Latir Contra el Contrato

Prólogo

Hay personas que dicen que un contrato no puede cambiar una vida.

Victoria también lo creía.

Hasta el día en que una simple firma la obligó a compartir su apellido, su casa y sus silencios con el hombre a quien había jurado odiar para siempre.

Si alguien le hubiera dicho que terminaría casándose con Adrián Devereux, se habría reído en su cara. El matrimonio no le asustaba; lo que resultaba inconcebible era que él fuera la última persona sobre la tierra con la que habría aceptado compartir un minuto de su existencia.

Durante años lo culpó por la caída de su familia. De las lágrimas de su padre. De las esperanzas que quedaron enterradas bajo el peso de un apellido demasiado poderoso para enfrentarlo.

Y, sin embargo… allí estaba.

Sentada frente a él. Con un documento de varias páginas sobre la mesa, una pluma entre los dedos y una decisión que cambiaría su destino para siempre.

Adrián no sonreía. Era algo que Victoria jamás había visto en él. Su mirada era tan fría e impenetrable como el mármol de aquella oficina. Parecía un hombre incapaz de sentir, ajeno al amor, carente de remordimiento.

—Si firmas —dijo con una serenidad desalentadora—, durante los próximos doce meses serás mi esposa.

Cada instinto le ordenó huir. Rasgar aquel documento. No confiar jamás en un Devereux.

Pero la vida tiene una extraña manera de arrinconar a las personas hasta dejarlas sin opciones.

Tomó la pluma. Respiró hondo. Y firmó.

Ese fue el instante en que comenzó su historia.

No la de un matrimonio perfecto. Ni la de un cuento de hadas.

Sino la historia de dos enemigos que descubrieron demasiado tarde que el amor nunca pide permiso para entrar.

Y que, cuando lo hace… ya no existe ninguna cláusula capaz de detenerlo.




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