Latir Contra el Contrato

Las cláusulas

Victoria no tocó la carpeta de inmediato.

Se quedó mirándola sobre el escritorio, como si el cuero negro pudiera morder si se acercaba demasiado. Adrián no dijo nada. Volvió a sentarse, apoyó la espalda contra el respaldo de la silla y esperó con la paciencia de un hombre que nunca había tenido que rogar por nada.

—¿Va a leerlo o prefiere seguir mirándolo? —preguntó él finalmente.

—Prefiero entender por qué cree que voy a firmar algo así sin conocer los términos.

—Por eso está ahí. Para que los conozca.

Victoria miró a Nicolás, que asintió apenas, casi imperceptiblemente, como diciéndole hazlo, léelo, no pierdes nada con leerlo. Respiró hondo y tomó la carpeta. El cuero era frío al tacto, más pesado de lo que esperaba, como si el peso del papel dentro ya anticipara todo lo que estaba a punto de cargar sobre sus hombros.

La abrió.

La primera página era un resumen del acuerdo, redactado con la precisión fría de un despacho acostumbrado a que nadie discutiera sus términos. Victoria leyó en silencio, sintiendo que cada línea le apretaba un poco más el pecho.

—Matrimonio civil legal —leyó en voz alta, sin poder ocultar la incredulidad—. No una farsa. No un papel simbólico. Un matrimonio real ante la ley.

—Correcto.

—¿Por qué tiene que ser real? ¿Por qué no basta con aparentar?

—Porque el testamento de mi abuelo exige un matrimonio legalmente constituido, no una actuación. —Adrián entrelazó los dedos sobre el escritorio—. Sus abogados lo revisarán. Cualquier intento de simulación sería detectado, y entonces perdería el control del imperio de todas formas. No tiene sentido fingir algo que puede desmoronarse con una sola auditoría.

Victoria pasó a la segunda página. La letra, elegante y compacta, seguía enumerando condiciones con la misma distancia impersonal.

—Cláusula uno —murmuró—. Convivencia obligatoria en la residencia Devereux durante los doce meses de duración del contrato.

—Vivirá aquí. En mi casa.

—Su casa —repitió ella, alzando la vista—. Con usted.

—Es un matrimonio, señorita Salvatierra. No una relación a distancia.

El sarcasmo en su voz le arañó los nervios. Victoria bajó de nuevo la mirada al papel, decidida a no darle el gusto de ver cuánto la afectaba.

—Cláusula dos. Ninguna de las partes podrá solicitar el divorcio antes de cumplirse el plazo pactado, salvo incumplimiento grave de los términos aquí establecidos.

—Doce meses —confirmó Adrián—. Ni un día menos.

—¿Y si decido que no puedo soportarlo?

—Entonces sugiero que aprenda a soportarlo.

Victoria apretó la mandíbula y siguió leyendo. Cada cláusula parecía diseñada para arrebatarle un pedazo más de control sobre su propia vida.

—Cláusula tres. En actos públicos, familiares y sociales, ambas partes deberán comportarse como un matrimonio genuino y afectuoso, evitando cualquier gesto, comentario o actitud que sugiera lo contrario ante terceros.

—Tendrá que sonreírme en público —dijo Adrián, con un tono que bien podría haber sido burla o advertencia—. Y yo tendré que sonreírle a usted.

—Eso va a ser difícil.

—Para ambos, se lo aseguro.

Ella continuó, cada vez con la voz más tensa.

—Cláusula cuatro. Durante la vigencia del contrato, ninguna de las partes podrá mantener relaciones sentimentales o románticas con terceras personas.

Levantó la vista de golpe.

—¿Exclusividad? ¿En un matrimonio falso?

No es falso —corrigió Adrián con calma—. Es legal. Y mientras exista ante la ley, cualquier escándalo de infidelidad pondría en riesgo la validez del testamento. No puedo darme ese lujo. Usted tampoco, si quiere que su empresa sobreviva.

Victoria sintió que la ironía de la situación le quemaba la garganta. Le estaban pidiendo fidelidad dentro de una mentira legalizada. Pasó a la siguiente página, decidida a terminar cuanto antes con aquella tortura.

—Cláusula cinco. Toda discusión, desacuerdo o conflicto entre las partes deberá mantenerse en estricta privacidad. Queda prohibido cualquier enfrentamiento frente a familiares, empleados domésticos o medios de comunicación.

—Es decir, que puedo odiarlo en privado, pero no en público.

—Puede odiarme donde quiera —respondió Adrián, sin inmutarse—. Simplemente no puede demostrarlo delante de nadie que pueda hablar de ello después.

—Qué generoso de su parte.

—Cláusula seis —continuó ella, ignorando el comentario—. En caso de enfermedad, accidente o cualquier situación que requiera presencia pública, la otra parte deberá asumir el rol de cónyuge frente a terceros, incluyendo hospitales, familiares y medios.

Eso la detuvo un instante. Había algo en esa cláusula que le pareció, extrañamente, más humano que las demás. Como si detrás de todo aquel andamiaje legal existiera la sombra de una persona real, no solo un apellido.

No dijo nada al respecto. Siguió leyendo.

—Cláusula siete. Ninguna de las partes podrá revelar, bajo ninguna circunstancia, la existencia de este contrato ni sus términos a personas ajenas al acuerdo, salvo autorización expresa de ambas partes.

—El secreto perfecto —dijo Victoria, con amargura—. Nadie puede saber que todo esto es una transacción.

—Nadie puede saberlo —confirmó Adrián—. Ante el mundo, seremos un matrimonio como cualquier otro.

Victoria cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, dejó la carpeta sobre el escritorio con un golpe seco que resonó en el silencio de la oficina.

—Esto es una locura. No voy a firmar esto.

—Como quiera.

La tranquilidad con la que Adrián aceptó su negativa la desconcertó más que cualquier presión que hubiera podido ejercer.

—¿Eso es todo? ¿No va a intentar convencerme?

—No tengo por qué convencerla de nada. —Se levantó, rodeó el escritorio y se apoyó contra el borde, mucho más cerca de ella de lo que Victoria hubiera querido—. Usted ya sabe lo que ocurrirá si no firma. En tres días, Salvatierra & Asociados dejará de existir. Los acreedores se repartirán lo que quede como carroñeros. Su padre, que ya perdió una vez todo lo que construyó, tendrá que verlo desmoronarse una segunda vez. Solo que esta vez, no habrá nadie a quien culpar más que a usted.




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