Láveth. Desprestigio

Capítulo 12

El clima era el indicado para un día de campo. Un Dolid adolescente, visiblemente más atractivo que en la actualidad, y sus padres, Miguel y Perla, se encontraban cerca de un río. Mientras la dama preparaba un apetitoso bocadillo, Miguel, quien junto a su esposa eran de los agentes más reconocidos del mundo lavithio, estaba enseñando a su hijo a controlar los tiros de un adversario.

—Recuerda, hijo, creer en tus habilidades es lo que les da fuerza, para contrarrestar los ataques de otro lavithio, debes disminuir su poder. ¿Y cómo vas a hacerlo?

—Creyendo que sus habilidades no son poderosas. Así como puedo aumentar mi fuerza cuando creo en mí, puedo controlar el poder del enemigo si visualizo que es menor al mío —repitió Dolid como robot.

—Y no olvides las manos, las manos son el control de cualquier habilidad lavithia.

Desde joven había comenzado a practicar las habilidades lavithias, a su corta edad era capaz de manejar la mayoría de los poderes lavithios a su merced: crear luz; hacer explosiones; campos de fuerza; esferas, balas y shurikenes de luz; y hasta la conmoción cerebral se le facilitaba, pero controlar las habilidades de un atacante no. En ocasiones, pensaba que jamás lo llegaría a aprender y eso lo aterraba, estaba a medio año de entrar a su Presentación, y aunque sabía que ahí le enseñarían mayor control, él quería llegar con la mayor experiencia posible, era la única forma de ser de los mejores.

Desde niño, Dolid era un soñador. Se imaginaba siendo parte de algún Concejo Inferior, incluso Superior, y por qué no, hasta el Máximo de los lavithios. Estaba decidido a salir de un pueblo tan humano como Sinedeo. Solo le importaba el mundo lavithio y quería ser uno de los mejores, no le interesaban los humanos. Pero para eso debía luchar y esforzarse, cada gota de sudor era un paso más al éxito que anhelaba.

Miguel aventó una munición de luz morada. Su hijo estaba en posición de ataque, sus piernas y brazos se encontraban flexionadas, sus manos extendidas simulaban detener alguna pared en el aire. Era la oportunidad para demostrar que sí podía. Cuando el impacto parecía ser inminente, Dolid alzó las manos y sin saber cómo, desvió el ataque, aunque sin querer lo dirigió a su mamá. Suerte que Perla era una gran guerrera, inmediatamente aventó las galletas que tenía en las manos para detener la bala de luz que iba justo a su rostro, en vez de aventarla la contuvo en el aire y la achicó hasta hacerla desaparecer.

—Perdón, mamá.

—No hay problema, hijo.

—Ves, es un avance. Solo no olvides que también es importante saber desviar las balas al lugar que quieres o bien consumir la energía hasta desaparecer la munición, pues estas son letales, cariño. Es sencillo. Ya lo verás —dijo el padre.

Intentaron e intentaron, pero Dolid no mejoró tanto como quería, eso lo desmotivaba más de lo que aparentaba frente a sus padres. La tarde había llegado. Después de un pesado entrenamiento, la familia se encontraba descansando. Dolid estaba sentado en el pasto con las piernas cruzadas, sus padres estaban acurrucados. Mantenían una pequeña discusión, aunque no violenta, más bien divertida.

—Lo que te digo es verdad, hijo —exclamó Miguel Romero.

—Sí, papá. Lo que tú digas.

—Enserio. Ese secreto me lo confió tu abuelo. Somos el linaje directo de Maukho. Somos su descendencia más pura.

—Y yo soy el Máximo, padre.

—Dolid, eres el primer hijo varón, del primer hijo varón, del primer hijo varón, de cientos de generaciones hasta llegar a Mauro, el primer híbrido. Eso te hace especial y tu primer hijo también lo será.

—Y si tengo puras niñas, o peor, si no tengo ningún hijo.

—Lo tendrás. Yo pensaba lo mismo, no creí tener un hijo a mi edad, pero pasó. La línea nunca se ha cortado en años. Es nuestra responsabilidad llevar el recuerdo de Maukho a todas las generaciones.

—¿No te gustaría darme un nieto? —se interpuso Perla.

—No lo sé, mamá. La verdad no me gustaría tener hijos, no siento que sería un buen padre así como lo son ustedes.

En aquel tiempo Dolid no podía imaginarse con un hijo, si lo pensaba bien, era un estorbo para los planes que tenía en mente. Sabía que venía desde abajo y eso en vez de desmotivarlo lo impulsaba a querer ser alguien mejor. Quería a sus padres, los amaba mucho, sin embargo, no estaba de acuerdo con el rumbo de sus vidas. Sus padres habían sido grandes agentes, sus habilidades eran increíbles y no conocía a lavithios más fuertes que ellos, pero renunciaron a todo, a la grandeza, al poder, a ser alguien importante y para qué, para convertirse en casi humanos y solo por un hijo. Se instalaron en el pueblo de origen de los antepasados de Miguel, un pueblo tan aburrido y humano que Dolid deseaba salir de ahí cuanto antes. Dolid no odiaba a los humanos, eso era verdad, pero sí glorificaba a los lavithios. Realmente no creía lo que su padre le decía acerca de Maukho, era algo tan imposible que la pura posibilidad le parecía absurdo, sin embargo, dentro de sí deseaba que fuera verdad, le encantaría ser el descendiente más directo del último láveth, sería un punto a su favor para moverse entre el mundo al que quería pertenecer.

—Pero no se trata de que quieras, solo sé que lo tendrás.

—Ya, Miguel, deja al chico, es solo un niño tiene toda una vida para pensar en cosas como esas —dijo Perla con una gran sonrisa.



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En el texto hay: fantasia, literaturajuvenil, romance

Editado: 09.02.2026

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