Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 31

Toda la noche recibiendo mensajes de todo el mundo, a Leia, con la que estaba hablando justo cuando pasó la tragedia, dejé de contestarla de un momento a otro. Después de pasar un tiempo interminable abrazando las botas de fútbol de Rafa, mi cuerpo no pudo más, y me quedé dormido hasta que sonó la alarma.

Al coger el móvil, lo primero que vi fue que al dejar a Leia con la palabra en la boca tenía varios mensajes suyos preguntándome si estaba todo bien. Pensé que lo mejor que podía hacer era llamarla de inmediato.

—¿Aiden... qué ha pasado? —dijo Leia al instante de coger el teléfono, su voz temblorosa.

—Leia, anoche... —mi voz se cortaba, no era capaz ni de pronunciar las palabras. Sentía un nudo en la garganta que me impedía respirar.

—¿Rafa...? —intenté continuar, pero el nombre se me escapaba entre sollozos.

—¿Qué? ¿Qué pasa con Rafa? ¿Está bien? —preguntó Leia, y el hecho de que ella hasta ese momento pensase que seguía con vida y hablase de él con tanta naturalidad fue un mazazo para mi corazón.

Me quedé en silencio. No era capaz de decirlo en alto. Las palabras se negaban a salir, como si al pronunciarlas hicieran real lo que aún no podía aceptar.

—Aiden, ¿qué pasa? Me estoy preocupando muchísimo —insistió Leia, y noté el pánico en su voz.

—Leia... Rafa ha muerto —dije, y me puse a llorar al instante, dejando escapar todo el dolor que había estado conteniendo.

Ella se quedó en completo silencio durante unos segundos. Solo se oía su respiración entrecortada al otro lado del teléfono.

—No... —susurró Leia, y empezó a llorar. Un llanto desgarrador que atravesó el teléfono y se clavó en mi pecho.

—Ha muerto esta madrugada de un paro cardíaco —dije con el dolor más profundo que nunca había sentido. Cada palabra era una puñalada.

—No es verdad. Ayer estaba bien, con nosotros en el parque —dijo Leia entre sollozos.

—Lo sé —contesté, y mi voz sonó tan rota como me sentía.

—Anoche estábamos hablando de él —dijo Leia.

—Lo sé —repetí.

Colgó el teléfono y yo bajé a desayunar. Bueno, a intentarlo, porque mi estómago se había cerrado en banda. La comida me daba asco, todo me daba asco. Nada tenía sentido.

En el desayuno nadie habló. Solo había un silencio demoledor, pesado como una losa, que aplastaba cada rincón de la cocina. Mis padres apenas se miraban, como si el dolor fuera demasiado grande para compartirlo. Hasta que mi madre, intentando aparentar normalidad, me dijo:

—Aiden, si no puedes ir hoy a clase lo entiendo. Puedes quedarte en casa.

—Voy a ir. Me vendrá bien salir de casa. Aquí no hay quien esté —dije, y era cierto. Esas paredes me recordaban a Rafa en cada rincón. Su habitación, su olor, su risa que parecía aún resonar en los pasillos.

De pronto sonó el timbre de casa. El corazón me dio un vuelco. Era Leia. Había venido corriendo hasta mi casa en cuanto colgamos, sin importarle nada más. En cuanto abrí la puerta y nos vimos, ella sin pensarlo me abrazó. Ahí me derrumbé en sus brazos y Leia me acarició la cabeza con una ternura que me rompió aún más.

—Lo siento muchísimo —dijo Leia llorando, y sus lágrimas mojaban mi hombro.

—No sé qué voy a hacer sin él, sin mi Rafa —dije desconsolado, aferrándome a ella como si fuera mi único ancla en este mundo que se había vuelto extraño.

—No tienes que saberlo ahora, Aiden. Pero estoy aquí. No te pienso dejar solo —dijo Leia, y sus palabras fueron como una promesa que selló con su abrazo.

Nos quedamos juntos abrazados unos minutos. El tiempo se detuvo. Solo existía el calor de su cuerpo contra el mío, el latido de su corazón que parecía decirme que aún había algo por lo que valía la pena seguir. Luego caminamos hacia el instituto. No paraba de pensar en que el mundo seguía igual que todas las mañanas: mismos coches, mismas personas, todo igual... menos Rafa.

Nada más entrar en el instituto, todo el mundo parecía saberlo. Mi madre había llamado por la mañana para decírselo a los profesores. Los pasillos estaban en silencio allá por donde yo pasaba. Era como si el dolor me precediera. Al ver la situación, Leia me agarró la mano fuerte y me hizo seguir caminando hasta clase. Sus dedos entrelazados con los míos eran mi única conexión con la realidad. Algunos alumnos me miraban con pena, otros se acercaron a darme el pésame. Pero aunque escuchara muchos "lo siento", mi mente estaba en otra parte.

Dentro de clase, todos mis amigos se lanzaron a mí.

—Aiden, yo... lo siento. No sé qué decir —dijo Gael, y en sus ojos vi reflejado mi propio dolor.

—Aiden, ¿cómo estás? —preguntó Oliver, con la voz quebrada.

—En el peor momento de mi vida —respondí, tragando saliva—. Le vi, y no debería haberlo visto así.

Por detrás de mí, Leia empezó a llorar solo de oír lo que había dicho. Su llanto silencioso me llegó al alma. Gael estaba en silencio, parecía tener mucha rabia metida en el cuerpo. En el fondo, le quería. Al fin y al cabo, Rafa se hacía querer. Se sacó del bolsillo el papel que Rafa le firmó, y, intentando aguantarse las lágrimas, dijo:

—Me dijo que este papel algún día valdría millones. Para mí solo han hecho falta 24 horas para que los valga.

Durante la clase, yo no podía más. Así que le dije al profesor que si podía ir al baño. Aprovechando eso, decidí meterme en una clase vacía que hacía años que no servía para nada. Sabía que nadie me molestaría allí. Aquí podía ser yo mismo. Me apoyé en una mesa, y ahí es donde de verdad lloré. Sin contenerme, soltando toda la rabia que sentía. No hacia Rafa, sino a que él ya no estuviera aquí.

Recordé a Rafa riéndose, su famosa frase "estoy hecho un toro", el día que le hizo una falta a Gael que lo dejó sin palabras, esa foto que nos hicimos, la lista, aquella frase que me dijo justo antes de perderle: "Eres mi persona favorita". Todos esos momentos que en su día no valoré y vi cómo se escapaban entre mis manos. Ahora no podía parar de pensar en todas esas veces que me llamaba para comer, esas veces que mientras hablaba con Leia por mensaje se metía en mi habitación tímidamente porque quería hablar conmigo.




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