Latir Contra el Contrato

El precio de una firma

La lluvia no había cesado cuando Victoria salió de la Torre Devereux. Caminó varias cuadras sin rumbo fijo, dejando que el agua le empapara el abrigo, como si el frío pudiera apagar el incendio que llevaba por dentro.

No lloró. Hacía años que había dejado de permitirse ese lujo.

Cuando finalmente detuvo un taxi, ya tenía la ropa pegada a la piel y las manos entumecidas de tanto apretar los puños dentro de los bolsillos. Le dio al conductor la dirección de su apartamento, aunque en realidad no recordaba haber decidido a dónde ir. Su cuerpo parecía moverse por inercia, mientras su mente seguía atrapada en aquella oficina de cristal, en la voz calmada de Adrián Devereux ofreciéndole su vida a cambio de un apellido.

Elena la esperaba en la puerta del edificio, con el ceño fruncido y dos vasos de café que ya se habían enfriado.

—Nicolás me llamó —dijo, sin preámbulos—. ¿Estás bien?

—No.

—¿Qué pasó?

Victoria no respondió de inmediato. Subieron juntas hasta el apartamento, y solo cuando estuvo sentada en el sofá, con una toalla sobre los hombros y las manos rodeando una taza de té que no pensaba beber, logró encontrar las palabras.

—Quiere que me case con él.

Elena se quedó inmóvil un instante, como si necesitara procesar la frase antes de creerla real.

—¿Quién? ¿Adrián Devereux?

—Doce meses. Matrimonio legal. Convivencia. Cláusulas sobre cómo comportarnos en público, la prohibición de estar con alguien más, la obligación de proteger la reputación del otro. —Victoria soltó una risa breve y amarga—. Todo firmado con la misma frialdad con la que negociaría la compra de un edificio.

—Dios mío.

—A cambio, salva la empresa. Cancela las deudas. Me da lo que necesito para reconstruir todo lo que perdimos.

Elena se sentó a su lado, buscando su mirada.

—¿Y qué le dijiste?

—Que estaba demente. Que jamás firmaría algo así.

—¿Y ahora?

Victoria no respondió. Miró la taza de té, buscando en ella una respuesta que no lograba encontrar dentro de sí misma.

—Ahora no sé qué hacer, Elena. Y eso es lo que más me aterra.

Su amiga se quedó un par de horas más, intentando distraerla con conversaciones triviales que ninguna de las dos lograba sostener por mucho tiempo. Cuando finalmente se marchó, prometiéndole volver al día siguiente, Victoria se quedó sola con el silencio del apartamento y el peso de una decisión que no podía seguir postergando.

Sacó su portátil y abrió, una vez más, las cuentas de Salvatierra & Asociados.

Ya se las sabía de memoria, pero necesitaba verlas otra vez, con la esperanza absurda de que el ejercicio cambiara los números en la pantalla. No cambiaron. Las deudas seguían ahí, acumuladas como una condena. Los plazos de pago vencían en tres días, tal como Adrián había dicho. Y después de esos tres días, no habría negociación posible, ni prórroga, ni salida.

Solo la liquidación.

Repasó cada línea, cada acreedor, el rastro entero de intentos fallidos de refinanciamiento que había perseguido durante los últimos meses. Bancos que se negaban a prestarle más dinero, inversores retirando su interés en cuanto escuchaban el apellido Salvatierra asociado a un escándalo de hacía casi una década, puertas cerrándose una tras otra, como si el mundo entero hubiera decidido que su familia no merecía una segunda oportunidad.

Cerró el portátil de golpe, incapaz de seguir mirando.

Se levantó, caminó hasta la ventana y contempló la ciudad bajo la lluvia. Las luces de los edificios se reflejaban en las calles mojadas, borrosas, como todo lo que sentía en ese momento.

Pensó en su padre.

Recordó la última vez que lo había visitado, sentado en su sillón favorito, con las manos temblorosas y la mirada perdida en algún punto que ya no pertenecía al presente. Gabriel Salvatierra ya no era el hombre imponente que Victoria recordaba de su infancia. Los años, la vergüenza y la traición lo habían reducido a una sombra que apenas hablaba, comía lo mínimo y parecía haber dejado de reconocer el mundo que lo rodeaba.

Lo siento, papá, había querido decirle tantas veces. Siento no haber podido protegerte.

Nunca lo dijo en voz alta. No hacía falta. Cada decisión que tomaba desde entonces era, en el fondo, una disculpa silenciosa por no haber podido evitar su caída.

Y ahora tenía la oportunidad de revertirlo. De devolverle, aunque fuera parcialmente, lo que le habían arrebatado. El precio era simplemente su libertad, su nombre atado durante un año al hombre que representaba todo lo que odiaba.

Victoria se apartó de la ventana y se dejó caer en el sofá, agotada de un cansancio que no tenía nada que ver con el cuerpo.

No durmió esa noche.

Se quedó tendida en la cama, mirando el techo, escuchando la lluvia golpear contra el cristal mientras su mente daba vueltas sin encontrar reposo. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Adrián Devereux, esa expresión inescrutable, esa voz que hablaba de matrimonio y contratos con la misma indiferencia con la que hablaría del clima.

No es falso. Es legal.

Las palabras resonaban una y otra vez, mezclándose con los recuerdos de su padre, con las cifras rojas de las cuentas, con la promesa que se había hecho a sí misma años atrás.

Voy a recuperar lo que nos quitaron.

¿A qué precio? ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar por cumplir esa promesa? ¿Podría soportar convivir bajo el mismo techo que el hombre al que culpaba de haber destruido su vida, fingir un matrimonio ante el mundo entero, entregarle un año completo de su existencia a cambio de una segunda oportunidad?

Se levantó antes del amanecer, incapaz de seguir fingiendo que el sueño llegaría. Preparó café que no bebió, se sentó frente a la ventana y observó cómo la ciudad despertaba lentamente bajo un cielo todavía gris.

Pensó en todas las alternativas que había agotado. En cada puerta cerrada, en cada promesa incumplida, en los intentos desesperados por salvar lo que quedaba de Salvatierra & Asociados sin tener que recurrir a algo tan extremo. No quedaba nada más. Lo había intentado todo.




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