Láveth. Desprestigio

Capítulo 4

Una pizca de emoción que se aproximaba a los nervios lo extasió. Joshua se encontraba frente a la puerta de su nueva preparatoria, una pequeña institución con salones individuales. Muros de cemento altos y blancos la rodeaban y le recordaba un poco a una cárcel, aunque pensar en eso le ocasionaba escalofríos. Era cierto que la escuela no era tan grande y lujosa como solían ser las de su antigua ciudad, pero eso no le interesaba mucho, solo quería llegar y sentirse normal, como cualquier joven de 16 años.

—No piensas moverte, idiota, bloqueas el camino —le gritó un chico moreno de una gran cabellera oscura, era bastante alto y aunque delgado se veía extrañamente atlético.

—Perdón —se disculpó Joshua dejando espacio para que el joven moreno y dos estudiantes más, que le hacían guardia, pasaran por la pequeña puerta de la escuela.

El joven moreno se soltó riendo y mostró una gran sonrisa a sus dos amigos que le hicieron segunda mientras rebasaban al joven de ojos grises. Aunque Joshua ya no alcanzó a comprender bien lo que decían, creyó escuchar algo similar a ¿quién es ese idiota?

Joshua se sintió intimidado, un sentimiento muy rutinario en los últimos días. No le daba miedo el físico de los tres jóvenes, Joshua era un lavithio por lo que sabía que no le podían hacer nada, o eso esperaba, lo que lo sobresaltaba eran sus risas. Aquella mañana al despertar se había prometido encajar y aquellas carcajadas parecían ser un mal augurio de que no lo lograría, no podía creer que ese hubiera sido su primer contacto dentro de la escuela, ¿cómo podía ser tan torpe?

Se dispuso a avanzar, pero seguía vagando en sus pensamientos, como últimamente acostumbraba, cuando una joven, que llevaba un bote de pintura roja, se le atravesó. Ninguno supo cómo pasó, pero la cubeta salió disparada al cielo y antes de que ambos pudieran hacer algo al respecto terminaron tirados en el suelo, ambos embadurnados de la pintura.

Un poco confundido, Joshua creyó estar empapado de sangre. Aunque dentro de sí sabía que no era posible, estuvo a punto de alarmarse, pero una carcajada, proveniente de la joven que también yacía en el suelo, lo tranquilizó antes de que pudiera alterarse. La risa era escandalosa, pero no irritante, al contrario, daban ganas de reír con ella y así lo hizo.

Ella se levantó primero. Sus cabellos que hacía cinco minutos eran rizados y rubios se habían convertido en una masa rojiza, su uniforme que antes era blanco y beige se había convertido en carmín, su piel seguía irradiando luz, pero ahora más colorada, a pesar del desastre se veía bien, pensó Joshua. La joven trató de quitarse la pintura de su ojo derecho mientras se levantaba y luego tendió una mano al chico para ayudarlo a levantarse.

—En verdad, perdóname —dijo Joshua aceptando la mano y pensando en si este día solo pediría disculpas.

—¿Perdonarte? He sido yo quien se atravesó. Es que el profesor Meléndez me ha pedido la pintura urgentemente… —Se detuvo por un momento captando que nunca había visto al muchacho—. Aunque pensándolo bien, no has de saber quién es. ¿Eres nuevo?

—Acabo de llegar al pueblo —pronunció Joshua nervioso.

—¡Pues mira! A que no te veías tu primer día en una nueva escuela pareciendo un enorme tomate.

La chica sonrió y Joshua sintió una chispa de nervios recorrer todo su cuerpo.

—Me llamo Itzel, Itzel Jansen —tendió su mano para saludarlo—, ¿y tú eres? —preguntó entrecerrando sus ojos color miel que resaltaban entre todo el color escarlata.

—To-to-mate —tartamudeó el joven nervioso mientras pensaba en el comentario que había dicho Itzel acerca de aquel fruto.

«¿Tomate? ¿Por qué demonios había dicho tomate?», se preguntó Joshua para sus adentros. ¡Dios! esa chica de seguro pensaría que hablaba con un idiota.

—¿Tomate? ¿Te llamas Tomate? —dijo la joven mientras dejaba salir una gran carcajada.

—No, Tomate, no es mi nombre —trató de aclarar el joven mientras su piel se pintaba justamente como la de la fruta rojiza—. Me llamo Joshua Dolid Romero Ferrer, pero solo dime Joshua —dijo entrecortado una vez captando que fue innecesario pronunciar todo su nombre.

—Mucho gusto, señor Tomate, digo… Joshua —sujetó un vestido imaginario y fingió una reverencia—. ¿Y qué te trajo a Sinedeo?

—Mi padre vivió su infancia aquí, así que quiso regresar —dijo para omitir toda la verdad.

—Te entiendo. Yo tampoco soy de aquí, pero mi familia sí, llegué hace apenas un año. Así que tú no te preocupes, llegaste a un lugar tranquilo.

—Justo eso busco, tranquilidad.

—Creo que todos, Joshua. Y sabes, a lo mejor el destino quiso que nos conociéramos —guiñó un ojo—, por eso nos ha traído a ambos aquí.

—¿El destino? Espero no desilusionarte, pero no creo en el destino —escupió Joshua sin pensarlo.

—Aaaah —exclamó haciendo un gesto de ofensa—. Un chico que no cree en el destino, eh —dijo en un tono burlesco y rio, pero Joshua se apenó por su respuesta, sintió que no debió contestar aquello. Tras no recibir respuesta del chico agregó—, bueno, debo irme, ahora veré en qué lío me he metido con el profesor de Educación Física —y trató de quitar inútilmente la mayor cantidad de pintura que pudiera de su cuerpo—. A lado de dirección están los baños, espero puedas limpiarte un poco y quién sabe, a lo mejor el destino nos vuelve a juntar —dijo con una sonrisa irónica y se fue.



#1768 en Fantasía
#506 en Joven Adulto

En el texto hay: fantasia, literaturajuvenil, romance

Editado: 20.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.