Han pasado dos meses desde que Rafa se fue. Dos meses de un silencio que pesa más que cualquier palabra, de una ausencia que se cuela en cada rincón de la casa, en cada canción que suena en la radio, en cada partido que echan en la tele y yo ya no sé a quién animar. Ha sido duro, muy duro, pero he tenido a mis amigos Gael y Oliver, que nunca me dejaron solo. Ellos no llenaron el vacío-nadie podría-pero me sujetaron los hombros cuando las piernas me temblaban, me obligaron a comer cuando la comida sabía a cartón, y rieron conmigo en esos momentos absurdos en los que el dolor se volvía tan inmenso que solo cabía la risa para no romperme del todo.
Esta mañana me desperté, y por primera vez en esos dos largos meses, lo primero que cruzó mi mente no fue que mi hermano ya no estaba. No fue un pensamiento consciente, sino un parpadeo de normalidad: el sol entraba por la ventana de la misma forma grisácea de siempre, los pájaros cantaban como si nada hubiera pasado, y yo abrí los ojos sin que la imagen de Rafa se me clavara en el pecho como una daga. Me quedé quieto, boca arriba, mirando el techo, y esa ausencia de primer pensamiento me generó una sensación extraña. No era porque le hubiera olvidado-eso jamás-sino porque empecé a darme cuenta de que echarle de menos no significaba sufrir cada segundo por él. Que el duelo no era una fosa en la que enterrarse, sino un camino que aprender a andar.
Durante mucho tiempo creí que superar la muerte de Rafa significaba olvidarle: dejar de ver su cara, dejar de escuchar su risa, dejar de saber cómo era su forma de correr detrás de un balón y cómo se mordía el labio cuando concentraba un penalti. Pero el tiempo, ese terapeuta torpe y lento, me ha demostrado que no es así. Superarlo significaba aprender a echarlo de menos sin dejar de vivir. El mundo no se había parado aquel día; seguía girando, imperturbable, y yo tenía que adaptarme a él, pero sabiendo que Rafa ya no estaba, que su lugar en el universo había dejado de ser físico para volverse memoria.
Me levanté, fui a mi mesa y saqué la lista de Rafa. Esa que él escribió con su letra torcida-la misma de siempre, la que yo me sabía de memoria-y que yo había ido tachando con una mezcla de orgullo y tristeza. «Hacerse una foto con Aiden» (tachado). «Pasar un día con amigos» (tachado). «Jugar al fútbol con Aiden» (tachado, con un temblor en la mano). «Viajar en familia» (tachado, porque ese viaje nunca lo hicimos del todo). «La camiseta firmada» (tachado, aunque todavía no sabía que el Real Madrid nos la enviaría). «Pasar un día sin pensar en la enfermedad» (tachado, y eso me dolió porque supe que nunca logró ese día). «Volver al fútbol» (tachado, con una raya que atravesaba la palabra, como si la tinta hubiera querido borrar la injusticia). Y debajo de todo eso, lo único que yo había puesto: «Aprender a vivir». Eso no estaba tachado aún.
Sonreí, una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, porque entendí que esa era la única de la lista en la que Rafa no podía hacer nada por mí. Nadie podía enseñarme a vivir. Era algo que tenía que conseguir yo solo, y esa mañana, por primera vez, sentí que no era una condena, sino un desafío.
Bajé a la cocina a desayunar, y me encontré a mis padres hablando. Pero ya no discutían, ni estaban llorando. Ya no se miraban con esa tensión de los últimos meses de Rafa, cuando el miedo y el agotamiento los habían vuelto extraños. Ahora estaban sentados el uno frente al otro, con sus tazas de café humeantes, y reían. Reían recordando anécdotas de las perrerías que hacía Rafa de pequeño, de cómo se escondía detrás de las cortinas para asustar a la vecina, de cómo una vez se comió el pastel de cumpleaños de mi madre antes de que ella lo hubiera decorado. Mi padre, al verme entrar, me miró con los ojos brillantes y una sonrisa que le arrugaba las comisuras.
-Rafa era insoportable de pequeño, Aiden. Insoportable, te digo. Se pasaba el día preguntando «por qué», y cuando le dabas una respuesta, te preguntaba «¿y por qué eso?». No había manera de callarlo.
Yo me reí, y esa risa salió natural, como si hubiera estado esperando permiso para soltarla.
-Ya lo sé, papá. Y de mayor tampoco era mucho mejor. ¿Os acordáis de aquella vez que lió una en el colegio porque convenció a toda su clase de que el profesor de matemáticas era un extraterrestre? Hasta le hicieron una entrevista en el periódico del instituto.
Mi madre se rió también, pero luego su rostro se serenó un poco, y sus dedos rodearon la taza con más fuerza.
-Aiden, tengo que reconocer que durante semanas tuve miedo incluso de volver a disfrutar de las cosas. Cada vez que me reía, sentía que estaba traicionando a Rafa. Como si mi alegría fuera un insulto a su memoria.
Eso se me clavó en el pecho. Era exactamente lo mismo que yo había sentido, una culpa silenciosa que me acompañaba a todas partes, que me hacía sentir que el placer era un lujo prohibido. Pero ese pensamiento, esa misma idea, había hecho que alguien muy importante se alejara de mí. Y esta vez, en lugar de hundirme en la culpa, traté de tomarlo con humor, porque a veces el humor es el único escudo contra el dolor.
-Pues dimelo a mí -dije, apoyándome en el marco de la puerta-. Precisamente por pensar como tú, perdí a Leia.
Mi madre levantó una ceja, con esa mezcla de sorpresa y ternura que siempre tiene cuando hablo de ella.
-Y es una pena. Parecía una muy buena chica, aunque nunca llegamos a tratar con ella. Ese día estaba tan callada, tan educada... Me hubiera gustado conocerla mejor.
-Anda que tú, presentándola en el entierro -intervino mi padre, soltando una carcajada-. Si que eres original, hijo. No es la mejor tarjeta de presentación.
Reímos los tres, y esa risa compartida me supo a algo que no había probado en meses: a normalidad, a familia, a vida. Mis padres ya podían tomarse el lujo de reírse y de hablar de Rafa como si no pasase nada, como si su recuerdo no fuera un ataúd sino una foto vieja y gastada. Me alegraba que lo llevaran mejor, pero también se me hacía raro, y una pequeña punzada de rabia me recordó que Rafa nunca los había visto así de tranquilos, que se había ido con la imagen de sus padres discutiendo en el pasillo, de silencios tensos en la cena. ¿Por qué ahora, cuando él ya no estaba, ellos podían ser felices? Pero esa rabia se disolvió pronto, porque sabía que no era justa.
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Editado: 25.08.2026