Llegué al instituto acompañado de Gael y Oliver. El aire de la mañana, que antes me parecía fresco y prometedor, ahora me golpeaba con una pesadez que apenas podía soportar. Hacía tiempo que yo ya no era el mismo; aquella ilusión de los primeros días, cuando Leia y yo comenzábamos a conocernos, se había desvanecido. La llama que se encendía al traspasar la puerta, al verla sentada en su pupitre, se había ido apagando día tras día. No era culpa de ella, lo sé. El único responsable de que todo se estuviera desmoronando era yo. Y aunque soy plenamente consciente, no encuentro fuerzas para cambiarlo. Me siento vacío, como un recipiente agrietado que ya no retiene nada.
Al cruzar el umbral, noté una incomodidad punzante. Leia estaba allí, al fondo, charlando con Chloe. Debería haberme alegrado al verla, pero la frialdad del día anterior, cuando apenas intercambiamos palabras, había dejado claro que entre nosotros se había abierto una distancia insalvable. Nuestras miradas se encontraron por un instante; ella sonrió con timidez, como si quisiera acercarse, y yo, por un reflejo que no supe controlar, le devolví una sonrisa discreta. Pero enseguida aparté la mirada. Ya no tenía derecho a sonreírle, no sin Rafa. En ese cruce hubo intención, un deseo tácito de acercarnos, pero ninguno dio el paso. Nos quedamos paralizados, como dos extraños que comparten un recuerdo que ya no saben cómo nombrar.
Nos sentamos en las mesas de antes, las que ocupábamos cuando yo aún no me había sentado con Leia. Gael me dio una palmada en la espalda.
-Venga, chaval, hoy hay que animarse -dijo con su tono de siempre, ese que intenta disfrazar la preocupación.
-No puedo, Gael -respondí, con la voz apagada.
-Aiden, tienes que intentar ser feliz. Es lo que él querría -intervino Oliver, con una suavidad que dolía.
-Claro, tío. Después de clase nos vamos a dar una vuelta y te prometo que haré el ridículo hasta que sueltes una sonrisa. Me juego un refresco a que lo consigo -dijo Gael, guiñándome un ojo.
Y por primera vez desde la muerte de Rafa, algo dentro de mí se removió. Una sonrisa, pequeña y frágil, pero auténtica, se asomó a mis labios. No duró mucho, pero fue real.
-¿Ves? Todavía sabes sonreír -dijo Gael, con una mezcla de orgullo y alivio.
-Te vendrá bien distraerte, Aiden -añadió Oliver.
-No os acostumbréis -respondí, endureciendo el tono, como si pudiera protegerme con esa dureza.
Pero Gael no es tonto. Rápidamente notó que algo fallaba. Miró hacia el fondo de la clase, donde Leia seguía con Chloe, y su ceño se frunció.
-¿Y Leia? -preguntó, con sorpresa genuina.
Miré hacia la esquina donde estaban, pero evité detenerme en ella.
-Está con Chloe -dije, con una sequedad que ni yo mismo esperaba.
-No te he preguntado dónde está -replicó Gael, y su tono bromista se desvaneció.
Me quedé en silencio, mirando fijamente al suelo. Gael comprendió al instante; vi cómo su rostro se ensombrecía, cómo la tristeza se instalaba en sus ojos. No hizo falta que dijera nada más.
Cuando llegó el recreo, los tres fuimos a nuestro banco de siempre, ese banco que ahora me parecía un lugar vacío, como un escenario sin su actor principal. Rafa siempre aparecía allí para armar jaleo, para quejarse de algo o para hacernos reír con sus ocurrencias. Su ausencia pesaba más que cualquier palabra.
Gael, como siempre, fue directo al grano.
-Aiden... ¿la estás evitando? -preguntó, sin rodeos.
Negué con la cabeza, pero mis ojos no mentían.
-Aiden, normalmente os sentáis juntos, y hoy apenas os habéis mirado -intervino Oliver, con esa calma que a veces me exasperaba, pero que en el fondo agradecía.
Guardé silencio unos segundos, pero sabía que no podía esquivarlo.
-Es que no sé qué decirle -confesé, finalmente.
-¿Que no sabes qué decirle? ¡Es tu novia! -exclamó Gael, incrédulo.
-Porque lo único que hace es preguntarme cómo estoy una y otra vez -respondí, con un dejo de frustración.
Gael me miró fijamente, como si intentara descifrar un enigma.
-Pero eso es porque se preocupa por ti, porque le importas. ¿Qué tiene de malo?
-No tiene nada de malo, pero ella está demasiado pendiente de mí. Lleva días girando en torno a mi dolor, y no quiero que se hunda conmigo. No se lo merece. Ella merece a alguien mejor que yo -dije, y al pronunciarlo sentí que lo creía con cada fibra de mi ser.
-¿Tú eres tonto o qué? -espetó Gael, con un tono que mezclaba enfado y cariño.
-Aiden, eso no tiene sentido. Está contigo porque ella quiere, porque eligió estar a tu lado. Nadie la obliga a cuidarte. Si se aleja, que sea porque ella lo decide, no porque la apartes tú -dijo Oliver, con una firmeza inusual en él.
Gael asintió y luego añadió, como si recordara algo importante:
-Por cierto, Chloe también está preocupada. Me preguntó por ti.
-¿Chloe? -pregunté, extrañado.
-Sí, aunque no lo parezca, también siente y padece -dijo Gael, riéndose, y Oliver soltó una carcajada.
-Seguro que ella lo negaría hasta la muerte -comentó Oliver, y nos reímos los tres. Era una risa breve, pero necesaria. Durante un instante, el peso se aligeró.
Gael recuperó la seriedad y me miró a los ojos.
-Aiden, no puedes decidir por Leia si quiere estar contigo o no.
No contesté. No sabía cómo hacerlo.
Más tarde, mientras llenaba mi botella de agua en la fuente del patio, sentí una presencia a mi lado. Era Leia. Su voz temblaba ligeramente.
-Aiden, ¿podemos hablar?
Noté un nudo en el estómago, pero mi respuesta fue tajante, casi automática.
-Ahora no -dije, con una frialdad que ni yo mismo reconocía.
Ella se quedó inmóvil, con los ojos abiertos por la sorpresa. No esperaba ese rechazo.
-Vale... -susurró, y se fue. La vi alejarse, y algo en mi pecho se rompió. Sabía que le había hecho daño, pero no supe cómo detenerme.
De camino a clase, Chloe me interceptó. No venía a hablarme de Rafa, sino de Leia.
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Editado: 25.08.2026