Todavía no lo podía creer. Aquella mañana Rita se preparaba para dar clases como lo había hecho en los últimos cinco años y medio, todavía era una maestra que estaba aprendiendo su oficio, sin embargo, aprendía a pasos agigantados por lo que pronto se convertiría en una de las mejores profesoras de la comunidad. Estaba a punto de salir de casa cuando el teléfono fijo sonó.
«Tu hermana se fue». Fue lo único que su cuñado pronunció, luego colgó. Las palabras retumbaban en su cabeza como un eco que no tenía un final aparente. ¿Debía creerlas? No, se rehusaba. «¡No puede ser!», alegaba su ego, su hermana no sería capaz de algo así, ¿o sí?
Sin dudarlo, Rita pidió permiso para faltar al trabajo, su director de aquellos tiempos, que siempre la había considerado una gran profesora no dudó en darle la autorización y agradecida se aventuró hasta Durfoss.
—No, algo tuvo que pasarle, no pudo irse así como así —le dijo a Octavio cuando llegó a su casa solo unas horas después.
Con un gesto involuntario recorrió su larga melena con su mano. Comenzaban a notarse algunas canas, no tanto como las que tenía en la actualidad, pero sí las suficientes para ser vistas. Suspiró, no con alivio, no como alguien lleno de amor, ni mucho menos como un gesto de calma, suspiró con tristeza, similar al suspiro de alguien con el corazón roto, como solo alguien con resignación puede hacerlo.
—Tu hermana nos abandonó. Dejó a su hija —resopló Octavio cuando por fin llegó a Durfoss.
Veía a su sobrina, una bebé indefensa que reía sin saber lo que pasaba a su alrededor. Cómo una mujer sería capaz de abandonar a su propia hija, simplemente no lo podía creer. Su propia hermana, la niña que creció a su lado, la joven con la que reía, la mujer que había madurado para formar una familia se había marchado.
—Te dejó esto —comentó Octavio dándole un sobre a Rita.
—¿Qué es? —preguntó la mujer antes de poder si quiera reaccionar.
—Una carta —dijo y sus labios se vieron secos—, para ti.
—¿La has abierto ya? —preguntó extrañada.
—Solo la abrí, pero no pude leerla. Estuve a punto de hacerlo, pero no he podido, de solo pensar en lo que diría, me da coraje, rabia —dijo escupiendo—. Que no piense que le disculparé esto, porque jamás lo haré. Dejarme a mí votado lo hubiera comprendido, pero abandonar a su hija, es algo que no tiene perdón…
Un mes antes, el día lunes 12 de enero del 2009 para ser exactos, Rita había llegado desde Sinedeo hasta Ciudad Durfoss, lugar donde Leti había decidido residir para alejarse lo más que pudiera del pueblo donde se había criado. Agradecía que su primera sobrina naciera en vacaciones pues de otra forma no hubiera podido venir a verla, pero maldecía que el día de su nacimiento fuera domingo, no es que le molestara, pero los domingos no había camión alguno que la hubiera podido llevar hasta aquella urbe, por lo que tuvo que esperar un día más para ver por primera vez a la hija de Leti.
Su hermana seguía en el hospital, pues algunas complicaciones se presentaron. Nada de qué preocuparse, aseguró el doctor, pero si nos gustaría tenerla en observación, al menos por un día más.
Para cuando llegó, Itzel estaba en el cunero de hospital esperando a su madre. Podía verla a través del cristal, una bebé de 2 kilos 900 gramos, gordita y aun rojiza por su reciente nacimiento. Un sujeto corpulento, de cabello rizado y rubio se posicionó a su lado, era su cuñado, sonreía como el más feliz de los hombres.
—Es muy bella, ¿no crees? —expresó Octavio.
—Sí, es muy guapa. Me atrevo a decir que se parece a ti.
A Rita, Octavio le parecía atractivo. No le atraía, por supuesto, pero no podía negar que su hermana se había conseguido a un galán y para colmo, lo consideraba un gran hombre. No estaba segura de si su hermana lo mereciera, no porque Leti fuera una mala persona, pero Octavio era tan bueno para haberse casado con una de las hermanas Ebi llenas de problemas familiares y posiblemente hasta psicológicos. Rita sabía que su hermana amaba a otro sujeto, se lo había confesado en una llamada telefónica que habían tenido solo unos meses atrás, así que estaba segura que a Leti le quedaba grande aquel hombre y aunque jamás se atrevería a decirlo, siempre esperó que ellos no terminaran juntos, por el bien de él, sin embargo, ahí estaba, viendo a la hija de aquellos dos que hubiera preferido no ver unidos con un lazo tan fuerte como un descendiente.
—Es muy pronto para saberlo, pero también tiene algo de tu hermana.
—¿Cómo está ella? —agregó sin voltear a ver a su cuñado, por alguna razón tenía miedo de no poder sostener su mirada. Temía que si le veía fijamente Octavio vería, a través de sus ojos, todos los infiernos que tanto Leti como ella habían vivido desde la infancia.
—No sé. La noto decaída y triste, como si esto no le alegrara del todo.
—Claro que le alegra —dijo mientras intentaba tragar saliva, pero una boca tan seca como la suya no lo permitía—. Debe estar un poco agobiada por las complicaciones que tuvo, ya la conoces.
—No lo sé. Algo no me cuadra, hay algo diferente en su mirada.
«Touché», pensó Rita, este hombre podía ver a través de los ojos. La gente buena siempre era capaz de hacerlo, por lo que ahora con menos razón voltearía a verlo.