Latidos de Septiembre

CAPÍTULO 32

Después de tu muerte descubrí que perder a alguien no significa que lo más doloroso sea el momento en el que te fuiste. El verdadero dolor llegó después, como una marea que no cesa. Cada día duele de una manera distinta. Las costumbres que teníamos juntos, los desayunos en los que siempre te quejabas de que el café estaba demasiado caliente, las tardes de domingo viendo partidos que a mí ni siquiera me interesaban, pero que compartía contigo solo para verte sonreír cuando tu equipo marcaba gol. Todo eso ahora es insoportable.

También me di cuenta de que te conviertes en alguien que no sabías que eras, como si una parte de ti se hubiera ido con él. Hay mañanas en las que me despierto y por un segundo olvido que no estás, y luego la realidad me golpea con la fuerza de un tren. Me miro al espejo y no reconozco al chico que tengo delante. Sus ojos están vacíos, su sonrisa ha desaparecido, y en su lugar hay una máscara que pongo para que los demás no se preocupen tanto.

Todo el mundo dice que tengo que apoyarme en mis amigos y en mi novia. Gael me llama a todas horas, Chloe me envía mensajes con fotos de nosotros riendo en aquel viaje a la playa, Oliver apareció en mi casa sin avisar con una bolsa de comida y la intención de hacerme reír. Sin embargo, yo siento que lo mejor que puedo hacer es alejarme de ellos para que no me vean sufrir. Así no tienen que sufrir por mí. Prefiero estar solo, encerrado en esta burbuja de dolor que he construido a mi alrededor.

No es porque no quiera a Leia. Ella ha sido mi luz en los momentos más oscuros, mi ancla cuando sentía que me perdía. Pero ni ella ni nadie puede entender mi dolor y todas las cosas que se pasan por mi cabeza. ¿Cómo podría explicarle que a veces la veo y solo pienso en que Rafa nunca podrá conocerla de verdad? ¿Cómo hacerle entender que cada momento feliz que vivo sin él se siente como una traición?

Llevo varios días contestando mensajes a duras penas, dejando a Leia en visto, sin salir de casa, pasando el día metido en la habitación de Rafa. He pedido expresamente que no quiten nada y que se quede tal y como él la dejó. Su ropa sigue colgada en la silla, sus libros apilados en la mesilla, su colonia todavía impregnada en las sábanas. A veces entro y cierro los ojos, y por un instante puedo olerlo, sentir que sigue aquí.

Escucho una y otra vez los audios que me mandó Rafa. Su voz se ha convertido en mi única compañía. En uno de los últimos me dice: "Aiden, tío, no sé qué haría sin ti. Eres mi hermano, ¿lo sabes? Pase lo que pase, siempre estaré contigo. Bueno, y si no estoy, ya sabes, sigue adelante, cuida de los tuyos, y no te olvides de cumplir la lista, ¿eh? Te quiero, colega."

Cuando escucho ese audio, siempre termino llorando. Porque él sabía. De alguna manera, Rafa sabía que se iba, y quiso dejarme un mensaje de despedida que yo no fui capaz de entender hasta que fue demasiado tarde.

Leia me escribe a diario, varias veces al día, para preguntarme cómo estoy. Yo siempre le contesto diciendo "estoy bien". Pero ella no se lo cree. ¿Cómo podría creerlo cuando mi voz suena apagada, cuando mis respuestas son siempre tan cortas que parecen un muro?

Sonó mi teléfono. Era Leia. Hacía dos días que no me llamaba, solo me escribía, pero ella ya no podía soportar más mis mensajes cortantes. Lo noté en el tono de su voz cuando contesté, una mezcla de preocupación y determinación.

—Hola, Aiden, ¿cómo estás? —dijo Leia, con esa voz que siempre intenta ser cálida, pero que ahora sonaba tensa.

—Hola, estoy bien —dije, como siempre, como un disco rayado que se niega a cambiar de canción.

—Aiden, conmigo no tienes que mentir. Sé que no estás bien. ¿Por qué no salimos a dar una vuelta? —preguntó Leia con una voz amable, pero firme, como si ya hubiera decidido que no iba a aceptar un no por respuesta.

—No me apetece, Leia —dije con voz cansada, arrastrando las palabras, sintiendo el peso de cada una de ellas.

—Aiden, tienes que salir, así que no voy a aceptar un no por respuesta. Vístete, que en diez minutos estoy en la puerta —dijo Leia, y colgó antes de que pudiera protestar.

Al ver su insistencia, no pude decir que no. Aunque estaba sin ganas, aunque cada movimiento me costaba un esfuerzo sobrehumano. Me levanté de la cama de Rafa, miré el desorden de su habitación, y sentí que dejarla era abandonarlo una vez más.

Efectivamente, en diez minutos Leia apareció llamando a la puerta. Cuando salí, ella vio mi cara, que no podía indicar más tristeza. Mis ojos estaban hinchados de tanto llorar, mi barba crecida, mi ropa arrugada. Parecía un fantasma.

—Pero Aiden... —dijo Leia, y su voz se quebró al verme.

—Lo sé, estoy horrible, pero no me apetece hacer nada —dije en un tono muy triste, casi susurrando.

—Venga, vamos a dar una vuelta y verás cómo te animas —dijo Leia, con una sonrisa forzada, como si pudiera convencerse a sí misma de que todo iba a salir bien.

Nos fuimos al parque. Ella parecía ilusionada, seguramente porque pensaba que por fin podría animarme. Caminamos entre los árboles que ya empezaban a perder sus hojas, y el viento fresco de otoño me recordaba a Rafa, porque siempre decía que el otoño era su estación favorita. Pero nadie puede hacer nada por mí. Mi tristeza es un abismo demasiado profundo para que alguien pueda alcanzarme.

—¿Has dormido algo? —preguntó Leia, rompiendo el silencio.

—Sí —contesté, aunque era mentira. Llevaba noches enteras despierto, mirando al techo, reviviendo recuerdos.

—¿Comes bien, Aiden? —preguntó Leia, con esa voz de madre preocupada que siempre usaba cuando notaba que algo no iba bien.

—Sí —mentí de nuevo. La comida había perdido todo su sabor, comer era solo un acto mecánico.

—¿Hablas algo con tus padres? —preguntó Leia, y en su tono noté que empezaba a hartarse de mis respuestas monosilábicas.

—Muy poco —dije, y era verdad. No soportaba ver la tristeza en sus ojos, prefería encerrarme en mi cuarto y evitar cualquier conversación.




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