Joshua esperaba a las afueras del bosque, a unas cuadras de la casa de Itzel.
Había escapado del aposento de su amiga más que apenas. Cuando ya había localizado y guardado la trígulus en su pantalón corto, tiró accidentalmente un florero del escritorio de su maestra. «Idiota», murmuró para sí mismo, cómo podía ser tan torpe en un momento tan crítico, desesperado buscó una ventana en la oficina, pero justo como Itzel le había comentado, no había ninguna. Tuvo que correr a la habitación de Itzel que estaba justo donde terminaban las escaleras y temió lo peor en caso de ser visto, pero no fue así, no supo qué había hecho Itzel para distraer a su tía, pero había entrado a la habitación cuando escuchó los pasos en los escalones, sin prestar atención al grito de Itzel, escapó trepando el árbol que estaba pegado a la ventana de Itzel y se dirigió al bosque como alma que llevaba el diablo.
Pocas viviendas estaban a esa proximidad del bosque, pero en ocasiones, Joshua sentía una mirada, tal vez los vecinos chismosos lo observaban a través de las cortinas esperando que hiciera cualquier cosa, aunque posiblemente solo deliraba. Revisaba una y otra vez que la llave estuviera en su bolsillo, aunque ya no metía la mano dentro, sino que la buscaba por encima de la tela, le daba pavor perder aquel artefacto. Pasaron unos minutos, eternos para el lavithio, para cuando Itzel llegó.
—Pensé que no llegarías —dijo con un respiro de alivio.
—Bromeas. Me debes una explicación que no pienso perderme —contestó ella.
—Sí, pero entremos al bosque, no me siento cómodo aquí —comentó y giró rápidamente su cabeza para verificar que nadie los estuviera viendo.
—Entonces, entremos.
—Tú eres la que conoces, dirígeme a cualquier lado —dijo e hizo un ademán con las manos para que la chica se le adelantara.
Los dos chicos se adentraron y pronto desaparecieron entre la espesa sierra. Lleno de árboles y pinos, el bosque estaba en una montaña, por lo que el camino sería en su mayoría cuesta arriba. Pronto Joshua se sintió lejos del pueblo, el aroma a pino lo limpió y por un momento, olvidó todo lo que estaba a punto de explicar a su amiga. Todavía no se sentía preparado para contar la verdad, pero las cosas se habían salido de sus manos, solo por eso había tomado la decisión de confesarse, porque estaba harto de no poder desahogarse, de no tener un confidente.
No podía imaginar qué tipo de animales vivirían ahí, pero podía intuir que peligrosos y agradecía que fuera de día para poder tener una mejor visión de cualquier cosa. Aunque en ocasiones sentía pasos tras de ellos, nunca logró ver a ningún lobo, coyote o un puma corriendo detrás, por lo que pronto se resignó a que sería su nerviosismo, además de que Itzel le pidió que ya no volteara tanto a buscar algo que no había, pues ambos comenzaban a tensarse.
La chica vestía una playera amarilla y un pantalón de mezclilla, se había cambiado antes de salir de su casa, pues lo que menos quería era rasparse con los diversos matorrales que adornaban el camino inexistente que ella ya se sabía de memoria y Joshua no pudo evitar pensar que aquel color de playera engrandecía el rostro de su amiga, aunque también si era sincero, eso pensaba todos los días que la veía con ropa de colores diferentes.
Joshua pronto notó que su amiga renqueaba.
—¿Estás bien?
—Tuve que golpearme para evitar que mi tía te encontrara en la casa.
—¿Puedes caminar así? ¿Si quieres nos devolvemos para que te vea un médico?
—Es solo un pequeño golpe, además no creas que permitiré que no me cuentes nada. Tenemos un trato.
—No es lo que busco, solo me preocupo por ti.
Itzel sonrió, pero siguió caminando. Para el joven que no conocía el camino, se le figuraba nunca acabar, incluso llegó a pensar que tal vez estaban perdidos, pero la idea rápidamente salió de su cabeza pues era Itzel quien lo guiaba y no podía dudar de ella. Joshua que no iba preparado para una caminata iba vestido con un short azul marino con lunares grises y deseaba haberse puesto un pantalón, pues a diferencia de su amiga ya llevaba algunos raspones.
Tras un largo viaje por fin llegaron a su destino.
—Llegamos —exclamó Itzel con la felicidad brotando de sus ojos y Joshua pudo entender por qué.
No se encontraban en lo más alto, era cierto, pero sí en un maravilloso lugar. Solo unos metros cuadrados eran semiplanos por lo que caminar era más sencillo ahí, no había árboles cerca de la orilla, solo un pasto verde alfombraba la zona. Estaban cerca de un barranco, justo en el punto donde comenzaba la famosísima cascada del lugar. Joshua observaba el río, no era tan grande como pensaba, pero tampoco era el más chico que hubiera visto, ver el agua avanzar lo relajó. Pensaba en lo maravilloso que sería un día de campo ahí, aunque también supuso que sería peligroso, pues la caída del acantilado y la cascada fácilmente rondaba los nueve metros de altura. Fatal una caída desde ahí.
—Joshua, te presento mi lugar favorito, lugar favorito te presento a Joshua.
—Mucho gusto —bromeó el muchacho.
Maravillado por el arcoíris que se formaba al lado de la cascada, no notó cuando Itzel se sentó en la orilla de una gigantesca piedra negra que parecía volar, pues sobresalía en el barranco.