléfono de la mesilla y vi un mensaje de Leia. Era de hacía unos minutos, recién llegado. Ponía: "Buenos días, cielo. ¿Qué tal está Rafa? ¿Ya se le ha pasado el bajón? Avísame, que estoy preocupada." Sonreí al leerlo. Leia se preocupaba por mi hermano casi tanto como yo, y eso me reconfortaba.

Le respondí rápido, con los dedos temblorosos: "Todavía no lo he visto. Bajo a desayunar con él ahora mismo. Te cuento en clase." Guardé el móvil en el bolsillo y salí disparado de la habitación.

Bajé las escaleras casi sin tocarlas, como si el tiempo se hubiera acelerado y yo necesitara llegar antes de que algo cambiara. El primer sitio donde fui fue la cocina, porque Rafa es de los que nunca falta al desayuno. Pero no estaba. Mi corazón dio un vuelco. Fui al salón y ahí estaba, sentado en el sofá, con el móvil en la mano, mirando algo que no sé si realmente veía.

Se giró al oírme bajar y se quedó paralizado. Yo debía tener una cara de loco, porque parpadeó un par de veces y esbozó una sonrisa extrañada.

—¿Qué pasa, hermanito? —dijo tranquilamente. Su voz sonaba menos cansada que ayer. Había recuperado algo de ese tono natural, pero aún así, yo seguía escudriñando cada detalle.

—Nada, ¿cómo estás? —pregunté, sin poder disimular el nerviosismo.

—Ya estoy bien, te dije que hoy ya estaría nuevo —respondió Rafa, arqueando una ceja. Su mirada se posó en mi cara, y vi cómo sus ojos se entrecerraban, analizando mi expresión. Notó que yo no estaba tranquilo. De hecho, por un momento pareció más preocupado por mí que por él mismo—. ¿Seguro que estás bien tú? Pareces que hayas visto un fantasma.

—Claro que estoy bien, lo que pasa es que... ayer te vi fatal, Rafa. De verdad. —Me senté a su lado y apoyé una mano en su hombro—. Me asustaste.

—Bah, fue un mal día. Hoy es semifinal, hermano. ¿Crees que voy a dejar que un poco de cansancio me arruine el partido más importante del año? —dijo con una chispa en los ojos que me devolvió la vida—. Voy a jugar la semifinal, y pienso meter gol. Ya verás.

Ahí sí, ahí lo vi. El Rafa que conocía, el que se come el mundo con una sonrisa y no le tiene miedo a nada. Su cara se iluminó como si hubiera encendido una bombilla, y su postura cambió por completo. De repente ya no era el chico cansado del sofá, era el futbolista que sabe que va a hacer historia.

—¿Y el equipo rival cómo es? —pregunté, dejando que la conversación fluyera hacia algo más normal.

—Peligroso, tío. No han encajado ni un solo gol en todo el campeonato. Su portero es un muro, van invictos. —Rafa se inclinó hacia adelante, frotándose las manos con una energía que no había tenido en todo el día anterior.

—¿Y eso no te da miedo? —insistí, porque quería ver cómo reaccionaba, quería comprobar que su seguridad no era fingida.

—¿Miedo? —soltó una risa corta, de esas que solo salen cuando estás realmente seguro de ti mismo—. Al revés, me motiva más. Si soy el primero en meterle gol a esa portería, tendré mucho más mérito. Me convertiré en leyenda. Ya verás, cuando lo haga, hasta los periodistas se acordarán de mí.

—Ojalá ganes, Rafa. Te lo mereces. Juegas increíble. —Lo dije sin dudar, porque era verdad. No hay nadie que lo haga mejor que él, al menos en mi opinión. Y no es que sea su hermano, es que lo he visto entrenar, sudar, caerse y levantarse un millón de veces.




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