Me desperté al día siguiente con una sensación de inquietud que no lograba sacudirme. Lo que le había pasado a Rafa en el partido ya no me parecía una casualidad; había algo en él que no encajaba, un desajuste que iba más allá del cansancio muscular. Notaba su rostro pálido cuando se llevaba la mano al pecho, y aunque él lo achacaba a los entrenamientos, mi instinto me decía que aquello era más profundo. Pero, ¿cómo convencerlo si él mismo se negaba a escuchar? Cada vez que intentaba abordar el tema, Rafa desviaba la conversación con una sonrisa forzada y repetía su mantra: «Es solo fútbol, Aiden, no le des más vueltas».
Leia me escribió por la mañana, y su primer mensaje fue para preguntar por Rafa. Se notaba que también estaba preocupada; sus palabras llegaban cargadas de esa misma inquietud que yo sentía. Le conté que Rafa seguía en su postura, convencido de que todo era fruto del exceso de esfuerzo, pero que el dolor de pecho y el desmayo no eran cosas que se pudieran ignorar tan a la ligera. Ella me respondió con un emoticono de duda y un «habrá que vigilarlo, Aiden, no te confíes».
Cuando bajé a desayunar, mi preocupación se disipó como por arte de magia. Rafa estaba en la cocina con una energía descomunal, como si hubiera dormido diez horas y hubiera desayunado rayos de sol. Revolvía los cereales con entusiasmo y tarareaba una canción que sonaba en su móvil mientras movía la cabeza al ritmo. Su sonrisa era tan amplia que parecía querer comerse el mundo. Fue entonces cuando soltó la noticia: un equipo importante estaba interesado en ficharlo para la temporada siguiente. Sus ojos brillaban con una ilusión que hacía semanas no veía.
—Rafa, pareces otro hoy —dije, dejando caer la mochila en una silla y observándolo con una mezcla de alivio y asombro.
—Ya te dije que era por hacer demasiado esfuerzo, Aiden —respondió él, dándome una palmada en el hombro mientras se servía un vaso de leche. Su tono era ligero, como si el incidente del partido hubiera sido una anécdota olvidada.
—Pero si te vuelve a pasar algo así, ten claro que vamos directos al hospital —intervino mi madre desde la encimera, donde preparaba el café. No levantó la vista, pero su voz tenía un deje de autoridad que no admitía réplica.
Rafa ya les había contado a nuestros padres lo sucedido, aunque lo había empaquetado como una simple anécdota deportiva. Ellos asintieron con esa tranquilidad de quienes confían en la juventud y su capacidad de recuperación, pero yo no podía quitarme de la cabeza la imagen de Rafa desplomado en el césped, con el rostro desencajado. Si por mí fuera, ya lo habría arrastrado a Urgencias.
—Bueno, hermanito —dijo Rafa, alzando el vaso como si brindara—, ya sabes que yo estoy hecho un toro. A mí qué me va a pasar, si no he pisado un médico en mi vida. —Y rió, una risa contagiosa que me hizo esbozar una sonrisa a pesar de todo.
Salimos de casa y, al cruzar la puerta, nos topamos con Gael. Hacía tiempo que no lo veía esperándonos tan temprano; desde que empezó su relación con Chloe, sus visitas matinales se habían vuelto más esporádicas. Allí estaba, apoyado contra la valla, con las manos en los bolsillos y el pelo alborotado por el viento.
—Hombre, Gael, qué raro verte aquí —dije, levantando una ceja.
—Chaval, estaba preocupado por Rafa —respondió él, sin rodeos—. Quería ver cómo está, pero vamos, le veo mejor que a mí. —Me guiñó un ojo y le dio un ligero empujón a Rafa.
—Claro que estoy bien, una caída la tiene cualquiera —repitió Rafa, encogiéndose de hombros.
—Rafa, no es algo muy normal —insistió Gael, esta vez con un tono más serio, casi grave—. Deberías mirártelo aunque solo te haya pasado esta vez. No es cuestión de suerte, es cuestión de salud.
—Gael, no me estreses —cortó Rafa, levantando una mano en señal de paz—. Era exceso de deporte. He estado toda la semana entrenando como un loco para el partido que visteis ayer, nada más.
—Bueno, tú sabrás —dijo Gael, encogiendo los hombros—, pero yo me lo miraría. Por si acaso.
Sus explicaciones no sirvieron de nada. Rafa seguía aferrado a su versión, como si hablar del tema pudiera hacerlo realidad. Llegamos al instituto y Leia nos esperaba en la puerta, con el móvil en la mano y una expresión de alivio al vernos.
—Qué alegría, Rafa —dijo ella, abrazándolo rápido—. Hoy pareces muchísimo mejor.
—¿Princesa, a mí no me saludas? —interrumpí, fingiendo un puchero.
—Si, mi amor, ¿cómo estás tú? —respondió Leia, dándome un beso en la mejilla. Su mano encontró la mía y la apretó con suavidad.
—Pues estaba igual de preocupado que tú —admití—, pero también le veo con mucha energía. Parece que se ha levantado con el pie derecho.
Subimos juntos a clase, y de camino hablamos de lo bien que nos estaba yendo todo. Leia y yo nos habíamos conocido hacía pocas semanas, pero la conexión era tan intensa que parecía que nos conociéramos de toda la vida. Mientras caminábamos, le conté lo del posible fichaje de Rafa, y ella sonrió con genuina alegría.
—La verdad, Leia —dije, deteniéndome un momento para mirarla a los ojos—, estoy sorprendido. No estoy acostumbrado a que tantas cosas de golpe me salgan bien. —Me incliné y le robé un beso rápido, sintiendo cómo sus labios se curvaban en una sonrisa.
—Desde luego, parece imposible que todo vaya tan bien —dijo ella, riendo y enredando sus dedos con los míos.
Ya en clase, el ambiente era el mismo de los días anteriores: una armonía que me resultaba casi irreal. Chloe y Gael estaban sentados juntos, riendo y compartiendo auriculares, como si el mundo no existiera alrededor. Todos seguíamos sorprendidos por esa relación que, en un principio, parecía condenada al fracaso; pero ahora era evidente que estaban hechos el uno para el otro. Su química era tan brutal que hasta Oliver, desde su pupitre, los miraba con una mezcla de envidia y resignación.
Oliver, como siempre, era el blanco de las bromas. Gael no perdió la oportunidad de llamarlo «sujetavelas» en voz alta, y Chloe le dio un codazo con cariño, pero Oliver se limitó a encogerse de hombros y sonreír con fingida dignidad.
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Editado: 20.08.2026