Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 30

Me desperté después de pasar una de las peores noches de mi vida.

El insomnio había dejado mi cabeza como un laberinto de niebla, y durante unos segundos, al abrir los ojos, no supe ni dónde estaba. Fue un amnesia breve, un regalo cruel que se desvaneció en cuanto la realidad se coló como un cuchillo entre las costillas: miocardiopatía hipertrófica. Esas dos palabras, dichas por el médico con una gravedad que aún resonaba en mis oídos, lo cambiaron todo. Y en cuanto las recordé, no lo dudé ni un instante. Me levanté de la cama con el corazón latiendo tan fuerte que creí que iba a estallarme el pecho, bajé las escaleras casi sin tocar los escalones, y fui al desayuno con una única misión: ver a Rafa.

Para mi asombro, después de semejante noticia, Rafa estaba sentado en la mesa como si nada. Con su camiseta de fútbol desgastada, el pelo revuelto y una sonrisa que parecía haberse instalado en su cara para quedarse. Incluso bromeaba con el cereal.

-Buenos días, hermanito -dijo Rafa, con esa voz suya que siempre sonaba a tarde de partido.

Me quedé clavado en la puerta de la cocina, mirándolo fijamente, buscando en sus gestos, en su respiración, en el brillo de sus ojos algún indicio de que lo que habíamos oído ayer era mentira. Pero no, él estaba ahí, entero, vivo, bromeando.

-¿Qué pasa? ¿Nunca has visto a un enfermo desayunar? -dijo Rafa con una tranquilidad que helaba la sangre y al mismo tiempo la calentaba.

Soltó una risita y yo forcejeé para esbozar una sonrisa. Me salió torcida, pero él la aceptó como un triunfo.

-Aiden, tengo claro que esta mierda no va a robarme la personalidad. Así que si hago bromas, te aguantas, ¿vale? -dijo Rafa, y me guiñó un ojo mientras hundía la cuchara en el bol.

Mis padres, en cambio, parecían dos estatuas de sal. Se habían instalado en la cocina como si fuera un quirófano, observando cada movimiento de Rafa con una intensidad que rozaba lo patético. Ni siquiera discutían, que era su deporte favorito desde que yo tenía memoria. Simplemente miraban. Miraban cómo respiraba, cómo masticaba, cómo parpadeaba. Rafa, con esa inteligencia suya para leer el ambiente, empezó a sentirse incómodo.

-Mamá, deja de mirarme así -dijo, dejando la cuchara con un golpe seco-. No soy de cristal.

Mi madre parpadeó, llevó la mano a su pecho, y luchó por contener las lágrimas. Lo intentó, de verdad, pero su voz se quebró igual.

-Ya lo sé, cariño...

-Pues entonces trátame como siempre -respondió Rafa, y su sonrisa se hizo más ancha, como un escudo.

Mis padres se retiraron a la cocina a hablar en susurros, y nosotros nos quedamos solos en el comedor. El sol entraba por la ventana y dibujaba rayas doradas en la mesa. Rafa dejó el cuenco a un lado, apoyó los codos y me miró con esos ojos que siempre parecían estar tramando algo.

-Sabes, Aiden, llevo toda la noche pensando en una cosa...

-¿En qué? -pregunté, con la garganta apretada.

-Quiero hacer una lista. Una lista de todo lo que quiero hacer.

-¿Una lista? -extrañado, arrugué el ceño.

-Sí. De las cosas que quiero hacer antes de ser un abuelo de doce años -dijo, y se rió de su propia ocurrencia.

La forma en que hablaba de su enfermedad, con esa ligereza, me dejaba sin aliento. Yo creo que, en su lugar, me habría encerrado en mi cuarto a llorar hasta quedarme seco. Pero Rafa no. Rafa parecía haber hecho las paces con su cuerpo mucho antes que nosotros.

-Mira, ya tengo apuntadas algunas -dijo, y sacó un papel arrugado del bolsillo de su sudadera. Leyó en voz alta, como si fueran versos de un poema-: jugar al fútbol contigo, pasar un día entero con los amigos, volver al césped aunque sea para olerlo, viajar en familia, conseguir una camiseta firmada de un equipo de verdad, y pasar un día sin pensar en la enfermedad.

-Son muchas cosas, eh -dije, y esta vez la sonrisa me salió más natural.

-¡Ah, sí! Y una más -añadió, levantando un dedo-: hacerme una foto contigo y que salgamos guapos los dos. Que conste que lo difícil eres tú.

Nos reímos, y por un segundo el mundo dejó de ser ese lugar oscuro donde las palabras de los médicos pesaban más que cualquier abrazo.

Mis padres volvieron de la cocina, pero su mirada seguía siendo una lupa sobre Rafa. Ya no disimulaban. Rafa suspiró, se levantó, y me tiró del brazo.

-Vámonos al parque, que aquí se respira funeral.

Salimos, y el aire fresco de la calle nos envolvió como una caricia. En el parque estaban todos: Gael, Oliver, Chloe y Leia. Cuando vieron a Rafa, se quedaron en silencio un momento, como si no supieran si abrazarlo o tratarlo con pinzas. Fue Gael quien rompió el hielo.

-Chaval, ¿cómo estás? -dijo, con una mano en el hombro de Rafa.

-Estoy bien -respondió Rafa, encogiéndose de hombros-, pero lo del fútbol me tiene amargado. No poder jugar es peor que la enfermedad.

Todos se quedaron mudos. Era increíble cómo Rafa conseguía que su corazón enfermo fuera el tema secundario. Gael, para aliviar la tensión, empezó a hacer bromas tontas; Oliver se quejó del calor, de la sombra, del césped, de todo; Chloe y Gael tuvieron una discusión absurda sobre si el agua moja; y Leia, a mi lado, me rozó la mano sin decir nada. Rafa, en su elemento, convenció a todo el grupo para hacernos una foto.

-Vamos, que esto hay que inmortalizarlo -dijo, colocando el móvil en una farola.

Nos amontonamos, y él se puso a mi lado, justo como hacía siempre. Leia se colocó detrás de nosotros, y los demás formaron un círculo irregular.

-Sonríe un poco, que pareces un muerto -me susurró Rafa.

-Sonríe tú, que pareces un payaso -contesté, y la foto nos pilló a los dos riéndonos.

Más tarde, cuando el grupo se dispersó, Rafa se sentó en el césped con el balón entre las piernas. Yo me senté a su lado, y Gael, Oliver y los demás se fueron alejando. Rafa miraba el balón como si pudiera hablarle.

Gael se acercó a Rafa.




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