Esa tarde, después del instituto, mis pies me llevaron a un lugar que ya no debería doler tanto: el viejo campo de fútbol donde Rafa y sus amigos pasaban las tardes enteras. El césped estaba descuidado, las porterías oxidadas, y el silencio pesaba como una losa. Pero yo necesitaba estar ahí. Necesitaba sentir que mi hermano, aunque fuera solo dentro de mi cabeza, seguía en algún sitio. Necesitaba que el viento que movía los árboles me trajera un eco de su risa, aunque fuera imaginario.
Tenía la lista de Rafa entre las manos, arrugada por el uso. Había tachado algunas cosas: "hacerme una foto con Aiden", "Pasar un día con los amigos". Pero ninguna de esas pequeñas victorias me había devuelto la paz. Cumplir sus sueños no me lo devolvía a él. Solo me recordaba lo vacío que estaba todo desde que se fue.
Desde que Rafa murió, algo en mí se había roto para siempre. Y lo peor es que empecé a acostumbrarme a esa sensación. Primero lo perdí a él. Luego empecé a perderme a mí mismo, a no reconocerme en el espejo, a no saber quién era sin su sombra al lado. Y ahora, sin darme cuenta, estaba consiguiendo lo que nunca creí posible: estaba perdiendo a Leia, aunque ella seguía aquí, respirando, existiendo, esperándome.
Leia. La que había sido mi refugio. La que apareció en mi vida sin hacer ruido y lo cambió todo. La que me demostró que este curso podía ser mucho más que un simple trámite, que podía ser el mejor de mi vida. La que conseguía que me levantara cada mañana con una sonrisa, aunque no siempre la mereciera. Y ahora la estaba apartando de mí, como si ella fuera un estorbo, como si su amor me quemara en lugar de abrazarme. Y cada día que pasa odio más esa sensación de pérdida, porque ella está aquí, delante de mí, y yo soy el que la está dejando ir.
Quizás lo mejor sería dejarla marchar. Pero la quiero. La quiero con una intensidad que me asusta, y estoy harto de sentir que todo se escapa entre mis dedos. Mis amigos están ahí, cerca, pero no son suficientes. Los necesito a ellos, pero es a Leia a quien necesito con desesperación. El primer día después de la muerte de Rafa, ella fue el hombro donde pude llorar. La única que me vio desmoronarme, que entró en esa clase polvorienta y se quedó a mi lado mientras yo perdía la cordura, golpeando la mesa, gritando en silencio. Nadie más me vio así. Solo ella.
Y mientras pensaba en todo esto, el móvil vibró en mi bolsillo. Era ella.
-¿Podemos vernos? Necesito hablar contigo.
El corazón se me encogió. Algo iba mal. Algo que yo ya sabía pero no quería aceptar. Ya no podía escapar. Así que le contesté, con los dedos temblorosos: -En el banco de nuestro refugio.
Ese banco de piedra, escondido entre los árboles al final del parque, donde un día decidimos que sería nuestro lugar especial. Donde ella me confesó lo del lago y el mundo se detuvo unos segundos.
Llegué primero. Me senté y esperé, mirando las hojas caer, escuchando el rumor lejano de los coches. El tiempo pasó lento, como si el universo quisiera alargar esa agonía. Y entonces la vi aparecer al final del camino. Hacía días que no la miraba de verdad, que no me permitía admirarla. Pero hoy, por fin, dejé que mis ojos se posaran en ella. El viento le movía el pelo, la luz de la tarde le acariciaba el rostro, y por un instante sentí que todo volvía a tener sentido. Pero su mirada estaba triste, y eso me rompió.
Se sentó a mi lado. Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada. Solo el roce de nuestras ropas, la respiración entrecortada, el peso de lo que estaba por venir.
Ella intentó sonreír, pero fue una sonrisa frágil, como de cristal.
-¿Cómo estás?
Yo también intenté devolverle la sonrisa, pero me salió torcida.
-Bueno... no encuentro la paz en ninguna parte.
-Te entiendo, Aiden. Seguro que algún día volverás a disfrutar de la vida. -Su voz era suave, pero sus ojos ya empezaban a brillar con algo que no eran lágrimas aún.
Sabía que no podía contenerlo por mucho tiempo. Y entonces, con una tranquilidad que dolía, se armó de valor y empezó a hablar de lo que yo no quería oír.
-Aiden, llevo muchos días intentando entenderte.
Callé. Solo la miré. Quería escucharla, aunque cada palabra fuera un puñal.
-He intentado darte el espacio que necesitabas. También he intentado estar cerca, hacerte reír, que dejes de llorar... -Su voz se quebró-. Y haga lo que haga, siento que cada día estás un poco más lejos de mí. Y no soporto esa sensación de tenerte tan cerca y tan lejos a la vez.
-Leia... -intenté interrumpir.
-No, déjame terminar, por favor.
Suavicé la boca y asentí.
-Yo también estoy cansada, Aiden.
Levanté la mirada, sorprendido. Leia siempre había sido la fuerte. La que sostenía la relación con los brazos abiertos y el corazón firme. La que me abrazaba, la que me decía "estoy aquí" cuando todo se derrumbaba. Pero ahora, por primera vez, la veía agotada. Y entendí que ser la que sostiene todo, sin esperar nada a cambio, sin ver mejoría, acaba desgastando el alma.
-No estoy cansada de ti -aclaró, y su voz tembló-. Estoy cansada de intentar buscar a alguien que no quiere que le encuentren. ¿Entiendes lo agotador que es perseguirte día tras día y no recibir ni una caricia, ni un beso, ni un "te quiero"? Solo un "adiós, Leia" cuando te esperaba apoyada en la farola. Y todos esos mensajes de buenas noches que nunca respondiste. -Ya no podía contener las lágrimas, rodaban por sus mejillas como ríos pequeños.
No pude más. Necesitaba decirle la verdad, aunque fuera la última vez.
-Tengo miedo, Leia.
-¿De qué?
-De perderte.
Me miró fijamente, con una seriedad que me heló la sangre.
-Ya me estás perdiendo, Aiden. Delante de tus ojos. Y tú sigues sin hacer nada.
-No quiero hacerte daño -dije, y mi voz se rompió en un sollozo.
-Pues me lo estás haciendo.
Esa frase me atravesó.
-Desde que Rafa murió, siento que si quiero a alguien demasiado, esa persona acabará yéndose, como él.
#3041 en Novela romántica
#925 en Novela contemporánea
romance primer amor cosas de la vida, romance #traicion, romance +16
Editado: 25.08.2026