Aquella noche apenas pegué ojo. Cada vez que cerraba los párpados, la imagen de mi hermano Rafael retorciéndose en la cama volvía a golpearme como una oleada de agua helada. Verlo así, con la respiración cortada, agarrándose el pecho como si alguien le hubiera clavado un puñal, y esos labios que comenzaban a teñirse de un azul enfermizo... fue algo que se me grabó en la retina. No pude dejar de dar vueltas, preguntándome si debía haber llamado a mis padres, si aquello era más grave de lo que Rafa quería admitir. Pero él me había hecho prometer que no diría nada, y yo, como un idiota, mantuve la boca cerrada.
Cuando el sol empezó a colarse por la persiana, bajé a la cocina con el corazón encogido, temiéndome lo peor. Para mi sorpresa, allí estaba Rafa, como si nada, sentado a la mesa con su bol de cereales y una sonrisa tan amplia como la de cualquier otro día. No había rastro del pánico de la noche anterior. Parecía otro.
—¿Tú qué haces despierto tan temprano? —dijo Rafa, mordiendo una cucharada con despreocupación.
Me quedé un instante observándolo de reojo, intentando descubrir alguna grieta en su fachada de fortaleza.
—Has dormido bien... —pregunté, midiendo cada palabra.
—Como un tronco —respondió con una ligereza que me heló la sangre. ¿Cómo podía hablar así después de lo que había visto? No podía creer que hubiera conciliado el sueño como si nada, pero me contuve. Sabía que, si lo presionaba, él se encerraría aún más en su silencio.
Subí a mi habitación a coger la mochila y fue entonces cuando el móvil vibró. Era Leia.
—¿Qué tal está Rafa? —preguntó su mensaje.
Le conté todo, sin edulcorar nada: el ahogo, el dolor en el pecho, los temblores, el tono azulado de sus labios. Antes de que pudiera terminar de escribir, ella me llamó directamente, y su voz al otro lado del auricular sonaba tensa, casi cortante.
—Aiden, esto ya no es normal. Tiene que ir al médico ya, no puede esperar.
—Lo sé... —murmuré, sintiendo el peso de la responsabilidad.
—¿Se lo vas a decir a tus padres? —insistió.
—No sé... él no quiere que se lo cuente —tartamudeé, sabiendo que mi respuesta sonaba a excusa barata.
—¿Pero es que sois tontos los dos o qué? Baja ahora mismo y diles la verdad, Aiden. No puedes jugar a este juego.
—Leia, que Rafa me ha pedido...
—Me da igual lo que te haya pedido —me interrumpió, con ese tono que yo ya conocía y que no admitía réplica—. Baja ahora o voy yo en persona y se lo suelto a tus padres. ¿Me has oído?
—Vale, vale... ahora bajo —cedí, porque sabía que Leia era capaz de cumplir su amenaza.
Bajé las escaleras con el corazón en un puño. Mis padres estaban en el salón, preparando el desayuno, y yo, sin encontrar mejor manera de romper el hielo, solté la bomba:
—Mamá, papá... Rafa volvió a encontrarse muy mal anoche.
Rafa abrió los ojos como platos, sorprendido de que hubiera roto mi promesa.
—¡Pero cállate! —exclamó, con un destello de enfado y miedo.
—¿Cómo? —dijeron mis padres al unísono, dejando las tazas en la encimera.
—No fue para tanto —intentó Rafa, encogiendo los hombros, pero yo ya no estaba dispuesto a callarme.
—No, Rafa. Te faltaba el aire, te dolía el pecho y estabas temblando. Anoche te vi, y no era una broma.
Mis padres se quedaron mudos, con el rostro desencajado. El ambiente, que hacía un momento respiraba tranquilidad, se volvió denso, casi irrespirable. Mi madre dejó el paño que tenía en las manos y se acercó a Rafa con los ojos brillantes.
—¿Por qué no nos llamasteis? —preguntó, con la voz quebrada.
Rafa bajó la mirada y jugueteó con el borde de la mesa.
—Porque sabía que ibais a llevarme al médico —susurró, como si aquello fuera un crimen.
—Hombre, claro que te vamos a llevar —dijo mi padre, ya con las llaves del coche en la mano—. Vamos ahora mismo.
—No puedo ir ahora —se defendió Rafa, alzando la voz—. Tengo que hacer la prueba para el club de fútbol. Es hoy, no puedo faltar.
—Si el club es tan importante, querrán que estés en perfecto estado, ¿no crees? —intervine, viendo cómo mi hermano se aferraba a cualquier excusa para escapar del hospital.
No pasaron ni cinco minutos antes de que estuviéramos todos en el coche, rumbo al centro de salud. El trayecto se hizo eterno, lleno de silencios incómodos y miradas que se evitaban.
En la consulta, el médico escuchó con atención la lista de síntomas que mi madre le fue relatando. Mientras hablaba, su expresión fue cambiando: primero curiosidad, luego preocupación, y finalmente una seriedad que me heló la sangre.
—¿Alguien en la familia ha tenido problemas cardiacos o desmayos sin causa aparente? —preguntó el doctor, mirándonos a todos.
Mis padres se intercambiaron una mirada y negaron con la cabeza. Nunca habíamos oído hablar de nada parecido en la familia. Yo, al escuchar la palabra "cardiaco", sentí un vuelco en el pecho. ¿Qué clase de enfermedad podía tener mi hermano para que el médico preguntara eso?
—Bueno, Rafael —dijo el doctor, con un tono que intentaba ser tranquilizador—, vamos a hacerte unas pruebas. Empezaremos con un electrocardiograma y un ecocardiograma; si no encontramos nada, haremos análisis de sangre y, si hace falta, una resonancia cardíaca.
Rafa se quedó pálido.
—¿Y eso duele? —preguntó, con un hilo de voz.
—No, hombre, apenas te tocaremos —respondió el médico, forzando una sonrisa.
Mientras Rafa estaba en la sala de pruebas, yo esperaba en el pasillo, con el móvil en la mano. Leia me escribió:
—¿Cómo está?
—Le están haciendo unas pruebas rarísimas —contesté, con los dedos temblorosos.
La espera se hizo eterna. Cada minuto parecía una hora. Hasta que, por fin, la puerta se abrió y Rafa salió con una sonrisa forzada, intentando bromear:
—¿Veis? Estoy hecho un toro.
Pero detrás de él, el médico apareció con el rostro serio, y su mirada decía mucho más que cualquier palabra.
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Editado: 20.08.2026